Qué ver: Laura, en Disney+

Cuando se habla de un clásico de Hollywood, vienen a la mente casi siempre las mismas películas, al menos en una primera instancia. Casablanca, Lo que el viento se llevó, Cantando bajo la lluvia, La Diligencia, algún Hitchcock, algún musical con Fred Astaire, las películas épicas como Ben-Hur o Los diez mandamientos, en fin, los llamados “superclásicos” que más o menos todos recuerdan. Incluso los que no los vieron.
Es el problema, o más bien el dilema de la fama. Tapa muchas cosas. Y muchas cosas valiosas. Porque para llegar a otras películas tan o aún más valiosas que las citadas hay que ser un poco obsesivo, como es el protagonista de la gran y hermosa película Laura. El personaje principal es un simple detective encarnado por el siempre recio y algo rancio (y excelente) Dana Andrews, un tipo duro, que ha hecho su carrera en la policía a costa de jugarse la vida más de una vez. Es decir, no un Sherlock Holmes, sino más bien un Mike Hammer.
Pero como más tarde o más temprano todo zapato encuentra su horma, el caso que va a tener que resolver en la película Laura lo va a poner de cabeza. Una mujer, la Laura del título, es asesinada y todo empieza como una investigación de rutina (siempre es así ¿no?). En el lujoso apartamento en el que todo ocurrió, hay un enorme cuadro de la occisa, que por un lado es testimonio de un narcisismo rampante, y por otro será la perdición del detective.
Es que la muerta no es otra que Gene Tierney, una actriz que fue considerada lo más bello de su época y, si no lo era, le pegaba en el palo. La fotografía en blanco y negro de la película (ganó el Oscar Joseph LaShelle), retrata en los flashbacks de manera alucinante la belleza de Tierney. Y si bien el protagonista no es espectador de la película, le alcanza y sobra el cuadro para obsesionarse con la víctima.
Por supuesto, es un directo caso de necrofilia en el que el personaje de Andrews se enamora perdidamente de una mujer que ya no está en este mundo, pero que tanto su belleza como el misterio que la rodea vuelven irresistible. Y en esa investigación que es algo así como un paseo por un mundo irreal, el investigador es guiado por un amigo íntimo de la víctima, un periodista de sociales encarnado magistralmente por Clifton Webb, actor especializado en personajes refinados pero también misteriosos.
Completan el cuadro intérpretes como Vincent Price, antes de volverse famoso en películas de terror y Judith Anderson, cuya sola presencia creaba el clima ominioso que la película necesitaba.
El director fue Otto Preminger, un realizador sin duda talentoso, pero que aquí se supera consiguiendo que la forma y el fondo se fusionen. Es decir, si Laura ha sobrevido al tiempo no es por sus vueltas de tuerca, ni por la historia que cuenta, ya que si bien es ingeniosa tampoco es tan original.
Lo que la vuelve un clásico es su estilo, la atmósfera fantasmal que nace de elementos totalmente materiales y naturales. Sin recurrir a los efectismos que ya se utilizaban en aquellos años –la década de los 40–, toda la película transcurre como un sueño a veces y como una pesadilla.
Si el cine es una lista de sueños como dijo alguien alguna vez, Laura es uno que hay que experimentar. Obviamente, cuando se hace una recomendación así hay mucho en juego, la objetividad se difumina y puede que la fascinación nos engañe. Entre el recuerdo, el sueño y el enamoramiento, razonar se vuelve una tarea complicada. Lo mismo le pasa al protagonista, debe investigar con la cabeza fría pero la perturbadora belleza de la muerta no lo deja en paz.
¿Se puede dar una descripción más certera de lo que es, en el fondo, una película? No creo. Todos los espectadores nos prestamos a soñar apenas comienzan los títulos de cualquier filme. Una invitación irresitible que el viejo Hollywood aprovechó como nadie en películas como Laura.
Fabio Penas Díaz