Cuando han pasado los primeros seis meses del segundo mandato de Donald Trump en Estados Unidos, nos encontramos con que todavía son más las incertidumbres que las certezas que transmiten sus políticas en las respectivas áreas, tanto hacia lo interno como lo externo, porque se suceden cambios significativos en forma permanente, y es difícil distinguir entre lo temporal y lo más o menos duradero, cuando de decisiones políticas se trata.
Lo que sí es cierto, es que las motivaciones del “Make America Great again” (MAGA – Hagamos a los Estados Unidos grandes de nuevo) se mantienen en todos sus términos, pero no puede decirse que los métodos que ha desarrollado el mandatario se han cumplido a la perfección, porque más allá de las amenazas y medidas reales, han sobrado las contramarchas y las rectificaciones que han desorientado hasta a los analistas más avezados.
La característica principal en el plano comercial global, es que se ha registrado en este período una fuerte ofensiva comercial contra China y sus vecinos. La imposición de nuevos aranceles, el retiro parcial de acuerdos multilaterales y la presión militar en la región marcan una etapa de alta tensión geopolítica, en la que Washington busca reconfigurar su influencia en Asia-Pacífico.
Sin embargo el mandatario en sus alocuciones proclama repetidamente que todo va según lo preveía, y este domingo, con motivo de cumplirse los seis meses de gestión, señaló que “Estados Unidos resucitó” tras lo que califica como un “año de muerte nacional”, en una continuidad de euforia discursiva que no parece ser el sentimiento de muchos de sus connacionales, ya a esta altura, pero mucho menos es el que prima entre sus atribulados socios comerciales y geopolíticos, entre los que prima la desconfianza, la confusión y la incertidumbre ante el siguiente paso que pueda el presidente de la mayor economía del mundo.
Decisiones controvertidas, idas y venidas, conflictos diplomáticos, endurecimiento migratorio y una creciente inquietud entre sus propios simpatizantes por el rumbo incierto, son el condimento de un mandato que todavía no se ha asentado.
La medida “estrella” hasta ahora ha sido la aplicación de aranceles, cumpliendo e incumpliendo amenazas: en abril, Trump reactivó su viejo impulso proteccionista con la imposición de aranceles globales del 10%. Además, amenazó a decenas de países con gravámenes de entre el 20% y el 40% si no renegociaban sus acuerdos comerciales. Aunque logró acuerdos parciales con el Reino Unido, China, Vietnam e Indonesia, otros aliados históricos como Canadá (35%) y México (30%) recibieron notificaciones de nuevos aranceles.
China aceptó una tregua arancelaria temporal, con reducciones significativas mientras continúan las negociaciones. La Unión Europea, sin embargo, sigue en disputa, pese a la presión del mandatario, que ya anunció un arancel del 30% a Bruselas.
Por otro lado, en el plano internacional, el mandatario ordenó recortes sustanciales en ayuda exterior y exigido a los miembros de la OTAN aumentar su gasto militar del 2% al 5%. En el caso de América Latina, a la que no le atribuye importancia, ha transmitido decisiones que han levantado fuerte resistencia y cuestionamientos, desde su intento de recuperar el control del Canal de Panamá hasta la tensión con Brasil, Colombia y México por temas migratorios y arancelarios, encima.
En zonas conflictivas como Europa del Este, más recientemente su política exterior ha incluido nuevas presiones sobre Rusia para lograr un acuerdo en Ucrania, el apoyo incondicional a Israel y ataques conjuntos con Netanyahu a instalaciones iraníes. A esto se suma una ofensiva diplomática para reducir la influencia de China en zonas estratégicas del continente americano, en un combo conflictivo con varios frentes cambiantes en cuanto al tono y gravedad de las disputas.
En suma, no ha dado para “aburrirse” con el flemático jefe de Estado de la nación norteamericana, que por si esto fuera poco, ha endurecido su política migratoria, con refuerzo financiero a las agencias para intensificar redadas y acelerar deportaciones, lo que provocó fuertes protestas en ciudades como Los Angeles, reprimidas con la intervención de la Guardia Nacional y marines.
El gobierno también eliminó el Estatus de Protección Temporal (TPS) para miles de inmigrantes de países como Venezuela, Haití, Nicaragua y Afganistán. En paralelo, autorizó deportaciones a terceros países, con traslados a cárceles de alta seguridad en El Salvador, Guantánamo y una prisión federal en Florida apodada “Alcatraz Caimán”.
En el Congreso, Trump logró aprobar una ambiciosa reforma fiscal con amplios recortes al gasto público. Sin embargo, el proyecto elevará el déficit en 2,8 billones de dólares, generando críticas incluso entre sectores moderados del Partido Republicano.
A través de las redes sociales, Trump transmite su propia visión edulcorada del escenario, y por las redes sociales, asegura que durante estos seis meses, ha logrado “cosas excelentes” y que ha conseguido el logro de un “país renacido por completo”. “Hace un año, nuestro país estaba muerto, con casi ninguna esperanza de resurgimiento. Hoy, Estados Unidos es el país más prometedor y respetado del mundo. ¡Feliz aniversario!”, proclama.
Y se puede o no estar de acuerdo con lo que promueve, con su forma de actuar, con sus medidas basadas en blandir un garrote en forma de amenaza de aplicación de aranceles, pero la experiencia indica que eliminar asimetrías, presuntas o reales, por la vía traumática en lugar del gradualismo, el convencimiento y el análisis ponderado de pros y contras, –previo diagnóstico certero del escenario– no es la mejor forma de corregir en forma sustentable las inequidades, aunque se logren presuntos éxitos inmediatos. Ni siquiera cuando se está ejerciendo el poder en la nación más poderosa del mundo.

