Días pasados, en la sede de la Asociación Lucana –que se encuentra en el Circolo Napolitano–, la investigadora Mónica Sans ofreció una conferencia que buscó desarmar mitos arraigados en la identidad uruguaya. Invitada por el Centro de Estudios Migratorios y Genealógicos (Cremig), la licenciada en Arqueología y doctora en Ciencias Biológicas presentó los resultados de un estudio genético que revela una herencia indígena mucho mayor de lo que la mayoría imagina.
“Vamos a hablar de genética e identidad”, anunció Sans al comenzar su exposición. “En los últimos años he encontrado que había más ancestros indígenas de lo que se pensaba. Cuando empecé en 1986 nadie hablaba de indígenas. Uruguay era ‘la Suiza de América’, la ‘Tacita del Plata’”.
Sans había liderado el proyecto de la UdelaR “Identidades ocultas en el Monumento a Perpetuidad” que estudió algunos cráneos conservados en el osario de 1865, que presentado en abril del año pasado. El reporte había arrojado que, según la muestra de ADN, el 60% era indígena, el 20% europeo y 20% africano.
Reconstrucción
El trabajo que Sans y su equipo llevan adelante desde hace tres años apunta a reconstruir la variabilidad de la población uruguaya. Para ello, recolectaron muestras de sangre en hospitales y mutualistas de todo el país. Los datos obtenidos en Paysandú son sorprendentes: el aporte genético indígena alcanza en promedio el 23,6%, casi el doble del promedio nacional (14%). “Es como si cada sanducero tuviera dos bisabuelos indígenas”, explicó.
La cifra impresiona más al compararla con otros departamentos: Salto registra un 21%, Tacuarembó 16% y Colonia apenas 10%. En cuanto a ascendencia africana, Paysandú se ubica algo por debajo de la media, con 6,9%. El resto, alrededor del 69%, corresponde a herencia europea.
Pero el dato que más llamó la atención resultó ser el análisis materno: el 65% de los habitantes de Paysandú tiene un ancestro materno indígena. “Si hiciéramos un muestreo al azar, más de la mitad de ustedes probablemente tenga una abuela, bisabuela o tatarabuela indígena”, señaló Sans.
En contraste, el estudio del cromosoma Y –que se transmite de padres a hijos varones– arrojó cero por ciento de aporte indígena. “No encontramos ni un solo hombre con cromosoma Y indígena”, dijo. Sí apareció un 13% de linaje africano en la línea paterna.
Historia y silencios
Para Sans, esta asimetría genética es una huella de una sucesión de hechos históricos. Recordó la matanza de Salsipuedes en 1831, cuando tropas de Fructuoso Rivera emboscaron a caciques y guerreros charrúas. “Fue un ataque deliberado. Mataron a los hombres; las mujeres y los niños fueron repartidos. Eso explica que la herencia indígena se conserve en las madres y prácticamente desaparezca en la línea paterna”, aseveró.
La investigadora repasó también la fundación de Paysandú, en el siglo XVIII, como un puesto de la estancia de Yapeyú poblado por indígenas misioneros. En 1815, el naturalista Juan Antonio Larrañaga lo describía como “un pueblo de indios”. Sin embargo, apenas una década después los padrones ya registraban sólo un 2% de población indígena.
Durante el siglo XIX, el Estado uruguayo dejó de relevar la variable “raza” en los censos y promovió una identidad basada en la inmigración europea. “En el libro del Centenario de 1925 se afirmaba con orgullo que en Uruguay no había ‘un solo núcleo que recordara su población aborigen’”, recordó Sans. La frase, citada casi un siglo después, refleja una política deliberada de invisibilización que no sólo operó en las estadísticas, sino también en los relatos escolares y en la memoria familiar.
La conferencista subrayó que la construcción de un país “venido de los barcos” no fue casual. Las autoridades de la época buscaban presentarse ante el mundo como una nación moderna, europea y sin “problemas raciales”. Esa aspiración se tradujo en leyes migratorias que privilegiaron la llegada de europeos y en un discurso oficial que consideraba la herencia indígena como un elemento a olvidar.
De la negación al redescubrimiento
El estudio genético, que analiza 800.000 variantes, contradice esa idea de un país exclusivamente europeo. Según Sans, el mito comenzó a resquebrajarse en las últimas décadas. En el censo de 2011, un 5% de los uruguayos reconoció algún ancestro indígena o afrodescendiente, aunque la cifra aún está lejos de lo que revela el ADN.
La investigadora enfatizó que tener un bisabuelo indígena –un 12% de ascendencia– ya es significativo. “Con el mismo criterio con que muchos reclaman ciudadanía italiana o española por un bisabuelo, podríamos decir que somos indígenas”, ironizó, provocando sonrisas en el auditorio.
Sans insistió en que los resultados no son únicamente números fríos. Revelan vínculos de parentesco que permanecen en la memoria biológica aun cuando se borraron de los documentos y de las historias orales. “La genética es como un archivo que nadie pudo quemar”, dijo, aludiendo a la capacidad del ADN para resistir el paso del tiempo.
Identidad en debate
Más allá de las cifras, la charla interpeló a los presentes sobre la construcción de la identidad nacional. “Se forjó una idea de país sin indios, distinta a la de nuestros vecinos. Pero la genética demuestra que el pasado está en nosotros, aunque no lo veamos”, señaló.
Al finalizar, Sans invitó a reflexionar sobre lo que significa ser uruguayo. “Nuestra identidad no es sólo europea. Es mestiza, plural y profundamente americana”, afirmó.
El variado público presente siguió con atención cada diapositiva, que mostraba gráficos de barras y mapas de distribución genética, evidenciando la presencia significativa de ancestros indígenas en la población de Paysandú y alrededores.

