(Por Horacio R. Brum.
Santiago de Chile)
“Argentinización” es un término empleado en Chile para describir situaciones de caos e incertidumbre en la política y la economía. A pesar de los discursos de hermandad y de la contribución histórica de Argentina a la independencia nacional, en el siglo pasado fueron más las diferencias que las coincidencias entre los dos países que comparten la frontera más larga de América Latina y por eso, los acontecimientos que se producen al otro lado de la Cordillera suelen ser observados con escepticismo y cautela. Un ejemplo de los problemas concretos que representa para los gobiernos y empresarios de Santiago la relación con Buenos Aires es el suministro de gas. Durante el gobierno de Néstor Kirchner, el sector privado chileno hizo grandes inversiones en la construcción de unos gasoductos binacionales, para traer desde allende los Andes el combustible muy necesario para la industria y la generación de electricidad; incluso, se cambiaron las redes del suministro doméstico en las grandes ciudades, para adaptarlas a la circulación del gas argentino.
Esa “hermandad gasífera” funcionó bien, hasta que Argentina sufrió un invierno muy severo y Kirchner dio la orden de cerrar las llaves hacia Chile, porque no quiso pagar el costo político de reducir el gas para la población argentina. Después de varios hechos similares, en los que los acuerdos binacionales se subordinaron a la política interna de Argentina, Chile tuvo que invertir cientos de millones de dólares en construir una planta regasificadora, para importar por barco el combustible desde otros mercados.
Con el gobierno de Mauricio Macri, la situación pareció normalizarse y el gas volvió con regularidad, hasta la vuelta del kirchnerismo a la Casa Rosada.
La llegada de Javier Milei al poder fue considerada con alguna esperanza de estabilidad en las reglas del juego, aunque en un país muy respetuoso de las formas como lo es Chile, su lenguaje grosero y sus ataques a la división de poderes causaron incomodidad. Más aún, cuando el mandatario hizo manifestaciones de desaire y crítica burda hacia el presidente Gabriel Boric, además de expresar su indiferencia hacia la diplomacia bilateral y regional. Tampoco fue vista con buenos ojos, hasta en la derecha tradicional, su relación con el ultraderechista Axel Kaiser, un abogado y panfletista que se especializa en escribir columnas y libros de crítica hacia el progresismo y todo lo que define a las sociedades modernas. Kaiser es actualmente miembro del directorio de la fundación argentina Faro, que recauda fondos para la difusión de las ideas de Milei. Por otra parte, fue reclutado como viceministro de Economía el chileno-argentino José Luis Daza, quien poco tiempo atrás trató de ignorantes a sus colegas santiaguinos y provocó un pequeño incidente diplomático.
Los turistas chilenos fueron los primeros en detectar que no todo el relucir del nuevo presidente argentino era oro: ya no les valió la pena comprar libros en Buenos Aires, porque están más caros que aquí; los lácteos, como los yogures, cuestan dos y tres veces más y hay menos variedad; en cuanto a disfrutar de los cafés porteños, el precio a pagar por un cortado es casi igual al de Viena o París.
Además, en las calles de la París rioplatense fueron aumentando los comercios cerrados, cuyos portales sirven de refugio al número creciente de gente sin techo. “¡Se ve más miseria en las calles!”, dijo a este corresponsal una colega que viaja frecuentemente a la capital transandina.
En cuanto a los potenciales inversionistas, les llamó la atención que Milei hiciera uso y abuso de los Decretos de Necesidad y Urgencia (DNU) para imponer sus cambios, porque el equivalente chileno de esos instrumentos, los Decretos con Fuerza de Ley (DFL), son empleados excepcionalmente por el poder Ejecutivo y nunca para saltear el debate parlamentario.
En un país donde el Banco Central tiene una independencia casi sagrada, otro factor de preocupación fue el hecho de que en Argentina esa institución está prácticamente a las órdenes del ministro de Economía y con frecuencia se emplea para presionar y controlar a los bancos privados. Los cambios de las tasas de interés a gusto y placer del gobierno, al igual que la frecuente emisión de bonos de deuda, son otros factores que imprimen cautela a cualquier posibilidad de inversiones chilenas, así como la restricción vigente todavía para que las empresas puedan remitir sus ganancias a las sedes matrices, en moneda extranjera.
Las elecciones en la provincia de Buenos Aires dieron otro golpe a la confianza chilena en que Argentina esté tomando un rumbo diferente, porque el resultado favoreció abrumadoramente al peronismo de raíces kirchneristas.
Se vio que el partido del presidente Milei no pudo construir las extensas y sólidas redes políticas en el medio popular con que cuenta el peronismo, y que las mejoras económicas no están alcanzando a los sectores que tienen el potencial para un estallido social, como el que Chile sufrió en 2019.
En un comentario humorístico sobre todo ese panorama, un empresario chileno se refirió a la posibilidad de inversiones, combinando una frase de Juan Domingo Perón para los tiempos de incertidumbre, con el nombre que el presidente argentino da a su gobierno: “Hay que desensillar hasta que aclaren las Fuerzas de la Luz”.

