«La idea de una sociedad en la que los únicos vínculos sean las relaciones y los sentimientos que surgen del interés pecuniario es esencialmente repulsiva». El texto parece escrito por un contemporáneo, pero no. Fue John Stuart Mill quien se pronunció tan categóricamente, y de este modo dio lugar a una única interpretación. Esta dura afirmación, que podría pasar por el ingenio o el estado de ánimo de un autor actual, está incluida en el capítulo relativo a la naturaleza de las relaciones sociales.
El pasaje aparece en la edición de 1871 —hace casi 155 años—, en la séptima edición de su obra Principles of Political Economy o Principios de la economía política, en el capítulo donde cuestiona la idea de una sociedad basada únicamente en el interés pecuniario, en el metálico, en la búsqueda material. Mill analiza allí las consecuencias sociales de un sistema en el que todas las relaciones humanas se reducen a vínculos económicos.
Mill impugna la idea, dominante entre ciertos economistas de su tiempo, de que una sociedad puede sostenerse únicamente sobre el interés económico. Sostiene que necesita un entramado de vínculos morales, hábitos de cooperación, sentimientos de simpatía y normas compartidas que den cohesión, continuidad y sentido a la vida en común. Sin esa dimensión ética y afectiva, una comunidad degradada a meras transacciones pecuniarias se volvería frágil, deshumanizada y políticamente inestable.
Para J. S. Mill —lo remarco— la sociedad no puede ser entendida ni sostenida desde una perspectiva reduccionista que la comprima al mero entrecruzamiento de intereses económicos, porque tanto la libertad como la prosperidad descansan sobre un sustrato moral y afectivo que el mercado presupone pero no produce.
Son los intangibles de la vida humana. En este punto se alinea con Adam Smith, padre de la economía moderna, quien ya advertía que la coordinación económica solo es posible gracias a una arquitectura previa de «simpatía», de estándares de conducta incorporados y de un sentimiento de justicia sin los cuales el interés propio se tornaría destructivo en lugar de socialmente útil. Smith no concibió jamás al individuo como una máquina calculadora aislada, y Mill retoma y profundiza esta línea: la economía es inseparable de la psicología moral y de los hábitos cívicos.
La Teoría de los sentimientos morales es una obra fundamental de Adam Smith que arraiga las bases de su pensamiento ético y filosófico. Es en este libro donde Smith fundamenta que los juicios morales no son meramente el resultado de la razón, sino que están profundamente arraigados en la empatía y la conexión social. Pero, a contrapelo de las teorías que asumen la moralidad como algo eterno o natural, Smith considera que es una construcción que surge de la interacción humana y depende de las circunstancias sociales.
Alexis de Tocqueville da un giro y una dimensión político-cultural más propia de quien investigó y elaboró un trabajo de la magnitud de Democracy in America, que le valió reconocimientos en el mundo académico y su ingreso a la Academia de Ciencias Políticas y Morales y a la Academia Francesa. Tocqueville subraya que la vida democrática depende de una densa red de asociaciones voluntarias que generan confianza mutua, moderan el individualismo posesivo y producen lo que él llama «hábitos del corazón». J. S. Mill coincide en que, sin instituciones intermedias y sin un tejido asociativo convergente, la sociedad se atomiza y se vuelve impotente, incapaz de sostener libertades duraderas o mínimamente confiables. Y aquí es donde ambos se acercan al poner ciertas cuestiones en valor: desde esa mirada, un orden social fundado exclusivamente en el interés pecuniario sería incapaz de gestar la cooperación voluntaria y la energía cívica necesarias para una comunidad política viva. Y sin energía cívica no hay desarrollo institucional ni, mucho menos, colaborativo, de mirada amplia e integradora.
Aunque vendría más tarde que J. S. Mill, Durkheim suma valor a la construcción conceptual que sustenta la advertencia moral de este. Refuerza la idea de que una sociedad no puede mantenerse cohesionada solo por relaciones contractuales o por el intercambio económico. En La división del trabajo social (1893), Durkheim muestra que la solidaridad orgánica requiere normas, creencias compartidas y formas de conciencia colectiva que no se siguen automáticamente de la división económica del trabajo.
Plantea que la cohesión social no puede basarse únicamente en vínculos contractuales o en el intercambio económico: depende de una «conciencia colectiva» —un sistema de normas, creencias y expectativas compartidas— que regula la conducta, orienta las expectativas mutuas, otorga significado a los roles sociales y evita que la interdependencia económica derive en anomia, es decir, en un estado de desregulación moral en el que los individuos ya no encuentran límites ni sentidos compartidos para sus acciones.
Mientras que para Durkheim el mercado es un hecho social que funciona dentro de un marco normativo, para J. S. Mill un mercado desvinculado de sentimientos morales y deberes recíprocos produce un tipo de sociedad «repulsiva» e inestable. Ambos coinciden en la idea de que el interés pecuniario, por sí solo, no puede generar los vínculos simbólicos que permiten la cohesión.
En suma, para J. S. Mill una sociedad reducida al cálculo instrumental destruye las condiciones mismas que hacen posible el orden liberal: según Smith, porque desintegra la simpatía moral que hace viable el mercado; según Tocqueville, porque debilita las asociaciones y los hábitos cívicos que sostienen la libertad; según Durkheim, porque elimina la fuente de solidaridad que convierte a un conjunto de individuos en una comunidad. Así, el diagnóstico de Mill es simultáneamente filosófico, económico y sociológico: un orden social fundado únicamente en el interés pecuniario es moralmente empobrecedor, económicamente disfuncional y políticamente autodestructivo.
No por nostálgico, sino para recordarnos que estas cuestiones obedecen a contradicciones sistémicas más profundas cuyos rasgos se han hecho más notorios, vale señalar que la disputa —tan maquillada y dominante— viene desde más atrás, y que hubo otros que se desayunaron antes que nosotros.
Es oportuno rescatar al británico Tony Judt y su ensayo Algo va mal. En su prefacio adelanta una constatación que se ha acentuado: «En Estados Unidos, el Reino Unido y un puñado más de países, las transacciones financieras han desplazado a la producción de bienes o servicios como fuente de las fortunas privadas, lo que ha distorsionado el valor que damos a los distintos tipos de actividad económica. Siempre ha habido ricos, al igual que pobres, pero en relación con los demás, hoy son más ricos y más ostentosos que en cualquier otro momento que recordemos. Es fácil comprender y describir los privilegios privados. Lo que resulta más difícil es transmitir el abismo de miseria pública en que hemos caído».
Concluyo con esta reflexión de Oliver Goldsmith, angloirlandés, quien en 1770 escribió The Deserted Village (El pueblo abandonado): «Mal le va al país, presa de inminentes males, cuando la riqueza se acumula y los hombres decaen».


