En una ceremonia que tuvo lugar en el Teatro Juan Antonio Lavalleja de la ciudad de Minas se realizó la entrega de premios Morosoli, reconocimientos otorgados a quienes destacaron en el ámbito de la cultura que organiza desde 1995 la Fundación Lolita Rubial. Inspirados en el legado del célebre escritor Juan José Morosoli estos reconocimientos distinguen a personas e instituciones de distintas áreas del arte, la ciencia y la investigación. Este año entre los premiados estuvo la escritora sanducera Margarita Heinzen, quien recibió la estatuilla en letras, en la rama Narrativa.
La autora, que se encuentra en estos momentos en la Feria del Libro de Guadalajara, en México, relató a EL TELEGRAFO que fue “una sorpresa increíble” cuando se enteró de la distinción.

“Jamás pensé, y no es una pose, jamás pensé que iba a recibir un premio. Una vez más iba caminando por la calle y me agarró Lauro Marauda, que fue el que me llamó. No podía ni creer, porque además yo no sabía que él estaba en el comité organizador, entonces me llamó, pensé que era por algo de las editoriales o algo así. Así que eso, primero la incredulidad”. Después, dijo, pasó por un período que definió como “el síndrome del impostor, me decía por qué a mí, habiendo tantos, por qué yo. Era un poco ese mi sentimiento”. Después, en la medida que fue enterando a los más cercanos, “porque además me dijeron que no dijera nada, que tenía que ser como sorpresa de misma noche”, y todos le dijeron que debía disfrutar del momento, que es fruto del trabajo que ha llevado a cabo. “Desde afuera me convencieron que no me preocupara por eso”.
CEREMONIA
Fue una noche muy cálida, dijo la autora. “Me sentí muy contenta, fui con mi familia y apareció una amiga mía de sorpresa. Y de ahí arranqué para acá, para Guadalajara, sin escalas, así que recién estoy reaccionando”.
A diferencia del premio Narradores de la Banda Oriental, que recibió por su novela Un montón de espejos rotos (2018, Banda Oriental), esta vez el reconocimiento fue personal por su labor en la cultura. “Es mi segunda vez de Morosoli”, indicó. La vez anterior había concurrido en una delegación integrada por todo el personal del entonces Centro Universitario Paysandú, del que era en ese momento directora. “Pero el premio Morosoli fue para el Centro Universitario, yo nunca lo tuve en mi casa, digamos, lo tienen en la Universidad”.
DE FERIA
Heinzen, en momentos del intercambio con EL TELEGRAFO, se encontraba viviendo la experiencia de visitar la Feria del Libro de Guadalajara, una de las más importantes de habla hispana y de las que Uruguay elige para marcar presencia internacional. “Ya tenía comprado el pasaje para venir cuando me avisaron lo del premio, cambié la fecha de pasaje y me vine al otro día del premio, el domingo de noche”. La definió como algo increíble. “Estoy recontenta. Increíble el tamaño que tiene, son 40.000 metros cuadrados. Tiene un pabellón internacional, el área nacional, de México, es gigante; después hay una enorme carpa, pero gigante, mucho más grande que el que el Anfiteatro del río Uruguay, donde son los espectáculos, después están todos los pabellones internacionales por países”. Entre otros recorrió, por supuesto el de Uruguay, donde se encuentran sus libros. “Vine como turista, vine a escuchar escritores, vine a ver libros; la gente que viene a hacer negocio está solo para eso, para mantener reuniones, pero hay que pautarlas antes”.
PROYECTOS
Hoy, dijo, se encuentra con una novela “a medio empezar, a medio hacer”. Nació como trabajo final de una maestría en escritura creativa que cursó este año en España. “De alguna manera a veces pasa con algunos textos. Me fue bien, ya terminé la maestría, pero me quedo como quieto el texto, no lo he seguido”. En cambio dio inicio a otro proyecto “de un libro de cuentos, con un hilo conductor fuerte, pero bueno, no estoy en este momento escribiendo tanto como me gustaría. No sé si me gustaría, porque por algo no estoy escribiendo tanto”. Son tiempos de dedicarse a la lectura y a seguir “moviendo” su libro editado hace un año, La altura del derrumbe (2024, Fin de Siglo). “Me da mucho fastidio cómo funciona el mecanismo acá de los libros, que hay tantas, tantas, tantas novedades que un libro queda perimido antes. Y uno le puso mucho trabajo y esfuerzo a cada uno, pero por ahora las cosas son así”, lamentó.
LABOR
La agitada actividad de Margarita Heinzen incluye integrar —actualmente y en períodos anteriores— la directiva de la Casa de los Escritores del Uruguay y desde hace diez años llevar adelante un taller de escritura creativa en Ceupa, que recientemente complementó con un Club de Lectura en la misma institución, y se ha retirado tras una intensa vida académica —vinculada a la Universidad de la República—. El taller de escritura en Ceupa viene de celebrar sus diez jóvenes años. “Qué te puedo decir, que me parece mentira que hayan pasado diez años. Sobre todo de un proyecto en el que empecé pensando que iba a durar un semestre”. Recordó que cuando llevó el planteo a la comisión directiva de Ceupa “fue en un momento en que veía que el trabajo me estaba absorbiendo y no iba a poder escribir”. Así surgió, con la idea de vincularse de otra manea con la actividad literaria y encontrar un espacio creativo. “Se me ocurrió en Ceupa porque sabía que me la iban a aceptar; si yo propongo un taller de escritura como que me reservo un espacio para mi literatura, porque estaba así, repleta de trabajo, estaba en un desafío laboral importante y no quería que esa fuera mi vida”. Hay quienes llevan ya diez años concurriendo al taller por el que, estima, pasaron más de doscientas personas.
En los últimos días se presentó un libro que resumen los diez años de ese taller. “Todo el mundo me agradecía, pero en el fondo, por esto que te digo, de que lo hice porque estaba llena de trabajo y no quería que mi vida se redujera al trabajo, lo hice por mí y también a mí me ha ido alimentando muchísimo, así que también yo estoy muy agradecida por eso”.

