Sobre la Guerra Fría, aquel período que duró desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del muro de Berlín, se han hecho tantas películas que en un momento se habló de un “subgénero”, y no fueron pocos los que lamentaron que, luego de la disolución de la Unión Soviética, ese tipo de películas pasaron también a desaparecer.
Pero en la década de los ‘60 la paranoia por el enfrentamiento entre occidente y el bloque comunista estaba en su punto más álgido. Y si bien la película El embajador del miedo estuvo terminada en 1962, el asesinato de Kennedy –para poner aún más “condimento” al momento– retrasó su estreno. Es que la película toca el tema del intento de asesinato de un candidato presidencial, aunque para llegar a eso hay que pasar antes por una delirante y atractiva historia.
Los protagonistas son soldados que han luchado en la Guerra de Corea y han regresado a Estados Unidos sanos y salvos, o al menos eso es lo que ellos piensan. Porque cuando tienen que hablar del militar que los comandó y que también regresó con ellos, se deshacen en elogios, algo que no va ni con la personalidad fría y apática de tal comandante ni con la relación que tenían con él durante la contienda. Así que quienes así hablan comienzan a sospechar que hay algo raro. Y lo raro está en el lugar más peligroso y también ambicionado por el bando enemigo: sus mentes.
A todo esto hay que aclarar algunas cosas para que no se piense que estamos ante una película de mera propaganda, como las hubo. Ni el director John Frankenheimer ni el protagonista Frank Sinatra estaban muy contentos con la paranoia que se vivía en Estados Unidos, temiendo a cada momento un ataque nuclear ruso, o chino, o, en este caso, coreano (del norte). Es decir, no se lo tomaban en serio, aunque tampoco les simpatizaba para nada el pensamiento marxista, algo que queda muy en claro en el filme. Para contrarrestar la situación, el político en cuestión que nombraba antes es lo más parecido a Joe McCarty que se pueda imaginar, o sea, un furioso anticomunista que no duda en decir cualquier disparate con tal de seguir alimentando el “miedo” a la supuesta invasión comunista.
Lo que se le escapa es que estos soldados que han regresado de la Guerra de Corea, han traído en lo recóndito de sus mentecillas un plan que hasta ellos mismos ignoran y que comenzaría con la eliminación del político ultraderechista.
Así que estamos a la vez ante una crítica de cierto pensamiento extremista que tampoco deja de dar sus buenos palos a los radicales propios, o sea, estadounidenses. Las secuencias del lavado de cerebro en Corea son muy parecidas al tono que veíamos en El Superagente 86, aunque no por tener humor dejan de funcionar dentro de una película que no es en ningún sentido una comedia.
El director Frankenheimer estaba en su época más fructífera en la que parecía encadenar un suceso tras otro (comercial y artísticamente hablando), ya que es la época también de las excelentes Siete días de mayo, El tren o Plan diabólico. El Embajador del miedo también está entre lo mejor de su carrera, ya que todo funciona en ella. Quienes conozcan al director sabrán que, al ir transcurriendo las décadas su carrera decayó muchísimo, tanto que algunas de sus últimas películas eran irreconocibles como de un realizador que había hecho aquel puñado de obras de auténtico valor.
Pero para eso es el cine, para que, cuando incluso todos quienes hicieron su trabajo ya no estén entre nosotros, se los pueda seguir disfrutando como si estuviesen vivos y en sus mejores momentos. Una característica que ningún otro arte puede ofrecer. En el elenco, como no podía ser de otra manera, se destaca Sinatra, Laurence Harvey como el comandante e incluso Ángela Landsbury como su pérfida y calculadora madre, en un papel muy inusual en su carrera. Ah, sí, hay una remake de la década del 2000 protagonizada por Denzel Washington que no está nada mal, aunque no agrega nada nuevo. Si quieren paranoia de calidad, vean esta, la de los sesenta.
Fabio Penas Díaz


