La posta de seis nadadores que unió Salto con Paysandú a nado completó el recorrido en 21 horas y algunos minutos, muy por debajo de las 30 a 36 horas que estimaban los organizadores. El equipo, fiscalizado bajo el reglamento de la Asociación de Cruzadores de Nado del Canal de la Mancha, trabajó con condiciones favorables de corriente, clima estable y una logística cuidada que permitió sostener un ritmo constante.
Oscar “Poliya” Samurio, uno de los integrantes y referente del grupo, explicó que la coordinación resultó ser “impecable”, tanto en tierra como en las embarcaciones que acompañaron la prueba. “Desde el clima hasta quienes nos seguían en el rumbo, todo funcionó bien”, dijo a EL TELEGRAFO. Incluso destacó que los recursos previstos – alimentos, alojamiento y equipamiento– fueron suficientes y dejaron margen.
Un cruce con apoyo técnico y reglas estrictas
La fiscalización implicó cumplir normas estrictas. No podían tocar la embarcación durante el nado y los tiempos de hidratación estaban regulados. Tres personas mantuvieron comunicación permanente con la organización del Canal de la Mancha para asegurar el cumplimiento del reglamento.
A nivel deportivo, los nadadores sostuvieron velocidades superiores a seis kilómetros por hora, favorecidos por la corriente del río Uruguay. “No hubo viento en contra y las embarcaciones tenían luces para guiarnos durante la noche”, señaló Samurio. La fluidez del río permitió completar los 85 kilómetros finales en tiempos significativamente menores a los previstos. Los primeros 35 kilómetros, entre Salto y la Meseta de Artigas, fueron más lentos. Las dos lanchas pescadoras que acompañaron ese tramo conocían la zona, pero no necesariamente los pasajes de mejor corriente. Ese trayecto llevó casi seis horas, mientras que el resto del recorrido se completó con mayor rapidez.
Postas, entrenamiento y preparación
Samurio abrió la travesía y luego siguieron Hugo Gustá y Sara Machuca, que completaron cuatro horas de nado. El resto, Alejandra Miloc, Silvana Álvarez y Fernando Artía, estuvo en el agua un total de tres horas. Según Samurio, el equipo llegó en buenas condiciones físicas: “Estábamos muy entrenados; no podés pasar la noche si no tenés una preparación sólida”. La historia personal también pesó en el cruce. Samurio explicó que este tipo de travesía estaba entre sus objetivos desde hacía años, inspirado en Ramón Sanabria, pero que la exigencia física y los riesgos de hacerla en solitario llevaron a optar por un formato de posta, siguiendo la recomendación del entrenador Rubén Peña (la travesía llevaba su nombre), fallecido recientemente.
Reconocimientos al equipo de apoyo
Además de los nadadores, Samurio destacó el rol de quienes trabajaron en la navegación. Daniel Jourdan –quien lo acompañó en su cruce previo del Río de la Plata- – y Federico Peña, hijo de Rubén Peña, utilizaron GPS y mapas de corriente para mantener el rumbo óptimo. También valoró el trabajo de Richard Centurión, médico que acompañó los primeros 35 kilómetros.
“Hay gente que queda inadvertida, pero son fundamentales”, afirmó. En total, mencionó ocho personas que formaron parte del soporte técnico y logístico.
Los próximos desafíos y las dificultades de financiamiento
El grupo evalúa futuras travesías, como el cruce Colonia–Buenos Aires en el Río de la Plata, o del propio Canal de la Mancha. Sin embargo, el financiamiento aparece como la principal barrera: estiman que necesitarían al menos unos 9.000 dólares para esa prueba en Europa.
Samurio señaló que hoy es más complejo conseguir apoyo, porque el interés por este tipo de desafíos ha disminuido. “Las empresas aportan cuando la gente muestra interés, y hoy cuesta más generar esa atención”, afirmó. Pese a estos obstáculos, la travesía Salto–Paysandú dejó un registro histórico difícil de igualar, realizado en condiciones excepcionales y con un equipo que logró sostener un alto rendimiento durante todo el recorrido.

