A fines de la década de los años 80 el SIDA, Síndrome de la Inmunodeficiencia Humana Adquirida, era la epidemia final, el mal que podría llegar a tener el potencial de terminar con la humanidad tal como la conocemos. Hoy, decirle esto a alguien que nació con el nuevo milenio puede preceder a un cuestionamiento sobre la cordura del interlocutor. Y es que han pasado cuatro décadas desde que se diagnosticó e identificó un mal que rápidamente se cargó de tabúes. Su combate fue, a la vez que una lucha en busca de tratamientos eficientes, la excusa para una serie de reivindicaciones de derechos y terminó abriendo la puerta a muchos cambios culturales alrededor del mundo. Hoy el VIH SIDA es considerada prácticamente una enfermedad crónica, que con diagnóstico oportuno y tratamiento adecuado los pacientes no solamente pueden vivir con ella, sino además llevar una buena calidad de vida y además los tratamientos han eliminado el riesgo de contagios; de allí que el sistema mundial de salud se haya atrevido a plantear como una meta que ya no haya más muertes por este mal al finalizar esta misma década.
El 1º de diciembre fue el Día Mundial del VIH y en ese contexto el Ministerio de Salud Pública (MSP), renovó el compromiso de “la eliminación del VIH como problema de salud pública”, a la vez que promover el autocuidado para la prevención del VIH y otras infecciones de transmisión sexual (ITS). La campaña en nuestro país enfatiza en la importancia del testeo y del tratamiento temprano y se organizó bajo el lema “Transformar la respuesta al VIH”.
El 5 de junio de 1981, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de los Estados Unidos publicaron el primer informe oficial (en inglés) de lo que se conocería después como la epidemia del VIH. El informe describía el caso de cinco jóvenes de Los Angeles, hasta entonces sanos, que padecían una neumonía poco común, lo que fue el primer diagnóstico médico de la epidemia emergente.
Hoy, 44 años y medio más tarde, es mucho lo que sabemos de una enfermedad que hemos dominado, aunque no erradicado y ni siquiera todavía se ha hallado una cura definitiva, pero el que las personas puedan llevar una vida “normal”, o algo parecido a ello, es una conquista significativa.
Indica el MSP que las personas con VIH “pueden tener la misma expectativa de vida que la población general siempre que accedan al tratamiento antirretroviral de forma continua, sin interrupciones, y que el diagnóstico se realice lo antes posible. Muchas veces la infección inicial pasa desapercibida porque los síntomas se confunden con otras infecciones virales y se resuelven solos; mientras tanto, el virus se multiplica y afecta las defensas del organismo”. Es por ello que considera clave que haya testeos tempranos incluidos en los chequeos de rutina. “El test de VIH debe incorporarse como una práctica rutinaria en toda persona sexualmente activa y en los controles de salud. Un diagnóstico temprano permite iniciar el tratamiento a tiempo, evitar la progresión a enfermedad avanzada (SIDA) y cortar las cadenas de transmisión”.
La prevención se plantea hoy como una estrategia combinada, “un conjunto de intervenciones integradas que también ayudan a prevenir otras ITS”. Esto involucra el uso de preservativos externo (masculino) o interno (femenino) que sigue siendo una herramienta central, porque protege frente a todas las ITS, “y además previene el embarazo” no deseado, agrega el MSP.
La otra parte de la estrategia consiste, justamente, en realizarse pruebas para VIH y sífilis, “infecciones que pueden cursar largos períodos sin síntomas y solo se detectan mediante análisis de sangre”. También se incluye en estas recomendaciones los testeos para hepatitis B y C, que se transmiten por vía sexual, lo mismo que el Virus del Papiloma Humano (HPV). Tales prestaciones están incorporadas en la canasta de las instituciones de salud, “con indicaciones específicas según edad, estado vacunal y situación de riesgo, y contribuyen a una visión integral del cuidado de la salud sexual y reproductiva”. Y para algunos de estos males hay además vacunas, que también se recomiendan, “ambas seguras, eficaces y disponibles en forma gratuita en todos los vacunatorios del país, con indicaciones específicas según edad y situación de riesgo”.
Las estadísticas mundiales más recientes sobre el VIH indican que entre 37 y 45,6 millones de personas en todo el mundo viven con VIH. Entre 490.000 y 820.000 personas fallecieron murieron por enfermedades relacionadas con el SIDA el año pasado. Entre 27,8 y 32,9 millones tuvieron acceso a terapia antirretroviral en 2024. Entre 73,4 millones y 116,4 millones de personas se han infectado con el VIH desde el comienzo de la epidemia. Entre 37,6 y 53,4 millones de personas han muerto por enfermedades relacionadas con el SIDA desde el comienzo de la epidemia.
No podemos olvidarnos que el que hayamos llegado a esta situación en la que se ha logrado calidad de vida para los pacientes y que la meta de cero muertes sea un objetivo alcanzable es fruto de la investigación y de los desarrollos de la ciencia.
Es bueno recordarlo en estos tiempos en los circulan en las redes discursos absurdos y malintencionados que buscan desestimular las inmunizaciones al impulso de ridículas teorías conspirativas.

