Qué ver: Vida privada, en Netflix

El drama de querer y no poder ha sido desde siempre una fuente de historias para todo tipo de películas. En Vida privada, lo que quieren los protagonistas es tener un hijo, pero no pueden. Entonces se lanzan tras ese objetivo con todo lo que tienen, amor, ganas, dinero (aunque lo pidan prestado) y una gran cuota de obsesión, que después de todo también hay que tener si se quiere lograr algo. Ella es la hiperactiva y encantadora Kathryn Hahn, actriz que ha brillado como secundaria en muchas ocasiones y aquí lo vuelve a hacer como protagonista y él es el bastante más conocido Paul Giamatti en otro trabajo que merece tantos elogios como mucha más visibilidad, al igual que toda la película. La tercera en cuestión es una sobrina, interpretada por la arrolladora Kayli Carter, joven actriz que ya va mereciendo también mucho más exposición y más papeles protagónicos. Esta sobrina entra en el juego cuando los médicos le dicen a la pareja que, si la adopción o el vientre de alquiler no es una opción, deben conseguir un óvulo joven. Y la película es la relación que se va creando entre este trío que bien podría haberse sacado de una película de Woddy Allen o de John Cassavettes si no fuera porque la dirige Tamara Jenkins, realizadora con no muchos filmes en su haber, pero con ya las suficientes virtudes para que sus seguidores (como uno) agarren del pelo al primero que pase y lo sienten frente a la televisión para que vea sus películas.
Pero si en sus otras películas había mucho calor humano y cariño por los personajes, en Vida privada se agrega otra cosa. La épica. Parece algo que no tendría nada que ver con una película intimista como esta, pero la lucha a brazo partido en la que se mete el trío protagonista tiene su trasfondo épico, quieren a toda costa alcanzar una meta que para muchos es lo más normal del mundo pero que, para ellos es una carrera de obstáculos. Ahí sale a relucir el estilo de Jenkins, siempre a medio camino entre la comedia y el drama que aquí encuentra una historia y un tono ideal para tomar todo su potencial. Esa búsqueda de la creación de una vida está salpicada por varios momentos que parecen sacados de una comedia de Jim Carrey o Will Ferrell, sin perder nunca de vista que, de lo que se está hablando es de algo muy serio, porque cuando varias de esas escenas se repiten, debido a los largos tratamientos a los que se someten los personajes, muchas veces en el mismo encuadre y situación, son totalmente dramáticos. Tal vez eso en otra película no funcione, esos cambios e idas y venidas entre un chiste y un desengaño, entre una humorada y una decepción podrían dar para un menjunje delirante, pero con la mano segura de la directora Jenkins parecen un pedazo de vida. Como en el cine de Alexander Payne (Los descendientes, Entre copas, Nebraska) o hasta si se quiere el de Kelly Reichart (First cow, Wendy y Lucy, Showing Up), todo se siente muy cercano, muy real. Un cine honesto y directo, que con muy poco logra mucho. Sin duda mucho más que varias películas que con una ambición tal vez mayor, se quedan por el camino. Cerrar algo tan frágil y tan bien hecho no era fácil y Jenkins (también guionista) elige un final perfecto para todo lo que se vio hasta ese momento. Porque en la búsqueda también se cambia, sin dejar de ser uno mismo, algo tan cierto como que esta película hay que verla cuanto antes, ya que, como todas las cosas delicadas y simples puede ser injustamente olvidada rápidamente.

Fabio Penas Díaz

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