El eco de aquellas botas de impunidad, que resonó hace más de cinco décadas en aquella época oscura, todavía golpea con una fuerza implacable la memoria colectiva. Hoy, ese sonido aterrador vuelve a escucharse con firmeza, atravesando el manto de silencio que los victimarios han intentado imponer para ocultar sus crímenes. Mientras ese eco atraviesa el presente, un pueblo aún sueña con un país más justo, igualitario y digno, donde el trabajo y la educación sean los pilares de una sociedad diferente.
Bajo este eco persistente surge la trampa de aquéllas botas exhibiendo arrugas de inocentes. Intentando que el paso del tiempo sea su mejor coartada para despertar una piedad que no merecen. Sin embargo, detrás de esa máscara de vejez, habita la conciencia de represores que se niegan a decir dónde están.
Hoy esas botas resuenan en las voces de sus defensores, que claman por esos “pobres viejitos”, exigiendo beneficios indebidos, como la prisión domiciliaria. Algunos políticos y exmilitares, como Guido Manini Ríos y Julio María Sanguinetti intentan justificar que los represores puedan cumplir sus penas en la comodidad de sus hogares, ignorando que vulneraron los derechos humanos de cientos de personas, dejando heridas profundas que aún perduran en nuestra sociedad.
La historia reciente de América Latina está marcada por heridas que exigen justicia y memoria, enfrentando a quienes buscan borrar la historia. La lucha en búsqueda de nuestros compañeros y compañeras desaparecidas, aún no tiene final. Es inaceptable olvidar que, como miembros de las Fuerzas Armadas, debían ser los garantes de la Constitución, del honor y de la protección de cada ciudadano, y en muchos casos, son responsables de torturas, asesinatos y violaciones de derechos humanos. Utilizaron el poder del Estado para arrancar a nuestros nietos y nietas de los brazos de sus madres para luego ejecutarlas y desaparecer sus cuerpos en el mar o en fosas ocultas en los cuarteles.
Las dictaduras en el Cono Sur implementaron planes de exterminio dirigidos a las clases populares y movimientos sociales, con la complicidad del Estado. El Plan Cóndor coordinó la represión en la región bajo la tutela de Estados Unidos, facilitando crímenes atroces. Aunque con la democracia comenzaron procesos judiciales, aún falta mucho por esclarecer. La lucha por justicia y verdad continúa, encabezada por heroínas como las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y por los familiares de detenidos de desaparecidos que enfrentaron el silencio y recorrieron tribunales y calles, construyendo una red de dignidad que el terrorismo de Estado no pudo destruir. Muchos niños apropiados y restituidos son testigos del horror de un Estado genocida, por eso hoy son ellos los que encabezan la lucha por sus derechos, desafiando la impunidad y reivindicando su dignidad.
Las arrugas detrás de las botas, no son un símbolo de vulnerabilidad, sino una trampa más, una estrategia para evadir la justicia y continuar manteniendo la impunidad, en un sistema que permitió y encubrió no solo en dictadura, sino también en democracia, con presidentes que no quitaron nunca el manto de impunidad y hasta con sus acciones, lo perpetraron. No buscamos venganza, sino justicia, que es la aplicación objetiva de la ley, no una revancha emocional.
Los privilegios que reclaman son una ofensa a la memoria de los cientos de compatriotas que aún hoy continúan desaparecidos, a los cientos de nietos que aún permanecen en manos de sus apropiadores y a quienes seguimos levantando las voces por memoria, verdad y justicia.
Cada nieto que recupera su identidad es una victoria compartida, una explosión de felicidad que enciende una chispa en nuestro corazón y nos da la fuerza para seguir adelante. Cada vez que la tierra tiembla en los cuarteles y los restos de nuestros seres queridos emergen, el silencio cómplice de los represores se resquebraja. No son solo huesos; son gritos de justicia que surgen del suelo, recordándonos que ellos nunca se fueron, que sus almas aún se encuentran entre nosotros exigiendo la verdad que se oculta tras capas de silencio.
La tierra susurra con esperanza renovada, cuando los huesitos de nuestros compañeros renacen en la memoria y un nieto más recupera su historia y su identidad, llenándonos de luz y fe en un mañana mejor. Miramos hacia el futuro con la certeza de que nos encontraremos en cada joven que abraza esta causa, en cada abrazo colectivo y en cada paso que nos acerca a una sociedad más justa, tal como ellos soñaron y lucharon. Con la mirada puesta en un horizonte lleno de esperanza, confiados en que pronto nos vamos a encontrar.
¡Por los que faltan, por los que vienen! ¡Memoria, verdad y justicia! ¡Nunca más!
Tec. Pablo Miranda Ponce

