Solicitada: La alegría del amor (parte II)

La conyugalidad es una característica fundamental del matrimonio, los niños criados por sus padres biológicos están en una posición excepcionalmente ventajosa.

Las contundentes pruebas que proporcionan las ciencias sociales respaldan firmemente la idea de que la estructura familiar importa y de que lo mejor para los hijos es ser criados por su propia madre y padre en el seno de un matrimonio estable y poco conflictivo.

Querer a un niño es una cosa y querer a un hijo con un amor que le proporcione la estructura necesaria, es otra. El niño agradece una genealogía clara y coherente; lo relevante para el bienestar de un niño no es la orientación sexual de las personas que lo crían, sino su complementariedad sexual.

La tenacidad para formar una familia y sacarla adelante, transforma el mundo.

Los cambios culturales, la mentalidad individualista, la ruptura de vínculos y la fragmentación social atraviesan la realidad de todas las familias.

Debemos dar ejemplo y testimonio de la alegría de la familia, promoviendo una sociedad que facilite los proyectos familiares (acceso a los jóvenes de vivienda y trabajo), impulso de costumbres sociales que propagan al matrimonio por encima de la fiesta y la luna de miel, ayuda para cuando lleguen los hijos, consolidación de una cultura de respeto y ayuda a la mujer, una educación afectiva que integre la sexualidad en el proyecto de vida.

La familia es inclusiva (acepta la fragilidad y la integra), intergeneracional y ampliada (cada uno se lo acepta por lo que es, no por lo que ha hecho; abuelos, nietos, primos, la vecina, el primo homosexual, la tía divorciada y su nueva pareja).

Otras características: fecundidad y fidelidad (aparecen el abuelo y la abuela, juntos durante toda la vida, han pasado mil dificultades, se han peleado, reconciliado y han sido fecundos, están sus hijos y nietos, una familia de brazos abiertos, donde caben todos y donde todos tienen una segunda oportunidad, se ofrece seguridad a los niños y cuidado a los ancianos).

Si el Estado redefine el matrimonio de tal manera que ya no es la unión entre un varón y una mujer, sino una simple relación sentimental consentida entre adultos, ya no lo promueve, sino que lo debilita, vaciándolo así de gran parte de su significado y haciendo menos probable que los niños sean criados del modo que más les conviene.

Desde la fuerza interna de la solidaridad familiar se puede combatir la globalización de la indiferencia y la cultura del descarte, tratar a cada persona de acuerdo a su dignidad; el matrimonio es una institución que crea bienes sociales.

José Francisco Ramos Peralta