Históricamente, la riqueza ganadera ha sido una de las principales fuentes de ingresos por exportaciones del Uruguay. Lejos de perder importancia en los tiempos modernos, se ha afianzado como un recurso fundamental dentro de nuestra canasta exportadora. Como contrapartida, el valor agregado y las fuentes de empleo que se generan dentro de fronteras, en sus diversas etapas, siguen siendo limitados.
Por supuesto, la ecuación no es tan simple. Más allá de la tradicional imagen de estancias semivacías de personal y de campos en los que los animales “se crían solos”, existe un entramado de infraestructura, servicios y preservación sanitaria mucho más complejo de lo que suele suponerse en los grandes centros urbanos —como Montevideo—, distantes de la integración e interacción permanente que se da en el interior del país.
Se requiere mucho más que mantener al animal dentro del perímetro de los alambrados, y eso lo saben muy bien quienes trabajan directamente en el rubro, así como quienes integran el complejo sistema de apoyo que demanda potenciar el recurso ganadero: técnicos capacitados en el área veterinaria y en otras disciplinas, laboratorios, industria frigorífica, transporte, logística y un largo etcétera. A ello se suman todos los sectores que dependen de los negocios ganaderos y otras áreas conexas que exceden este análisis necesariamente sintético.
En este contexto, la preservación sanitaria de los rodeos constituye un aspecto fundamental para proteger esta riqueza y competir en los mercados internacionales, donde se exigen estrictos estatus sanitarios, inspecciones, certificaciones y análisis tanto en origen como en destino, además de las exigencias comerciales, arancelarias y de cupos, especialmente en los destinos más demandantes.
Han quedado muy atrás los tiempos del ganado cerril criado prácticamente “solo” en los campos. Desde hace décadas, la pecuaria se ha desarrollado y acompasado a los nuevos tiempos. Precisamente por ello se ha consolidado como uno de los pilares de nuestra economía en términos de ingreso de divisas, más allá de su carácter primario.
Entre las amenazas —que los uruguayos hemos sufrido en carne propia más de una vez— figuran las epizootias. Si en otros tiempos podían tolerarse como parte de la problemática de la cría bovina, hoy marcan la diferencia entre acceder o no a los mercados, además de generar pérdidas productivas y resultar inaceptables en los circuitos internacionales de exportación.
Una de ellas es la fiebre aftosa, enfermedad erradicada en gran parte de la región pero que continúa definiendo las políticas sanitarias por su impacto directo en el comercio internacional de animales y productos de origen animal. Actualmente, la región —con la excepción de Venezuela— se encuentra libre de esta enfermedad; sin embargo, nunca puede descartarse la aparición de brotes, como ha ocurrido incluso en algunos países europeos. En el caso de Uruguay, el país mantiene el estatus de libre de aftosa con vacunación, a diferencia de otros vecinos, como Brasil, que ha avanzado hacia la condición de libre sin vacunación.
“A la fiebre aftosa se le gana con rapidez”, señaló recientemente el director de los Servicios Ganaderos del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca, doctor Marcelo Rodríguez, en declaraciones recogidas por Rurales de EL TELEGRAFO. La afirmación resume un principio central de la política sanitaria: el tiempo es determinante. Cuanto antes se detecta una sospecha, más rápida es la respuesta y menor el impacto.
Aunque la enfermedad esté hoy erradicada en la mayoría de los países del continente, el escenario internacional recuerda que la prevención es una tarea permanente y no un logro definitivo. La Organización Mundial de Sanidad Animal advierte que los países libres de fiebre aftosa deben continuar invirtiendo en prevención para evitar su reintroducción.
A esta altura del siglo XXI, subsiste además un enemigo histórico de nuestra riqueza ganadera: la garrapata. Este parásito ha desarrollado resistencia a muchos productos veterinarios tradicionales, lo que llevó al Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca a poner en marcha un Plan Nacional de Lucha Integral contra la Garrapata. El plan incluye el uso de una vacuna innovadora desarrollada junto al Instituto Pasteur, la aplicación racional de acaricidas y la inspección sistemática para reducir la parasitosis y evitar residuos en la carne. Se busca erradicar la garrapata en zonas libres y controlar su prevalencia en áreas afectadas mediante herramientas como animales centinela y vacunación, además de reducir pérdidas económicas significativas.
Uruguay ha implementado una vacuna basada en proteínas, sin tiempos de espera, en conjunto con el Instituto Pasteur, con el objetivo de disminuir la población de garrapatas y reforzar el diagnóstico, reducir la morbimortalidad, controlar la resistencia a los químicos y avanzar en la erradicación en zonas libres. A ello se suman el uso combinado de acaricidas, el manejo estratégico de la resistencia, la hemovacuna para prevenir la llamada “tristeza parasitaria”, la metodología de centinelas y el control estricto del movimiento de ganado desde zonas de alta infestación hacia zonas libres. Todo ello apunta a bajar la prevalencia en áreas endémicas, eliminar el parásito donde aún no está presente y evitar residuos químicos en los productos cárnicos de exportación.
Como se manifestó en el reciente evento Agro en Punta, con la participación de autoridades, científicos y académicos, las respuestas del pasado ya no alcanzan para los desafíos del presente. El propio Marcelo Rodríguez subrayó que “la garrapata no es un problema nuevo, es un problema estructural”, y recordó que las campañas sanitarias tienen más de medio siglo, período en el que el país acumuló tanto errores como aprendizajes.
El impacto del parásito va mucho más allá del daño sanitario: afecta la productividad, eleva costos y pone en riesgo mercados estratégicos. Las pérdidas se estiman en 92 millones de dólares anuales, equivalentes al 3,4 % de la producción primaria de carne, sin contar efectos más difíciles de medir, como episodios de residuos que pueden derivar en restricciones comerciales.
Sin duda, el aspecto central de la reflexión es que “el problema no se arregla con una sola herramienta”. Es imprescindible adoptar decisiones con respaldo científico y no postergar medidas necesarias por temor a su eventual impopularidad. “Algunas decisiones no son simpáticas, pero son inevitables si queremos preservar el estatus sanitario del país”, afirmó. Y ese es el punto: en este rubro, como en tantos otros de importancia estratégica y también en la vida cotidiana, es preciso hacer lo que corresponde, sin dilaciones ni paños tibios, porque postergar decisiones en busca de un supuesto “mejor momento” suele generar más frustraciones y problemas que los que se pretendía evitar.
Como bien sintetizó Alejo Menchaca, del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA), en ese mismo evento: “si seguimos haciendo lo mismo, la garrapata nos va a seguir ganando”.
