Uruguay frente a una problemática que no cede, con jóvenes y adultos mayores entre los más vulnerables

La reciente situación expuesta en la localidad de San José, en la provincia argentina de Entre Ríos –donde la problemática del suicidio volvió a encender alarmas por su alta incidencia– encuentra eco en Uruguay, un país que desde hace años enfrenta cifras preocupantes en materia de salud mental.
Si bien los contextos son distintos, el trasfondo es similar: sistemas de atención que muchas veces no logran dar respuesta a una demanda creciente, especialmente entre adolescentes, jóvenes y personas mayores, dos franjas etarias particularmente afectadas.

En esa localidad entrerriana de apenas unos 22.000 habitantes, la problemática adquirió dimensiones alarmantes en los últimos años.

Entre 2024 y 2025 se registraron al menos 16 suicidios, una cifra especialmente impactante para una comunidad pequeña, donde cada caso repercute de forma directa en el entramado social. El dato más preocupante es que la mayoría de las víctimas eran jóvenes de entre 15 y 40 años, lo que encendió una fuerte alarma entre docentes, familias y equipos de salud. Incluso, se reportaron episodios que sacudieron profundamente al pueblo, como una seguidilla de casos en diciembre –tres suicidios en poco tiempo– entre adolescentes, incluido un joven de apenas 15 años.

A esto se suma un número considerable de intentos de autoeliminación. Según registros sanitarios locales, durante 2024 el hospital llegó a tener un promedio de una internación diaria por ideación suicida o intento, cifra que luego descendió pero se mantiene elevada, con entre uno y tres casos semanales en la actualidad.
Otro aspecto que agrava la situación es la limitada llegada del sistema de salud: de los casos registrados, solo una minoría había tenido contacto previo con servicios de atención en salud mental. Esto evidencia dificultades en la detección temprana y en el acceso a tratamientos adecuados.

En el plano social, distintos actores locales –docentes, psicólogos y vecinos– coinciden en señalar factores como el consumo problemático de sustancias, el aislamiento, la hiperconectividad y la falta de espacios de contención como elementos que atraviesan a muchos de los jóvenes afectados.

La gravedad del escenario llevó a que incluso desde el ámbito educativo surgieran iniciativas concretas: estudiantes secundarios impulsaron proyectos para declarar la emergencia en salud mental en la provincia, reflejando que la preocupación ya no es solo institucional, sino también generacional.

Estos elementos, lejos de ser ajenos a la realidad uruguaya, refuerzan la idea de que la problemática del suicidio en la región comparte patrones comunes y exige respuestas urgentes, sostenidas y coordinadas entre el Estado, la comunidad y los sistemas de salud.

LA MIRADA PROFESIONAL

Consultada por EL TELEGRAFO, la siquiatra Mariela Culela indicó que la reciente realidad expuesta sobre la localidad de San José, en Entre Ríos, “no nos resulta ajena”. Por el contrario, “funciona como un espejo que nos obliga a mirar nuestra propia realidad en Uruguay, y particularmente en el litoral. Como sociedad, nos enfrentamos a una problemática estructural que no cede y que exige un análisis que trascienda los consultorios para involucrar a toda la comunidad”.

Desde la perspectiva médica, “las cifras presentadas por el Ministerio de Salud Pública (21,35 casos por cada 100.000 habitantes) confirman que el suicidio es un fenómeno multicausal y complejo. Hoy vemos con especial preocupación dos polos de vulnerabilidad.

Nuestros jóvenes (20 a 24 años) quienes enfrentan una presión creciente, a menudo asociada al consumo problemático de sustancias y a cuadros de ansiedad y depresión que, en muchos casos, no llegan a ser detectados a tiempo por el sistema de salud. Y nuestros adultos mayores (80 + años) donde el aislamiento y la pérdida de redes de contención se vuelven factores críticos”.

“Desde la perspectiva clínica, el suicidio es un fenómeno multicausal. En el hospital, observamos con preocupación cómo la vulnerabilidad se polariza en dos extremos: los jóvenes, donde el consumo de sustancias y la impulsividad suelen ser catalizadores, y los adultos mayores, marcados por la soledad y el dolor crónico. Detrás de cada cifra existe un desequilibrio que la medicina puede tratar, pero para ello, el acceso al especialista es la primera e indispensable barrera que debemos sortear. Es fundamental entender que la conducta suicida no es una elección, sino el resultado de un dolor psíquico que supera los recursos de afrontamiento de la persona. La detección temprana es nuestra mejor herramienta, pero para que sea efectiva, debemos derribar el estigma que aún rodea a la consulta psiquiátrica”, dijo la profesional.

EL TEJIDO QUE CONTIENE

Sin embargo, la respuesta no puede ser puramente médica. “Lo que sucede en comunidades pequeñas nos enseña que el entramado social es el primer anillo de prevención. Factores como la hiperconectividad, la falta de espacios de pertenencia y las dificultades económicas generan un ‘ruido’ que dificulta la escucha del otro”, dijo Culela. La prevención del suicidio empieza en la conversación cotidiana. “Debemos pasar de la alerta a la acción coordinada y citó tres formas”: Validar el dolor: Evitar frases que minimicen el sentimiento del otro; Preguntar sin miedo: Hablar sobre la ideación suicida no “da la idea”, sino que ofrece una oportunidad de desahogo y rescate; y Fortalecer redes: El hospital y las policlínicas son el soporte técnico, pero la familia, los docentes y los vecinos son quienes están en la “primera línea” de detección.

“Uruguay se encamina hacia una nueva Estrategia Nacional de Prevención. Para que sea efectiva en nuestro litoral, debe fortalecer el primer nivel de atención y las redes territoriales. El hospital debe seguir siendo un centro de cuidados especializados, pero no puede seguir siendo el único refugio ante la falla de las redes sociales. La salud mental es un derecho, y cuidarla es una responsabilidad compartida. Informar con responsabilidad y visibilizar estas realidades es el primer paso para que nadie tenga que atravesar su dolor –o su desamparo– en soledad”.

En Uruguay, y particularmente en Paysandú, “la problemática de la salud mental nos exige una mirada que combine el rigor médico con la comprensión de nuestra realidad social y geográfica”, comentó.

EL INTERIOR EN DEUDA

Sin embargo, el sistema enfrenta hoy una debilidad estructural: la marcada escasez de psiquiatras en el interior del país. Esta realidad convierte al hospital de Paysandú en un “polo de absorción” que desborda su propia capacidad.

Culela comentó que esta falta de recursos se agrava “cuando el hospital debe actuar, además, como el último refugio ante el desamparo social”. El psiquiatra de guardia “se enfrenta frecuentemente a situaciones de personas en situación de calle o consumo que buscan en el hospital una asistencia que el sistema social no logra proveer de forma integral. Cuando la medicina debe cubrir necesidades básicas de techo y alimentación para garantizar la seguridad de un paciente, el sistema se tensa y se dificulta el abordaje especializado de las patologías psiquiátricas agudas”, agregó.

La salud mental “es un derecho humano, pero su cuidado es una responsabilidad compartida entre el Estado, el sistema médico y la comunidad entera. Solo fortaleciendo nuestras redes locales lograremos que nadie, sin importar donde viva, tenga que atravesar su dolor en soledad”, comentó la doctora.

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