Qué ver Cuerpos ardientes, en HBO Max

Para quienes todavía no entramos de lleno en la tercera edad pero vemos cómo se nos viene encima a pasos agigantados (más a unos que a otros), la década de los ochenta ha pasado a ser el recuerdo de la adolescencia y el definitivo adiós a un mundo de constante evasión y entretenimiento.
Y en ese cambio de un mundo que se transformaba de un tipo de ensueño a una realidad más pura y dura, hubo películas que tuvieron mucho que ver.
La notable Cuerpos ardientes fue una de ellas. En mi caso, de ahí para atrás en la historia del cine, iría descubriendo muchos filmes por el estilo, pero al momento de verla, a fines de los ochenta, fue el descubrimiento de un tipo de tramas en donde el cuentito de los buenos y los malos ya no existía, y donde una apariencia hermosa podía esconder muchas cosas poco recomendables.
De eso no se da cuenta el personaje principal, un abogado interpretado con todo su encanto tranquilo por William Hurt, que se enamora de una manera muy pasional de una para entonces bellísima Kathleen Turner, que encarna a la esposa aburrida de un millonario.
¿Quién no se enamoraría? En aquellos años probablemente no había ninguna mujer más hermosa que la Turner y si a eso le agregamos una voz que invita a los más tórridos placeres y una mirada que traspasaba cualquier intento de decencia que uno tuviera, no había mucho más que decir.
Claro, estamos hablando del personaje de la “mujer fatal”, indispensable en toda trama de “serie negra” o “cine negro”, que se precie de serlo. O sea, de las películas con tramas policiales que se basaron en la verdadera revolución que significó primero en la literatura la aparición de escritores como Dashiell Hammett, Raymond Chandler o James Cain.
La revolución vino por el lado de que esos escritores (y muchos otros) relativizaron todo lo que tenía que ver con la moral en sus novelas. La línea entre el bien y el mal se desdibujó y ya no había un policía o un detective impoluto resolviendo casos imposibles, sino gente mucho más común y corriente a la que le ocurrían cosas que, si nos poníamos a pensar, también nos podían pasar a nosotros.
El caso es que a principios del decenio de los ochenta, el hasta entonces guionista Lawrence Kasdan (venía de escribir nada menos que El imperio contraataca y Los cazadores del arca perdida), decidió pasarse a la dirección con un guión propio y así nació Cuerpos ardientes. Le salió redondita. Todo funciona de la manera medio endemoniada en que funcionan las tramas cuando se trata de la serie negra. Al principio todo se parece a cualquier película erótica de la época, hasta que la historia se empieza a complicar.
Y quizás la mayor virtud, más allá del clima que consigue Kasdan para su filme, es la construcción de los personajes. Porque si bien lo de Kathleen Turner es deslumbrante, no está enfrentada a un tonto, como muchas veces ocurre en este género, sino a un abogado astuto como es aquí William Hurt. Eso hace que todo se aún más tremendo. El tipo sabe que está jugando con fuego, a cierta altura comienza a adelantarse a los acontecimientos y sigue adelante. Es que ante la atracción de la belleza hay un punto de no retorno y aquí se lo rebasa rápidamente.
Lo que pasa después se convirtió en uno de los mejores policiales de su tiempo. Ahora se recuerda como un clásico a Bajos instintos, que tiene armas con que defenderse por supuesto, pero no habría que olvidar que, con más sutileza, algunos años antes Cuerpos ardientes había conseguido la misma sensación de atracción oscura y fascinante.
Fabio Penas Díaz

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