Son las que me contó Gustavo, un amigo profe de Italiano del Ceupa quien a fines de febrero de 2024 comenzó a organizar un viaje a Santa Marguerita, Liguria, Italia, con el fin de realizar un curso para aprender más, en el mes de setiembre.
Al principio era un grupo de unos 20, luego se fueron “bajando”, llegaron a ser 11. Gustavo avisaba a Manuela, la secretaria del Instituto Colombo; siempre había altibajos, se bajaron 2, se incorporaron otros y al final, con la incorporación de Silvia, se completó un grupo de 12.
Todo marchó bien hasta que llegaron a Madrid. Allí tuvieron que esperar un montón de horas para abordar el otro avión a Milán. A las 20, hora de allá, salía este avión. Pero, cuando ya estaban por subir, les avisaron que el avión tenía un desperfecto y debían esperar por otro de repuesto. Eran unas 200 personas en el lugar, la mayoría italianos. Ya sabemos cómo son los italianos, dice Gustavo, empezaron a despotricar.
Recién a las 23 y 15 estaban subiendo al otro avión. Pero entonces surgió otro inconveniente: cuando Silvia iba a subir, le dijeron: No, usted se queda. ¿Qué había pasado? Como ella fue la última en registrarse para ese vuelo, y ya no había lugar, la transfirieron para otro vuelo del día siguiente. Nadie sabía ese detalle, ni siquiera Silvia.
Después de un viaje de 2 horas en un avión viejo, que hacía ruidos raros y despedía olor a combustible, llegaron a Milán, de madrugada. Esperaron horas a Silvia, pero no llegaba. El chofer del bus que habían contratado desde Paysandú, para llevarlos al Instituto, se puso nervioso –característica de los conductores italianos, según mi experiencia–, y dijo: “Yo me voy”.
Así que emprendieron el viaje hacia Santa, como le dicen allá. Llegaron a las 4 de la tarde. Ya habían comido –la comida de bienvenida–, sólo quedaban las botellas y los platos vacíos. Pero la directiva los recibió muy bien.
Otro gran problema que tuvieron que afrontar fue el de la vestimenta. Cuando salieron de Montevideo hacía frío y todos llevaban ropas de abrigo. Pero allá hacía un calor insoportable y ellos, ¡con ropa de invierno! Resulta que las valijas habían quedado en Madrid, cuando se hizo el cambio de avión. Tendrían que esperar 8 días para recuperarlas.
Así que, al día siguiente, ya descansados, salieron temprano a comprar ropa adecuada. Menos mal que algunos habían llevado algo de ropa en su bolso de mano.
Al otro día les hicieron una evaluación y los distribuyeron en tres niveles, así que a partir de ese momento ya no estuvieron juntos todo el tiempo, sino cada uno con su grupo, con otros extranjeros. Se juntaban a la hora del almuerzo, en que preparaban y compartían la comida, y en algunas salidas a los pueblitos cercanos, en grupos chicos. Cada uno tiene sus anécdotas, lástima que ahora no están presentes para compartirlas.
Gustavo tenía interés en llegar al pueblo de sus tatarabuelos, pero no fue posible, aunque queda a sólo 2 horas. No hay bus directo, el terreno es difícil de transitar, y no sabía cómo llegar. Igualmente, quedó muy emocionado por haber estado tan cerca del lugar de sus raíces, y piensa llegar algún día.
Ya en la mitad del curso, todo el grupo viajó a Génova con algunos profes. Allí anduvieron largo rato preocupados porque dos señoras sanduceras se perdieron, por entrar a las tiendas. Al fin aparecieron cuando estaban en la casa de Colón (del abuelo de Colón).
A partir de ese momento se perdieron varias veces, pero ya no les preocupó, porque ellas supieron siempre cómo encontrarse.
Cuando fueron a Rapallo, Gustavo y otros fueron caminando, ellas 2 en bus. Quedaron en la terminal esperando, los demás en el Club de yates, hasta que alguien les dijo que sigan el camino de las palmeras, y se reencontraron.
Un día fueron con todo el grupo a Villa Durazzo, que es un palacio, muy cerca de Santa. Allí actuaba un coro de hombres, Los Alpinos, que cantan canciones con un contenido histórico. Gustavo y Elizabeth –quien es el alma del grupo, sea cual sea el grupo en que se encuentre, es una fantástica persona– tuvieron allí el gran honor de ser los únicos sanduceros en ser elegidos para presentar sendas canciones. Eran 12 canciones, y algunos alumnos del curso fueron elegidos para presentarlas. Tuvieron que subir al escenario, delante de un montón de gente, entre los que estaban el síndico y el cura del lugar, las autoridades de Santa. Un momento memorable y muy emocionante para los dos. Luego de la actuación, Los Alpinos los agasajaron en un recinto todo decorado en el centro de Santa, con comidas típicas y mucho vino.
Algo asombroso: a medianoche, cuando regresaban al Instituto, ¡vieron una familia de jabalíes en el jardín! Destrozaban las plantas, ¡estaban comiendo! Había gente de la comuna mirando, y no hacían nada para ahuyentarlos.
Lo más asombroso fue que al día siguiente Gustavo pasó por ahí y ahí estaban las plantas, con flores, como si no hubiera pasado nada… Los funcionarios habían ordenado todo. Le contaron que los jabalíes suelen llegar en busca de comida, por la noche, cuando no hay ruido y no hay gente. ¡Increíble!
Como las calles son muy angostas, el bus no puede doblar, entonces los deja frente a la playa, allí es la parada. Hay que llegar a pie al Instituto, pero todo está cerca.
La primera vez que fue a la playa, una gaviota volaba sobre su cabeza. Y a partir de ese momento, en cada lugar en que él estaba, siembre había una gaviota cerca, no pudo saber si era la misma.
“Te está acompañando”, le decía Elizabeth. Cuando se despidió del Instituto, dejó el dibujo de una gaviota.
El mar –dice– es realmente impresionante. Algunos anduvieron en barco, cuando volvían de Portofino. Cuando estuve allí, no se podía ir en barco porque el mar estaba picado.
Varias veces todo el grupo festejó cumpleaños, las mujeres tomaban Aperol, una bebida característica de Italia, él tomaba vino.
Vivía comiendo Pizza Margherita y tomando un aperitivo –cuenta–. Y algunas veces, cuando las mujeres se divertían en la cocina, él se iba a deambular, a escuchar algún concierto, que siempre los hay, por ejemplo, de música celta, que es una maravilla.
Visitaron Le Cinque Terre, cinco pueblitos en la montaña, uno al lado del otro, pero distantes. Caminaron por las calles angostas y empedradas, subieron altas escaleras, compraron y comieron en los puestos. En algunos puestos les daban a probar salame, chorizo y luego queso, para amortiguar el sabor fuerte. Compraban y los entregaban envueltos al vacío.
En un momento en que estaba debajo de un árbol, sintió de pronto como un ruido de lluvia y su buzo blanco quedó manchado de pintas violetas y de otros colores; toda la gente lo miraba, con asombro. Había sido un ave que pintó su buzo, quizás era la gaviota, no pudo comprobarlo.
Recorrieron puestos con artesanías de metal, colgantes, referentes al mar, había formas de delfín, ballena, cola de ballena. Le gustó la cola de ballena y dijo: “Me la voy a llevar”. El vendedor, que parece ser una especie de adivino, le dijo: Esa cola tiene un significado, por algo usted recorrió 14.000 kilómetros para comprarla. Por algo la eligió. Le dio una bolsita que contenía una hoja de papel con la historia de la cola de ballena, y dos fideos, tipo mostacholes.
“Léala cuando llegue al Instituto”, le dijo.
Esa historia describe cómo son las personas, de acuerdo a la artesanía que eligen. En el caso de Gustavo, no me dijo si le acertó o no.
Leo en Internet que la cola de ballena significa fuerza, conexión espiritual con el océano, guía, resiliencia y libertad. Representa la capacidad de superar obstáculos y afrontar la vida con valentía, impulsándose como la ballena en el océano, siendo un poderoso amuleto en diversas culturas.
Pregunto a Gustavo qué otra cosa podría agregar, y dice: “Podrías agregar que en mi caso, además de profundizar mis conocimientos de italiano y conocer las costumbres del lugar, significó una experiencia profunda, espiritual… hay que vivirlo para entenderlo. El tema es complejo, difícil de explicar con palabras… pero te puedo decir que allá en Santa Margherita hay algo fuera de los común. Se siente en el ambiente, se siente el hecho de tener las raíces en esta tierra. No es sólo tener el pasaporte, es sentir la sangre italiana en los mínimos detalles”. Pero mucha gente ha viajado a Italia y no siente nada de eso en absoluto, depende de cada persona, cada uno tiene su propia experiencia.
Regresaron todos muy felices, y sumamente entusiasmados, pensando en otro viaje.
Tía Nilda

