Aún tenemos cuerda

Sí, aún seguimos vivitas y coleando, aunque festejamos los 62 años de recibidas, aquel 28 de diciembre de 1963, con un calor terrible y las túnicas almidonadas. Pero no sentíamos el calor, predominaba la emoción del momento. Sí lo sintieron los padres y novios entrajeados.
Esta vez, como otras tantas, hablamos todas al mismo tiempo, pero igualmente nos entendemos. Hablamos de cualquier tema, todo entreverado. Comencé solo con Raquel, porque las otras no habían llegado, hablando del calor y de las corrientes de aire. A mí me daba lo mismo el “aire”, pero ella recordaba lo que le enseñó su madre: rehuir de las corrientes y de los cambios bruscos de temperatura.
La llegada de Marita, la propulsora del grupo, interrumpió nuestras disquisiciones sobre el aire. Poco a poco fueron llegando Marta, Ángela, Alicia y Lila. Tuvimos que agrandar la mesa porque no alcanzaba la que habíamos elegido. Lástima que unas cuantas no pudieron estar presentes, por diversos motivos: enfermedad, visitas imprevistas, larga distancia (viven en Montevideo, algunas), pero todas estamos unidas en el recuerdo y en el “guasáp”.

Marita nos llamó la atención a Alicia y a mí, porque estábamos “secreteando” en la esquina de la mesa. Es que hablábamos de temas personales comunes a las dos. En el otro extremo de la mesa, Raquel charlaba con Marta y Ángela, sobre celulares, los jóvenes y el mal uso de las pantallas.
Me ligué el apodo de “adolescente”, por pillarme en plena comunicación con amigos, ja ja.
Discutimos sobre el azúcar y los alimentos azucarados, algunas no toman bebidas con azúcar. Se habla sobre la diabetes. Marita nos dice que en su casa no se usa el azúcar, aunque su mamá, quien vivió 102 años con muy buena salud y una gran lucidez mental, siempre le ponía 3 cucharadas al café con leche. Porque consideraba que el cerebro necesita azúcar para funcionar bien, para mantener la cabeza clara. Y sí, el cerebro necesita la glucosa, pero en grandes cantidades es muy dañina, eso es lo que se dice ahora. Personalmente pienso que una persona muy activa necesita azúcar para mantener su energía, pero la gasta fácilmente. Marita nos recuerda que tenemos que comer muchas frutas y verduras, para estar bien, siempre recordando a su centenaria madre, quien fue una auténtica feminista, aunque siempre se llevó muy bien con su esposo.

Se habló del cáncer, de las fracturas, que algunas hemos sufrido; de las radiografías que algunos doctores ¡no saben interpretar!
Se habló de la quimio, que nos da miedo…
Con mi oído sordo escuché algo de “streaming”, no entendí a qué se referían. La verdad, no sé qué significa, sólo sé que “stream”, en inglés, quiere decir “corriente de agua”.
Se comenta una vez más sobre los cursos y concursos, sobre el jardín de infantes, el primero en Paysandú, en el cual trabajaron algunas del grupo.
Recordamos con cariño a quienes están enfermas y deseamos que se recuperen pronto. Entre las compas son muy habituales los “paseos” a Comepa (creo que soy una excepción). Pero aunque las arrugas y el deterioro físico siguen su curso, mantenemos el espíritu y las ganas de vivir siempre en alto.
A las 19 y 30, nos llama Susana para transmitirnos el poema de Benedetti “No te rindas”, que viene al pelo para todas. Este poema expresa el sentir de cada una. Sara, Anabella, Susana, Gladys y Graciela, nos envían sus cariñosos saludos.

“No te rindas, aún estás a tiempo/ de alcanzar y comenzar de nuevo/ aceptar tus sombras, enterrar tus miedos/ liberar el lastre, retomar el vuelo./ No te rindas, que la vida es eso/continuar el viaje, perseguir tus sueños/ destrabar el tiempo/ correr los escombros y destapar el cielo./ No te rindas, por favor no cedas/ aunque el frío queme,/ aunque el miedo muerda/ aunque el Sol se esconda y se calle el viento./ Aún hay fuego en tu alma,/ aún hay vida en tus sueños/ Porque cada día es un nuevo comienzo./ Porque esta es la hora y el mejor momento…”
Alicia se queja porque el poema no llegó a su celular. Se lo envío tres veces y nada. Pedí ayuda al mozo, quien se fijó que las noticias estaban desactivadas, por eso no las recibía. Y a mi celular le activó el sonido. “Acá estamos para todo, servir, sacar fotos y arreglar el celular”, dijo el joven. Un genio. A nosotras todavía nos falta mucho para aprender. Siempre hemos explicado bien las cosas a nuestros alumnos, pero ahora necesitamos que nos expliquen bien a nosotras. Porque a veces no entendemos, por fallas del oído ¿o de la entendedera?

Lila mira su foto y dice: ¡Qué horrible! ¡Qué cara de vieja de 80! Pero la veo muy bien, no tiene arrugas, ¡a pesar de sus siete hijos! O tal vez, justamente por eso.
Recordamos nuestro último año de práctica. Se acercaba el final y estábamos muy preocupadas porque nada sabíamos y pedimos ayuda a Chochola; recordamos con mucho cariño su genialidad. Y recordamos en especial a las maestras Nina Carottini y Margarita Teixidor, ¡qué maestras!
Comemos sándwiches calientes y un trozo de torta helada, poca cantidad, como corresponde a gente del ‘43 y ‘44.
Lila está encantada con su nieta que baila ballet. Algunas hablan del básquetbol, del cual son “gustosas”, como diría una amiga.

Ya cuando nos íbamos, Marta y Raquel hablaban del miedo de caerse porque les fallan las piernas o algo así, no pueden pisar bien. Marta contó que se compró un bastón y está encantada, porque viajó a la isla Martín García, y caminó ¡5 horas con ese bastón, sin ningún problema!
El barullo de fondo no deja oír bien, por eso les pido que escuchen, en sus casas, un audio con el poema de Saramago: “¿Que cuántos años tengo? ¡qué importa eso!/ ¡tengo la edad que quiero y siento!/ La edad en que puedo gritar sin miedo lo que siento,/ hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso o lo desconocido/ pues tengo la experiencia de los años vividos/ y la fuerza de la convicción de mis deseos”.
Juntas hemos pasado muchas peripecias cuando éramos estudiantes, pero la vida nos separó y pasamos años sin encontrarnos, estábamos dispersas, sin celulares ni simples teléfonos. Pero fue y es una fiesta cada vez que nos reencontramos. Es muy destacable la unión entre nosotras, a pesar del tiempo y la distancia, y a pesar de las diferencias en la manera de pensar y de ser, la amistad se conserva intacta.
La tía Nilda