En la tranquilidad de Lorenzo Geyres, donde el tiempo parece transitar un poco más lento, Blanca Nieve Piñeiro Lomazzi, quien cumplió 100 años el 1º de febrero, recibió a Quinto Día, para compartir vivencias de su larga vida. La amena charla en su casa evidenció la serenidad propia de quien ha vivido siempre en el campo, así como una memoria que conserva intacta y que sorprende por su claridad. Apenas algunos achaques propios de la edad aparecen en su relato, atravesado por una vida sencilla, de trabajo constante y costumbres que trae con ella desde la infancia.
Según nos contó, su rutina es tranquila. Se levanta sin apuro, a eso de las 8 y pasa los días entre la radio, la televisión y alguna caminata corta dentro de su casa. Reza como lo aprendió de niña, y nos manifestó que esa fe, heredada de su familia, sigue siendo parte central de su vida.
INFANCIA ENTRE CHACRAS Y CABALLOS
“Nací en una chacra de mi abuelo Lomazzi, en lo que es hoy el pueblo Orgoroso”, recordó al comenzar nuestra charla, ubicando el inicio de su historia en el medio del campo. “Cuando mis padres –Andrés y María Teresa– se casaron, mi abuelo le hizo casita ahí”, agregó. Allí creció junto a sus ocho hermanos, en una familia numerosa donde el trabajo era parte de la vida cotidiana.
Su padre trabajaba en tareas rurales y, como ella misma cuenta, los tiempos eran otros: “Papá antes trabajaba en trilla… tenían que ir con el carro a arrimar la cosecha de la máquina y ahora no porque va la máquina”. Entre esos cambios y el crecimiento de la familia, se fueron asentando cerca de la estación Algorta, un punto clave en la zona por el movimiento de trenes en aquellos años del siglo pasado. Desde “ahí salían los trenes para el Anglo, ahí en Algorta embarcaban muchas tropas”, resumió.
La infancia transcurrió siempre en contacto con el campo. “Siempre estábamos en el campo, ayudando a echar animales y todo eso”, resumió. Incluso para ir a la escuela, el paisaje formaba parte del trayecto: “Íbamos a caballo, aunque se podía ir a pie porque estaba bastante cerca, pero íbamos a caballo para ir y volver más rápido”, contó.
LA ESCUELA, LA FAMILIA Y LOS APRENDIZAJES
Sus primeros años de Primaria fueron en una pequeña escuela rural cerca de Paso Guerrero. Luego continuó en Algorta y más tarde, ya adolescente, tuvo la oportunidad de viajar a Montevideo para formarse en un colegio católico. “Cuando ya tenía 16 años, una señora parienta del patrón de papá me llevó a un colegio católico, Santo Domingo y Santa Catalina, estuve 3 años en Montevideo, y aprendí costura y bordado a mano”, señaló.
“Yo fui más al colegio para hacernos la ropa a nosotras”, contó, recordando cómo ese aprendizaje se volvió útil en el día a día familiar. De regreso en el campo, comenzó a coser para su casa y a integrarse nuevamente a la vida rural.
Pero más allá del trabajo, lo que destacó de aquellos años es la vida en familia. “Siempre todos juntos los hermanos, y con papá y mamá siempre nos reuníamos a conversar”, dijo. Y agregó una comparación con el presente: “No era como otros padres de ahora en la actualidad, que no conversan casi con los hijos”.
De aquellos años de su juventud recordó que como en la zona había muchos familiares de la línea paterna, las tareas diarias se alternaban con visitas a los parientes. “Después ya más grandes, hacían fiestas en la escuela”, a las que concurrían también en familia”, agregó.
TRABAJO, MATRIMONIO Y VIDA COMPARTIDA
El matrimonio llegó a los 28 años. Su esposo, Elbio Friederich, también era hombre de campo, y disfrutaba del entretenimiento de la época. “Él siempre decía que hacía leguas a caballo para ir a un baile, porque le encantaba”, comentó.
Juntos formaron una vida marcada por el trabajo. Vivieron cerca de Piedras Coloradas, donde él trabajaba como medianero y ella se ocupaba de la casa, además de ayudar en el tambo. “Iba al tambo a ordeñar… a veces él hacía quesitos”, contó, señalando el esfuerzo compartido que, según cree, le dejó secuelas en las rodillas.
Tuvieron dos hijos y, como muchas familias rurales, hicieron de todo para salir adelante. Más adelante se trasladaron a Santa Kilda, en un campo de Colonización, donde continuaron con la chacra y la producción de leche. “Primero se mandaba a Salto, después a una fábrica en Quebracho, Coleque, que duró pocos años”, indicó.
LOS CAMBIOS Y LA CALMA DEL PRESENTE
Con el paso de los años, la vida los llevó nuevamente a moverse, hasta instalarse definitivamente en Lorenzo Geyres, donde Blanca vive desde hace décadas y donde permanece desde la muerte de su esposo, hace ya 20 años. Eligieron esa localidad para vivir sus días tranquilamente “porque a él le gustó y había familiares; hermanos míos se habían venido acá y mi hijo ya estaba acá”, dijo.
Cuando le preguntamos si imaginó llegar a los 100 años, respondió: “no, nunca… me parece mentira”. Y agregó: “Me parece que tengo 50-60, yo me siento lo más bien”.
Sus días son simples: “Me levanto casi siempre a las 8… tomo café… de repente vengo, miro televisión y salgo para afuera”. Aunque ya no puede leer ni trabajar con las manos como antes, encuentra formas de mantenerse activa dentro de sus posibilidades.
UNA VIDA SENCILLA, UNA RESPUESTA SIN FÓRMULA
Cuando se le pregunta por el secreto de su longevidad, no duda en la sencillez de su respuesta: “Yo no sé por qué será… será porque nos criamos en el campo… la verdad yo siempre fui tranquila en todo, nunca me desesperé”.
La fe también ocupa un lugar importante. “Yo rezo… siempre desde chica… y doy gracias a Dios porque todavía estoy viva”, dijo, con la naturalidad de quien ha sostenido esa práctica durante toda su vida.
“Gracias a Dios estoy con los 2 hijos, siempre estoy en contacto con ellos, y tengo 2 nietos y un bisnieto”, agregó, mostrándose agradecida por la familia que formó y que le expresa su amor.
Cien años y una historia que está hecha de pequeñas rutinas, de trabajo constante, de familia, y de campo. Una vida contada con la misma sencillez con la que fue vivida.


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