Tenemos un problema. En realidad tenemos varios problemas, pero en este caso nos enfocamos en uno en particular, que no es ni más ni menos que el de la violencia que se ha instalado en la sociedad. Reiteradamente hemos puesto al fútbol y a su entorno como un escenario de violencia, es indiscutible, alcanza con ponerse a escuchar en cualquier transmisión de fútbol –sea campeonato uruguayo o por copas internacionales– los cánticos de las hinchadas, principalmente de los equipos grandes, para darse cuenta que está totalmente naturalizada la violencia en ese ámbito. Tristemente, no se queda allí, porque incluso en otros deportes populares, como el básquetbol, pasan cosas similares, aunque en los últimos tiempos se ha dado un fenómeno relacionado con la participación de Peñarol y Nacional en Liga Uruguaya y las hinchadas se hacen sentir “en todas las canchas”, como les gusta decir.
Pero el fenómeno de la violencia no se agota en el fútbol y alrededores. Esta semana que termina vimos en un video morir a una persona tras protagonizar una discusión en el tránsito. No creamos que esto es nuevo, no es de ahora que hay discusiones en el tránsito, ni que alguna se va de las manos y termina de la peor forma. Frecuentemente recordamos el caso del inspector de tránsito de la Intendencia de Montevideo, Luis Alberto Medina, ultimado a balazos simplemente por cumplir su trabajo. Eso ocurrió un 31 de enero del año 2000. De ahí a esta parte han sido múltiples los casos de agresiones contra inspectores de Tránsito en diferentes puntos del país. En el medio hubo un celebrado movimiento, conocido como Chanchos Uy, que se encargaba de visibilizar los lugares donde se estaban haciendo controles, fomentando la evasión. Hoy, con una cantidad de automotores que si no excede la capacidad de las vías de tránsito, se aproxima bastante al límite, especialmente en la Zona Metropolitana, la posibilidad de protagonizar un incidente en el tránsito que termine con un intercambio violento se ha incrementado sustancialmente.
Pero tampoco queda allí la cosa. En las últimas horas ha circulado un video de dos personas tomándose a golpes (o intentándolo, digamos) después de discutir previamente en redes sociales, no viene al caso ponerse con mucho detalle. Pero ocurre que tampoco es un episodio aislado, en una cuenta de Instagram llamada Muertevideo, que publica videos de cosas llamativas que ocurren en Montevideo, es frecuente que aparezcan este tipo de duelos protagonizados por personas en situación de calle que se cruzan con simil sables, posiblemente de fabricación al estilo carcelario, a plena luz del día y muchas veces en cruces muy transitados de la capital del país, montando un espectáculo tan lamentable como triste. Se estima que más de la mitad –53% a 60% según distintas mediciones– de las personas en situación de calle en Montevideo estuvieron privadas de libertad.
Ni que hablar de que tenemos otros problemas relacionados con la violencia. La Federación de Funcionarios de Salud Pública se ha puesto en alerta ante una serie de hechos violentos que se han registrado en diferentes centros asistenciales recientemente. Estos episodios ocurrieron en el Hospital de Durazno, en el Hospital de Juan Lacaze y en el Centro Auxiliar de Vergara, en Treinta y Tres. En este último caso, según informó la FFSP, la usuaria que agredió al personal de salud “ha repetido este tipo de conductas en varias oportunidades, siempre con un nivel de violencia alarmante”, de acuerdo con lo publicado en la web de los Medios Públicos a fines de marzo. En noviembre pasado tuvimos aquí mismo en el Hospital Galán y Rocha un caso de agresión contra una profesional médica que también activó las alarmas. Pero no es que tampoco se limite al ámbito de la Salud. Permanentemente se registran casos de agresiones contra docentes que han motivado paros –medida que ha decidido el sindicato magisterial en sus filiales de Montevideo y Canelones– por la violencia ejercida contra maestras.
El problema es serio. Y tiene también otra gran veta, que aunque ha ganado visibilidad sigue teniendo un grado importante de opacidad, que es la violencia intrafamiliar, que excede la cuestión de género. Aunque es digno reconocer que quienes más han trabajado por exponer esta situación han sido las mujeres, la violencia intrafamiliar se ejerce también de padres a hijos, entre pares –hermanos, por ejemplo– o incluso de hijos a padres, en especial cuando estos últimos están ya en la tercera edad, y por más que no se agota en la violencia física, esta es la cara más visible y mortal del problema.
Pero podemos ir incluso un poco más lejos e incluir en la descripción de violencia a las autoeliminaciones e intentos de, porque no es sorpresa para nadie que nuestro paisito está siempre en las primeras posiciones a escala internacional en esta problemática, sin que se le encuentre –o se le busque– mucha explicación al tema. El colega Leonardo Haberkorn publicó en estos días una columna de opinión el El Observador en el que toma apenas una faceta de este tema. “En 2025, el Centro de Información y Asesoramiento Toxicológico atendió 6.677 llamadas por intentos de suicidio”, planteó, y agregó que “cada día 18 uruguayos intentan matarse ingiriendo alguna sustancia o producto químico, que por lo general es un medicamento”. Esa cifra muestra solo los intentos frustrados y solo por esa vía. Si abrimos un poco el zoom el panorama es desolador.
¿Qué se puede hacer para modificar este panorama? Difícil saberlo, lo que es seguro es que un problema de estas dimensiones y con tantas facetas no se remedia de una generación a otra. Y aunque queda fácil y elegante decir que se requiere de un abordaje desde la educación, tampoco es que esté muy claro qué es lo que hay que empezar a hacer y qué no estamos haciendo.


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