Uruguay enfrenta hoy un escenario de alto riesgo y volatilidad, especialmente en esta coyuntura para los cultivos de invierno, según evaluaron en la sección Rurales de El Telégrafo actores de la producción agrícola. Señalan la repercusión del conflicto en Medio Oriente, que no se limita a los precios del petróleo, sino que involucra una serie de efectos colaterales que configuran un significativo efecto dominó en la economía mundial.
En el país, el abastecimiento de fertilizantes se mantiene operativo, aunque con señales de alerta. “Uruguay hoy no está en crisis de abastecimiento, pero sí enfrenta un escenario de alto riesgo y volatilidad que pasa a formar parte de la ecuación”, han advertido empresarios del sector.
De cara a la siembra de invierno, se ha registrado un adelantamiento en la toma de decisiones por parte de los productores. “Hubo cierre anticipado de negocios, sobre todo entre los productores más organizados, que se adelantaron un mes respecto a lo habitual”, indicaron. Remarcaron, además, que este no es un año para cometer errores en la estrategia de fertilización, dado su impacto en la ecuación final. “No es un año para errar en la compra de fertilizantes”, afirmaron.
La suspensión de exportaciones de fertilizantes por parte de algunos países y el encarecimiento de insumos clave, como el gas y el azufre, están generando un efecto en cadena sobre el mercado. Explicaron que la salida temporal de Rusia del mercado de nitrato de amonio obliga a muchos compradores a migrar hacia la urea, lo que presiona aún más los precios y la disponibilidad. En el caso del fósforo, la situación también es compleja debido a las restricciones de China y al encarecimiento del azufre, insumo esencial para su producción.
A escala global, resulta evidente que el conflicto en Irán impulsa los precios agrícolas y amenaza con sumir a unos 45 millones de personas en la hambruna. En este contexto, la escasez de fertilizantes representa un riesgo existencial, según analistas especializados.
Advierten, por ejemplo, que en Punjab (India) los agricultores han comenzado a entrar en pánico. Esta región, principal zona de producción agrícola del país, ya siente las repercusiones de la guerra en el Golfo, particularmente en cultivos como arroz, trigo y maíz.
A tan solo tres meses del inicio de la temporada de siembra de arroz, el conflicto amenaza con interrumpir el suministro de nutrientes esenciales para los cultivos.
En Estados Unidos, muchos agricultores habían pospuesto la compra de fertilizantes tras el primer ataque de Estados Unidos e Israel a Irán el 28 de febrero, a la espera de una baja en los precios. Sin embargo, ocurrió lo contrario: los valores se dispararon.
Desde que Irán bloqueó el estrecho de Ormuz, una ruta marítima crucial en el Golfo, la atención se ha centrado en el riesgo para el flujo de petróleo. No obstante, se estima que la amenaza a la seguridad alimentaria puede ser igual de grave. Según expertos, el impacto de la guerra en el sistema alimentario mundial podría incluso superar al de la crisis provocada por la invasión de Ucrania en 2022.
Aunque esta situación afecta con mayor gravedad a los países más pobres, cuanto más se prolongue el conflicto, más severa será la crisis alimentaria y mayor el número de personas afectadas.
A diferencia de la crisis de hace cuatro años, inicialmente concentrada en las exportaciones de cereales del mar Negro antes de extenderse a los mercados de energía y fertilizantes, esta vez el impacto alcanza simultáneamente a varios sectores del sistema. Esto se debe a que el golfo Pérsico es clave para los mercados mundiales de fertilizantes: la producción se ha paralizado y los envíos se han interrumpido, reduciendo la oferta y elevando los precios globales.
A su vez, el aumento de los precios del combustible y la electricidad incrementa los costos de transporte, procesamiento y preparación de alimentos.
En Asia y África, el encarecimiento del combustible ha impulsado los precios de los alimentos. Países como Kenia, Somalia, Tanzania y Sudán, especialmente dependientes de fertilizantes transportados por mar, ya sufren sus efectos. En Somalia, los precios de los alimentos básicos han aumentado cerca de un 20 % desde el inicio del conflicto, según el Programa Mundial de Alimentos de la ONU.
Otras regiones se preparan para una posible escasez de cosechas si el conflicto continúa. Países del sur de Asia, como India, Pakistán y Bangladesh, dependen del gas importado del golfo Pérsico para producir fertilizantes.
Incluso los países menos expuestos directamente, como Estados Unidos, sentirán el impacto a través del aumento de precios.
Consultores estiman que, aun si el conflicto se resolviera en cuestión de semanas, la interrupción del suministro de fertilizantes provocaría un aumento de entre 2 % y 4 % interanual en la inflación alimentaria de Estados Unidos. Si los combates se prolongan hasta el verano, el incremento podría alcanzar cifras de dos dígitos.
El comercio mundial de fertilizantes y amoníaco enfrenta una fuerte presión debido al cierre efectivo del estrecho de Ormuz. Un análisis de Rystad Energy para 2025 indica que el 15 % del amoníaco mundial y el 21 % de la urea —fertilizante rico en nitrógeno— dependen de exportadores potencialmente afectados por esta situación. Entre ellos se encuentran Arabia Saudita y Qatar, seguidos por Kuwait, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Irán e Irak. Esta prolongada crisis logística amenaza el ya frágil mercado del amoníaco y la urea, y podría extenderse rápidamente a las cadenas de suministro de alimentos y productos agrícolas, comenzando por los países más expuestos.
Cabe señalar que más de una quinta parte de la urea comercializada por estos exportadores de Oriente Medio incide directamente en el crecimiento de los cultivos. India es el país más expuesto, ya que importa entre el 6 % y el 8 % de los fertilizantes provenientes de esta región. El cierre del estrecho podría traducirse rápidamente en riesgos concretos, como escasez de alimentos, interrupciones en la producción, deterioro de la calidad del agua y otros desafíos globales, dependiendo de la duración del conflicto.
La magnitud de la crisis alimentaria dependerá de si la guerra y sus perturbaciones se prolongan a lo largo de varias temporadas de siembra.
Actualmente, la crisis afecta a los agricultores del hemisferio norte, donde la siembra de primavera ya está en marcha. Sin embargo, cuanto más se extienda el conflicto, mayor será su impacto en el hemisferio sur y, en última instancia, en todo el sistema alimentario mundial. Este escenario debería impulsar tanto al gobierno como a los productores a extremar previsiones, especialmente en la estrategia de fertilización, aun dentro del limitado margen de maniobra que enfrenta el país en términos de precios y dependencia de suministros.


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