Soberanía cognitiva

Para los ojos del mundo Uruguay es un laboratorio de vanguardia digital. Fuimos pioneros con el Plan Ceibal, que entregó una laptop por niño de enseñanza pública y hoy exhibimos con orgullo una historia clínica electrónica que alcanza al 83% de las instituciones de salud del país. No obstante, mientras celebramos estos avances, una pregunta inquietante empieza a filtrarse desde los centros de pensamiento global y los círculos de élite tecnológica como Silicon Valley, en Estados Unidos. La pregunta es sencilla pero su respuesta no lo es: ¿y si la tecnología termina siendo la educación de bajo costo para los sectores vulnerables mientras que el aprendizaje verdaderamente humano se convierte en el nuevo y más exclusivo privilegio de clase?

Un reciente artículo divulgado por el Banco Interamericano de Desarrollo, titulado “La nueva frontera de la desigualdad educativa” plantea la existencia de una educación en dos velocidades. Se trata de una paradoja que nace en el epicentro mismo de la innovación tecnológica. En Palo Alto (California) los mismos gurús que diseñan los algoritmos adictivos de las redes sociales digitales que utilizamos a diario y mantienen a muchos en un scroll infinito, envían sus hijos a escuelas Waldorf de “baja tecnología”. Allí, el lujo no es tener una tablet de última generación, sino aprender a tejer, escribir a mano con tiza sobre pizarrones de madera, sumergirse en los libros de papel.

La lógica de la élite tecnológica --que en muchos casos no deja tocar un celular a sus hijos pequeños-- es clara: el desarrollo cognitivo profundo requiere de interacción humana, del debate cara a cara y de un enfoque sostenido en habilidades blandas que sus propios productos tecnológicos tienden a socavar.
El artículo del BID que comentamos, firmado por María Mercedes Mateo-Berganza Díaz, señala esta paradoja de la educación, ya que mientras los sistemas amplían el uso de la tecnología para cerrar brechas, los entornos más privilegiados priorizan aprendizajes centrados en el desarrollo humano evidenciando así que el desafío no es incorporar tecnología sino diseñar su uso sin comprometer la calidad y la equidad de la educación.

“Cuando se habla sobre tecnología para la educación se piensa en tablets, laptops, robots o plataformas interactivas con las que los chicos aprenden mejor o más rápido habilidades nuevas (codificación) o tradicionales (matemáticas). Planteado así, parece inevitable imaginarse que los estudiantes o escuelas de más altos ingresos sean los que más acceso tienen a este tipo de recursos. Pero ¿qué pasaría si el acceso a la tecnología en los próximos años no sea un privilegio, sino la forma más barata de acceder a los servicios educativos?”, plantea.

“La hipocresía prospera en la Escuela Waldorf de la Península en el corazón de Silicon Valley. Aquí es donde los ejecutivos de Google envían a sus hijos a aprende a tejer, escribir con tiza, practicar palabras jugando con una pelota y fracciones cortando quesadillas y manzanas. No hay pantallas, ni una sola pieza de contenido interactivo, multimedia y educativo. Los niños ni siquiera toman exámenes estandarizados”, agrega un artículo del New York Times sobre el tema.

En contrapartida en América Latina y el Caribe se invierte cada vez más en equipamiento tecnológico y recursos digitales para cerrar la brecha de habilidades en el mercado laboral y la de aprendizajes entre estudiantes de familias de altos y bajos ingresos. Entonces, vale la pena preguntarse si la tecnología podría aumentar la inequidad de habilidades y aprendizajes porque pareciera que el docente que mira a los ojos, conversa, escucha y cuestiona se está volviendo el activo más caro y escaso de la pedagogía moderna.

En un país de tan alta penetración tecnológica como Uruguay deberíamos ser cuidadosos de evitar que en una afán modernizador, terminemos delegando la enseñanza en el algoritmo por una cuestión de costos y de escala, institucionalizando así una nueva brecha social: maestros y libros para los hijos de quienes puedan pagarlos y, quizá, robots y pantallas para los demás.

La preocupación no es solo social, sino que tiene una base neurocientífica que no se puede ignorar e involucra nuestra soberanía cognitiva. El tránsito masivo del acto del leer al scrolling está alterando la arquitectura misma de nuestro pensamiento. Preguntémonos también cómo afecta el mal uso de la inteligencia artificial por el cual se copia y pega el resultado de un chat para la entrega de una tarea domiciliaria, un parcial o, incluso un trabajo de graduación universitaria. Ya no se trata solo de una cuestión de ética, plagio y respeto a las autorías intelectuales sino también de soberanía cognitiva. Este término, sobre el cual se ha comenzado a hablar recientemente no es otra cosa que la capacidad de los individuos y sociedades para pensar por sí mismos, regular su enfoque, mantener la reflexión crítica y preservar la coherencia de su intención en un entorno de excesiva información, datos y algoritmos.

En este escenario el Plan Estratégico Ceibal 2026-2030, que otorga a la inteligencia artificial como un rol en el aprendizaje, nos coloca ante una encrucijada ética. Estamos dando los primeros pasos a la integración de chatbots en la educación primaria y es evidente que la tecnología puede ser un asistente pedagógico formidable para personalizar ejercicios pero nunca debería ser una muleta intelectual que sustituya la frustración necesaria para la formación del criterio propio.

Debemos ser cuidados de aprender y enseñar a pensar en lugar de operar una máquina que piensa por nosotros. Porque la soberanía cognitiva es el prerrequisito de la salud democrática. Un ciudadano que no puede leer en profundidad es más permeable a las noticias falsas y a discursos que apelan a la emoción antes que la razón. Las carencias lectoras afectan la comprensión y la participación, el diálogo, la argumentación, que son vitales en la formación para el ejercicio de la ciudadanía en una sociedad plural, informada y democrática.

En un mundo saturado por desinformación, discursos de odio y algoritmos que alimentan burbujas informativas, el pensamiento crítico es el motor de habilidades que ninguna inteligencia artificial puede simular con éxito, como la imaginación y la conexión de ideas complejas desde la experiencia vivida.
El éxito de la inclusión digital es un hito para Uruguay pero el corazón del sistema debe seguir siendo humano y, en materia de educación, debemos ser cuidadosos en proteger la experiencia humana de enseñar y aprender en un entorno en el que el docente no sea un lujo sino un pilar de cohesión social en un mundo que tiende a la fragmentación.

Defender el papel del libro, la escritura a mano, la presencialidad en el aula no debería ser tema de discusión sino un acuerdo nacional con presupuesto asignado. Los gurús de Silicon Valley buscan que sus hijos tengan el tiempo para pensar y la profundidad para leer, mientras que en Uruguay el 39,6% de los niños en tercer año de primaria se encuentran por debajo del umbral de suficiencia de lectura, según datos de la evaluación Aristas 2023.

Estamos ante una generación que escanea pero no profundiza, que consume ráfagas de información pero no siempre tiene las herramientas para entender la lógica de un texto.

La tecnología seguramente nos ayudará a navegar el futuro, pero el timón debería seguir siendo propiedad exclusiva del intelecto humano para así conservar la soberanía de nuestro pensamiento.
La pregunta ya no es si usamos la tecnología o no sino qué tipo de aprendizaje reservamos para quién y qué aprendizajes consideramos irrenunciables para todos.

Ingresa o suscríbete para leer la noticia completa y todo el contenido del diario.

IngresarPara quienes tienen una suscripción activa o quieren renovarla.SuscribirmePara quienes se suscriben por primera vez.

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo no será publicada.


*