Calificar a DTF St. Louis como una comedia sería a la vez ir muy lejos pero también quedarse corto. Es que esta serie creada y dirigida por Steve Conrad (un realizador de series únicas y alternativas), tiene un planteo que podría dar para la carcajada abierta pero que, conscientemente, propone una mirada tan controlada de sus situaciones y personajes que el resultado es un punto medio entre un drama policial y una comedia de enredos.
Claro que esto de decir “punto medio” para tratar de explicar las complicadas relaciones de un trío amoroso con asesinato incluido, mientras se descubren las también extrañas costumbres sexuales de sus personajes, es también una definición que no se ajusta del todo.
Lo que ocurre es que si una característica tiene DTF St. Louis, es que no se parece a ninguna otra serie que pueda verse en la actual oferta de las plataformas. Jason Bateman es un meteorólogo y David Harbour un especialista en lenguaje de señas. Cubriendo un temporal tremendo para la televisión se conocen, se hacen amigos y el meteorólogo le propone al simpatiquísimo intérprete para sordos anotarse en una aplicación DTF, que es para hombres y mujeres casados algo aburridos de su matrimonio.
Pero la cuestión es que los dos están bastante aburridos y Bateman termina acostándose con la esposa de Harbour, una bellísimamente madura Linda Cardellini, y Harbour, bueno, espera encontrar a alguien en la aplicación. Con ese punto de arranque las complicaciones posteriores y la muerte de uno de ellos dan para que Conrad diseccione a la clase media norteamericana sacando los trapitos al sol no solo del sexo, sino de ciertos sentimientos que los hacen, precisamente, humanos, para bien y para mal.
De tal análisis no se salvan ni los dos investigadores que aparecen para resolver el asesinato interpretados también de manera brillante por Richard Jenkins (cuándo no) y la menos conocida pero igualmente excelente Joy Sunday. Si eso le parece poco, hay otro personaje que encarna Peter Sarsgaard, que es también un placer para cualquier espectador que disfrute de una actuación a la vez graciosa y llena de humanidad.
En fin, el elenco se luce con ganas, pero tan importante como eso es el tono totalmente inesperado que le da el creador Conrad a la historia. Cuando todo parece que tiene que hacernos reír, nos topamos con una densidad dramática en la que la risa se corta con una emoción contenida que, en vez de estallar, se ve atravesada por la intriga policial.
Una jugada arriesgada sin dudas, que Conrad no deja de proponer serie tres serie (es el mismo de Patriota, donde se cruzaba la política, el espionaje y el musical, y de Ultra City Smiths, en la que se contaba una investigación pero con muñecos en stop-motion) y que tal vez no encuentre fácilmente un público masivo, pero que seguramente tendrá su “culto” en el futuro y su justicia cuando, con el tiempo, se recuerde y recomiende a DTF St. Louis como una serie imprescindible.
Ahora bien, lo que se propone termine en un producto atractivo y atrapante en vez de en un embrollo imposible, es lo más cerca de un milagro que se puede ver hoy en la pantalla chica.
Fabio Penas Díaz



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