Envejecer en tiempos de inteligencia artificial

Cada vez más personas sienten que el mundo comenzó a moverse demasiado rápido. No se trata solamente de una percepción subjetiva o de una nostalgia por otros tiempos. Basta intentar sacar hora en una mutualista, realizar un trámite bancario, utilizar una aplicación de transporte o incluso hablar con una persona real al otro lado del teléfono para comprender que buena parte de la vida cotidiana ya está mediada por sistemas digitales que presuponen determinadas habilidades tecnológicas.

En pocos años, acciones simples pasaron a requerir contraseñas, validaciones biométricas, aplicaciones móviles, códigos enviados por mensaje, menús automatizados y plataformas digitales que cambian constantemente. En ese contexto, muchas personas mayores pueden experimentar una sensación silenciosa pero persistente: la de estar quedando afuera de un mundo diseñado para otros.

La llegada masiva de la inteligencia artificial profundiza aún más este escenario. Mientras empresas, gobiernos y medios presentan la IA como símbolo de progreso inevitable, comienzan a aparecer preguntas incómodas sobre quiénes pueden realmente participar de esta nueva era tecnológica y quiénes corren el riesgo de ser excluidos.

El problema no es simplemente que algunas personas mayores “no entiendan la tecnología”, pues esa mirada simplifica demasiado una situación que es en realidad mucho más compleja. La verdadera discusión pasa por preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando prácticamente todos los aspectos de la vida dependen de sistemas digitales diseñados bajo una lógica de velocidad, automatización e inmediatez. ¿Es este un paradigma que nos contemple a todos?
Diversos investigadores vienen advirtiendo sobre la aparición de una nueva forma de discriminación: el edadismo digital. Este concepto se refiere a los prejuicios, barreras y exclusiones que enfrentan las personas mayores en entornos tecnológicos.

A veces aparece de forma explícita, como cuando se asume automáticamente que una persona mayor será incapaz de aprender a utilizar nuevas herramientas. Pero en muchas ocasiones se manifiesta de manera más sutil: interfaces poco accesibles, eliminación de atención presencial, sistemas complejos diseñados sin considerar las necesidades cognitivas o sensoriales del envejecimiento, o incluso algoritmos entrenados con escasa representación de personas mayores.

Debemos tomar en cuenta que la inteligencia artificial está lejos de funcionar como un mecanismo completamente objetivo. Los algoritmos aprenden utilizando enormes volúmenes de información generados por sociedades atravesadas por desigualdades y prejuicios previos. Cuando las personas mayores aparecen poco representadas en esos datos, o son representadas mediante estereotipos simplificadores sobre la vejez, los sistemas automatizados pueden terminar reforzando prácticas discriminatorias vinculadas a la edad.

La situación se vuelve especialmente preocupante cuando pensamos que muchas empresas e instituciones están eliminando progresivamente las mediaciones humanas. Para muchas personas mayores, esto no implica solamente una dificultad operativa. Implica también una experiencia emocional. Vergüenza al pedir ayuda, miedo a equivocarse, ansiedad frente a dispositivos desconocidos, dependencia de familiares para realizar acciones básicas e incluso temor a ser engañados.

En Uruguay, así como en buena parte del mundo, las estafas digitales dirigidas a personas mayores aumentaron considerablemente en los últimos años. Mensajes falsos de bancos, suplantaciones de identidad, fraudes mediante WhatsApp o llamadas automatizadas forman parte de una realidad cada vez más frecuente. La inteligencia artificial agrega además nuevos desafíos, como los deepfakes o la clonación de voces, herramientas capaces de generar imágenes o audios falsos extremadamente convincentes.

Mientras se exige a las personas mayores adaptarse rápidamente a tecnologías cada vez más complejas, muchas veces se las responsabiliza individualmente cuando no logran hacerlo. Se habla de “resistencia al cambio” o de “falta de interés”, invisibilizando factores sociales mucho más profundos.
La brecha digital no es solamente un problema técnico. Es también una cuestión económica, educativa, cultural y subjetiva. No todas las personas envejecen en las mismas condiciones. Acceso a dispositivos, conectividad, trayectoria educativa, redes de apoyo y oportunidades de aprendizaje influyen enormemente en las posibilidades de apropiarse de nuevas tecnologías.

Además, suele olvidarse que buena parte de las personas mayores actuales atravesaron transformaciones tecnológicas gigantescas a lo largo de su vida. Son generaciones que vieron aparecer la televisión, la informática doméstica, internet, los teléfonos celulares y ahora la inteligencia artificial. El problema no es la incapacidad para aprender, sino la velocidad brutal con que las tecnologías cambian y la forma en que muchas instituciones trasladan toda la responsabilidad de adaptación a los usuarios.
En este punto, aparece una contradicción llamativa. Vivimos en sociedades que exaltan la autonomía, el envejecimiento activo y la participación social de las personas mayores, pero simultáneamente construyen entornos cada vez menos accesibles para ellas.

En numerosos discursos públicos se insiste en que las personas mayores deben “mantenerse actualizadas”, “modernizarse” o “no quedarse atrás”. Sin embargo, pocas veces se discute si las propias tecnologías están siendo diseñadas desde criterios inclusivos.

El problema no es únicamente aprender a usar herramientas digitales. También importa cómo esas herramientas reorganizan los vínculos humanos. Muchas personas mayores describen que la digitalización creciente genera una sensación de deshumanización. Ya no hay alguien que explique, que espere, que tenga paciencia o que acompañe. En muchos casos, la interacción se reduce a pantallas y respuestas automatizadas.
En este escenario aparece además una nueva forma de inseguridad vinculada al envejecimiento. Si durante mucho tiempo los temores estuvieron centrados en el deterioro físico o la dependencia, hoy comienza a instalarse también la preocupación por no poder seguir el ritmo de una sociedad crecientemente digitalizada.

No se trata solamente de no entender una aplicación. Se trata de perder capacidad de participación social en una sociedad donde gran parte de la vida ocurre digitalmente. Comunicarse con familiares, acceder a información, realizar compras, gestionar documentos, solicitar atención médica o incluso participar políticamente depende cada vez más de habilidades tecnológicas.

Sin embargo, reducir la relación entre vejez y tecnología únicamente a exclusión sería injusto. Existen también múltiples experiencias positivas de apropiación digital por parte de personas mayores. Talleres de alfabetización tecnológica, espacios comunitarios y programas intergeneracionales muestran que cuando existe acompañamiento y accesibilidad, muchas personas mayores desarrollan vínculos creativos y enriquecedores con la tecnología.

Durante la pandemia esto se hizo particularmente visible. Miles de personas mayores aprendieron a utilizar videollamadas, redes sociales y plataformas digitales para sostener vínculos afectivos en un contexto de aislamiento. Para muchos, la tecnología no fue un enemigo, sino una herramienta fundamental para combatir la soledad.

Algo similar comienza a ocurrir con la inteligencia artificial. Algunas personas mayores ya utilizan asistentes virtuales para buscar información, escribir textos, organizar tareas o incluso estimular procesos cognitivos. La IA podría convertirse en una herramienta enormemente valiosa para promover autonomía y participación social en la vejez.

Pero para que eso ocurra, es imprescindible abandonar miradas paternalistas o estigmatizantes. Las personas mayores no pueden ser pensadas únicamente como sujetos vulnerables frente a la tecnología. También son ciudadanos con derecho a participar activamente en el diseño, evaluación y discusión ética de estos sistemas.

El desafío no pasa solamente por enseñar a las personas mayores a adaptarse a la tecnología, sino también por exigir que la tecnología se adapte a la diversidad humana.

Quizás una de las preguntas más importantes sea qué entendemos hoy por progreso. Si el avance tecnológico implica dejar atrás a quienes no logran seguir el ritmo impuesto por el mercado digital, entonces tal vez el problema no sea la vejez, sino el modelo de sociedad que estamos construyendo.
En tiempos de inteligencia artificial, la inclusión no debería medirse únicamente por la capacidad de innovar, sino también por la capacidad de no abandonar a nadie en el camino.

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo no será publicada.


*