Sí, de acuerdo, no es una polémica nueva la de los pronosticados meteorológicos y sus márgenes de acierto o desacierto. También es cierto que, por más que se ha avanzado muchísimo en lo que llevamos de este siglo XXI, la Meteorología sigue sin ser una ciencia exacta, por el contrario, ligeras variaciones pueden modificar algún fenómeno que se veía venir en las aplicaciones o en las páginas web de servicios satelitales con días de antelación, aunque claro, esos servicios tienen la posibilidad de ir “acomodando el cuerpo” a medida que se acerca el evento, a diferencia de un servicio como Inumet, que se maneja con lapsos más cortos.
Decía, no es una polémica que empezó ahora, es más, podríamos referir al 23 de agosto de 2005 como una fecha que cambió las referencias para la meteorología nacional, ese día, esa noche, ocurrió uno de los eventos más dañinos que se recuerde —tal vez con el tornado de Dolores y, para nosotros, la turbonada que afectó buena parte de Paysandú el 11 de julio de 2022— y nos encontramos con pronósticos que diferían en cuanto a la dimensión y la duración del temporal.
Esa noche hubo meteorólogos ganadores y perdedores, y desde esa noche esa parece ser la lógica. Pero hay algo indiscutible. Las advertencias y las alertas meteorológicas, de las que depende la activación de determinados protocolos de actuación, las emite en Uruguay el Instituto Uruguayo de Meteorología. No hay discusión en eso. Y sin embargo ocurrió recientemente, en vísperas del 1º de mayo, que el Cecoed departamental de Salto publicó en sus canales digitales un aviso por tormentas fuertes. Solos ellos, sin que alguna otra fuente los acompañase, ni Inumet ni algún otro servicio.
“Inumet informa que durante la mañana y tarde de este viernes 1º de mayo se prevé la ocurrencia de tormentas fuertes con rachas de viento fuerte asociadas a tormentas en el norte del país. Solicitamos extremar precauciones”, decía el aviso. Mientras tanto el pronóstico oficial anunciaba la posibilidad de lluvias, pero nada sobre eventos extremos.
Más allá de esta situación puntual, que pudo originarse tal vez en un malentendido o en un error de procedimiento, y que ocasionó preocupación en la población del vecino departamento, la polémica entre los pronosticadores viene de lejos.
Tuvo un pico de visibilidad cuando el por entonces prosecretario de Presidencia de la República, Juan Andrés Roballo, en el año 2016, realizó comentarios sobre el rol de los meteorólogos privados que cayeron mal. “El pronóstico, que es opinable, cualquiera de nosotros lo puede hacer y difundir. Incluso hay una cooperación importante entre el sector privado y el público que ayuda mucho, aunque el órgano oficial sea el Instituto Uruguayo de Meteorología (Inumet)”, explicaba Roballo en una entrevista colectiva en Torre Ejecutiva. “Otra cosa diferente son las alertas (amarilla, naranja y roja) que refieren a la posibilidad de que acontezcan determinados fenómenos que pueden hacer peligrar la integridad física de las personas y sus bienes. Ese es el elemento central al que nos referimos en las últimas horas”, puntualizó. “Como las alertas se basan en pronósticos, puede haber algún error, pero no se puede relativizar una alerta que da el organismo oficial, porque las personas toman sus decisiones en función de ella”, agregó. La expresión que empleó Roballo en ese momento, y que fue tomada a mal por los meteorólogos “no oficiales” fue de “cortar” con las relativizaciones sobre las alertas oficiales. Ahora bien. Han pasado ya diez años desde aquellos comentarios de Roballo, y de un tiempo a esta parte han aparecido numerosas cuentas en redes sociales que tienen a la meteorología, al clima y al pronóstico del tiempo como objeto en torno al cual generar su contenido. Hay muy buenos servicios. Hay muy buenos aportes de aficionados, han aparecido “caza tormentas” que aportan frecuentemente material gráfico y audiovisual sobre determinados fenómenos. Y ha aparecido más de un “asusta-abuelas” —a quienes no les daremos el gusto de difundirles—, para quienes la estrategia se basa en andar lanzando avisos trágicos y premonitorizando calamidades que la mayoría de las veces terminan no cumpliéndose.
Su propósito no es dar un aviso oportuno para que las personas puedan poner a resguardo su vida, su salud, así como la de mascotas y de bienes personales, sino, por el contrario, el de captar “tráfico” hacia sus cuentas con estas clarividencias apocalípticas carentes de respaldo. Porque claro, es entendible, si un pronóstico habla de lluvias y tormentas aisladas, llamará menos la atención de quien vaya por un aviso de posibles vientos fuertes y granizo destructivo, aunque el margen para que ello ocurra sea ínfimo, es decir, tomar la posibilidad más tremendista y no la que más posibilidad tenga de ocurrir con el propósito de llamar la atención y hacer crecer las visualizaciones. Y frente a eso debe trabajar un servicio meteorológico que no se puede permitir equivocarse. Tanto no se lo puede permitir, que se ha tomado por uso que Inumet tras un evento meteorológico, haga una especie de balance sobre el anuncio que realizó con antelación. Un proceder que no tiene demasiado sentido, en la medida que se convoca para informar sobre un evento que ya ocurrió. En todo caso sería mucho más productivo que se convocase a los medios previo a un pronóstico de un evento fuera de lo normal, que los hemos tenido también recientemente. Otra cosa es la política “a prueba de fallas” de Inumet, por la que las advertencias se actualizan prácticamente “en tiempo real”. No tiene demasiado sentido que se actualicen de una hora para otra de Amarilla a Naranja, cuando los protocolos que se activan requieren de una coordinación muy grande entre los sistemas de respuesta a la emergencia —no entramos, exprofeso, en consideraciones respecto al tema de las faltas en escuelas y liceos—. Desde este punto de vista sería mejor que las advertencias se realizasen con una mayor antelación, por más que se emite siempre un aviso con determinado margen de anticipación.
También es claro que no se puede dejar conforme a todo el mundo, pero de poco sirve saber que estamos en alerta naranja si entre cuando se declara y cuando el fenómeno del que se alerta efectivamente se produce, no hay tiempo necesario para tomar los recaudos del caso.


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