Nilda Aguilar tiene 63 años, dos hijos, cinco nietos y una vida atravesada por el trabajo, el esfuerzo y la perseverancia. Nació en Quebracho, vivió un tiempo en Paysandú y fue en Piedras Coloradas donde formó su familia y escribió gran parte de su historia. Trabajó durante años en el sector forestal, entre montes, podas, hachas y largas jornadas lejos de sus hijos. Hoy, lejos de quedarse quieta, lleva adelante un emprendimiento que nació en pandemia y que ya tiene marca propia. En el Día de la Madre, compartió un testimonio marcado por el amor, los desafíos y la convicción de que los sueños se alcanzan trabajando sin bajar los brazos.
UNA VIDA ENTRE MONTES Y SACRIFICIOS
La historia de Nilda Aguilar está hecha de trabajo, de manos curtidas y una voluntad inquebrantable. Cuando se casó y se trasladó a Piedras Coloradas junto a su esposo, comenzó una etapa donde el esfuerzo cotidiano se volvió un estilo de vida para sacar adelante a la familia.

Mientras él trabajaba en la forestal, ella realizaba tareas de forestación en una empresa contratista junto a cuadrillas de mujeres que se adentraban en el monte para hacer distintos trabajos. Las jornadas eran intensas y exigentes.
“Hacíamos poda, quemábamos todo lo que quedaba de desecho de los montes luego que los talaban y dejábamos limpio todo ese campo. También hacíamos cepa; vos entrabas a un monte y tenía como racimos de seis o siete árboles, entonces teníamos que dejar solamente dos y voltear todo lo demás, pero lo hacíamos con hacha”, recordó.
En aquellas cuadrillas trabajaban entre diez y doce mujeres. Más adelante también participó en tareas de plantación y vivero, hasta que finalmente logró ingresar al aserradero de Forestal Caja Bancaria, donde permaneció durante 13 años.
“Apilaba según la medida de la madera y trabajé muchos años ahí. Entre medio iban creciendo mis hijos”, contó.
Natalia, su hija mayor, hoy tiene 44 años. Isaías, el menor, 36. Ambos crecieron viendo a sus padres esforzarse para que nunca les faltara lo esencial.

EL MAYOR DESAFÍO: DEJARLOS
Al recordar aquellos años, Nilda admitió que lo que más le pesaba era irse a trabajar sin saber cómo estaban sus hijos. “Lo más desafiante de todo eso era dejarlos. Yo sabía que estaban bien cuidados, bien atendidos, pero en aquella época no teníamos teléfono celular. Vos te ibas todo el día al monte y no sabías si tu hijo estaba con fiebre, si le dolía algo, no sabías nada hasta que regresabas”, contó.
Sin embargo también reconoció que nunca estuvo sola. Habló con profundo agradecimiento de quienes aparecieron en su camino y la ayudaron en los momentos más difíciles, tales como la vecina que cuidaba de su hija durante el día, también la abuela que cuidó de su hijo, donde residían en ese momento, su hermana Karina que la apoyó cuando estudiaban, entre otras personas solidarias.
“Siempre tuve muy buena gente al lado que me dio una mano con mis hijos”, aseguró.
Pero además del trabajo diario, había un objetivo que guiaba cada sacrificio: que sus hijos pudieran estudiar y tener oportunidades que ella no tuvo.
“Yo decía: no quiero esta vida para mis hijos. No quiero que tengan que trabajar muchísimo para ganar un jornal y pasar lo que nosotros pasamos”.
En este sentido, refirió a aquellos tiempos en los que las condiciones laborales eran muy diferentes a las actuales. “En aquella época no había tanta seguridad en el trabajo. Íbamos en la zorra con los pies colgando. Después fuimos exigiendo seguridad, pero supimos andar en tractores y zorras dentro de los montes”.
Aquella experiencia reforzó aún más su deseo de que Natalia e Isaías pudieran construir otro futuro.
EL GRAN ESFUERZO PARA QUE ESTUDIARAN
Los hijos de Nilda hicieron la escuela y parte del liceo en Piedras Coloradas. Pero llegado cierto punto, continuar estudiando supuso nuevos desafíos.
Primero fue su hija quien tuvo que trasladarse a Paysandú para seguir estudiando, y luego se fue a Montevideo para cursar Psicología. Después llegó el turno de Isaías.

“Fue otro desapego. Montevideo era una ciudad grande, donde no conocés a nadie. Fue muy difícil”, admitió.
Detrás de cada paso había cuentas para pagar, alquileres, comida, viajes y muchísimo esfuerzo familiar. Nilda y su esposo trabajaban toda la semana y además buscaban changas o tareas extra durante sábados y domingos para sostener los gastos.
“Si llovía, cuando veníamos del trabajo, yo amasaba tortas fritas y mi esposo salía puerta por puerta a vender”, contó.
También recordó con emoción la ayuda desinteresada de personas que hicieron más liviano el camino. Uno de los jefes de la empresa donde trabajaban vivía en Montevideo por lo que viajaba frecuentemente y se ofrecía a llevar cajas con comida para sus hijos.
“Yo cocinaba todo el jueves y el viernes él levantaba la caja y se la dejaba en la puerta. Por eso yo le doy gracias a Dios por la gente que puso en nuestro camino, fue gente muy importante para nosotros”, subrayó.
Con el tiempo, ambos hijos lograron recibirse y construir su propio futuro. Natalia continuó especializándose y hoy trabaja como psicóloga y sexóloga clínica en Canelones. Isaías, es dibujante técnico, técnico en construcción y técnico topógrafo, y trabaja en lo que estudió. Ambos formaron su propia familia.

Consultada sobre cuál es el momento más significativo o feliz que recuerda con sus hijos, respondió: “Me viene a la mente cuando ellos regresaban en vacaciones y podíamos sentarnos a la mesa, contar anécdotas, reírnos; que los podíamos abrazar, besar y comer juntos. Pero también, otro momento que recuerdo fue cuando ellos se recibieron. Lo que lloramos agradeciéndole a Dios por las oportunidades que nos dio y también por la responsabilidad de ellos. Pusieron todo de sí para que no quedara por el camino el esfuerzo nuestro”.
VALORES QUE VIENEN DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN
Cuando habla de su madre, Nilda rescata muchas de las enseñanzas que marcaron su vida. “La enseñanza que mi mamá me dejó fue el amor por sobre todas las cosas, la perseverancia. Ella tenía mucha fuerza, mucho empuje. Siempre decía: ‘vos podés, dale que lo vas a lograr’”.
Esas palabras la acompañaron durante años y fueron también las que eligió transmitirles a sus hijos.
“Yo confié mucho en que íbamos a lograrlo, que íbamos a poder. Entonces trabajamos, trabajamos y trabajamos”.
Para ella, la familia, la contención y el respeto siguen siendo pilares fundamentales. Y en este Día de la Madre, dejó un mensaje tan sencillo como poderoso: “Que abracen mucho, que amen mucho a sus hijos, pero que también los incomoden un poquito y les digan que lo pueden lograr. A veces dicen ‘no tengo, no puedo’, pero sí que se puede. Siempre hay algo para hacer”.

UN ESPÍRITU QUE NUNCA SE QUEDA QUIETO
Aunque hoy podría elegir descansar después de tantos años de trabajo, Nilda sigue apostando a nuevos desafíos. Durante la pandemia encontró una nueva pasión: la marroquinería.
Había comenzado a estudiar en la Escuela de Artesanía de Paysandú cuando llegó el encierro. Pero lejos de detenerse, decidió transformar aquel momento en una oportunidad.
“Le dije a mi esposo: no podemos quedarnos encerrados sin hacer nada”.
Así comenzaron a fabricar cintos, carteras y monederos desde su casa. Primero fueron unas pocas piezas. Después llegaron las ferias, las capacitaciones, el apoyo de instituciones y el crecimiento de un emprendimiento que hoy tiene identidad propia.
La marca se llama ENNI, un nombre construido con las iniciales de la familia: Elbio, Nilda, Natalia e Isaías.
“Hoy puedo decir con orgullo que tengo una marca registrada”, contó emocionada.
Actualmente participa en ferias y desfiles, incluso en eventos de Punta del Este donde modelos lucen sus diseños.
“Las chicas desfilan con mis carteras, mis cintos y todo lo que puedo hacer. Me siento muy orgullosa”.
La historia de Nilda es como la de tantas mujeres del interior que construyeron familias enteras desde el sacrificio silencioso, pero también la de una madre que nunca dejó de creer en el futuro, y que hoy sigue creando, aprendiendo y soñando.
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