Hay una teoría fascinante en este departamento: la realidad es un detalle menor frente a la necesidad de inaugurar cosas. No importa dónde, cómo ni para qué. Lo importante es cortar la cinta. Después, bueno… después vemos. Siempre después vemos.
Porque si hay algo que define esta gestión es la coherencia… sí, coherencia absoluta en hacer todo al revés.
Arranquemos por esa obra maestra de la planificación estratégica: una residencia estudiantil millonaria plantada en zona inundable. No una zona “eventualmente complicada”, no. Una zona donde el río, con una puntualidad casi británica, ha demostrado durante 26 años que cuando quiere, entra. Pero claro, el río tiene un defecto gravísimo: no vota. Entonces no se lo consulta.
Total, cuando el agua llegue y el edificio quede aislado como una isla del absurdo, siempre habrá una explicación técnica, un powerpoint, o mejor aún: silencio. Que es el idioma oficial de esta época.
Pero no nos quedemos ahí, porque esto es una saga.
Hace días se inauguró una obra nueva. Flamante. Reluciente. Impecable… durante exactamente lo que tardó en llover. Porque sí, se llovió toda. Una metáfora tan perfecta que da hasta pudor explicarla: obras que nacen viejas, soluciones que ya vienen con fecha de vencimiento, gestión pensada para la foto y no para la primera tormenta.
Después aparece la intervención en 18 de Julio, esa joya del urbanismo moderno donde el problema era, aparentemente, que había demasiado estacionamiento. Treinta y cuatro lugares menos. Porque claro, los comerciantes estaban incómodos con tanta facilidad para sus clientes. Había que complicarles un poco la vida, darles emoción. Y los árboles… ah, los árboles. Esos que en cinco años van a dar sombra. Espectacular. Una política pensada para el 2031 aplicada en el 2026, mientras hoy la gente da vueltas como trompo buscando dónde parar. Pero tranquilos, en cinco años van a poder estacionar… a la sombra de lo que hoy es un palito.
Visión de futuro, le dicen.
Después vienen los “senderos del río”. Vendidos como un proyecto paisajístico. Prometidos como un cambio estético. Ejecutados como… bueno, como yuyos desordenados con presupuesto. Porque gastar se gasta. Eso nunca falla. El problema es ese detalle menor: saber qué hacer con la plata.
Y mientras tanto, la joya de la corona: calles que se arreglan más veces que excusas se dan. Diez intervenciones en menos de un año. Diez. Es decir, no es que no se hace nada… se hace todo el tiempo lo mismo, pero mal. Es el eterno retorno del bache.
Parche sobre parche, gasto sobre gasto, y el contribuyente financiando esta especie de experimento social donde la pregunta es cuánto aguanta la paciencia antes de convertirse en hartazgo.
Pero ojo, que esto no es solo obra pública. No. También está el “modo avión” institucional.
Cuando aparece un caso incómodo, cuando un nombre propio empieza a hacer ruido, cuando la política debería hacer lo único que se le pide –explicar–… silencio. Un silencio quirúrgico. Profesional. Casi admirable en su disciplina.
Renuncias por “motivos personales”, amigos que dejan de ser tema, respuestas que no llegan, otras que se esconden en links como si fueran huevos de Pascua. Y dirigentes con miles de votos que, a la hora de hablar, descubren una vocación mística por el mutismo.
Pero claro… hablar implica hacerse cargo. Y eso ya es otra obra. Y esa, evidentemente, no está en carpeta.
Y si faltaba algo para completar el cuadro, aparece la ocupación de veredas. Años. Años de ilegalidad visible, cotidiana, descarada. Directores que pasan, explicaciones que cambian, responsabilidades que se patean como pelota pinchada… y el resultado siempre igual: nadie hace nada.
Cuatro nombres, cuatro cargos, cuatro oportunidades… y cero soluciones.
Entonces ya no es torpeza. No es descoordinación. No es casualidad.
Es decisión.
Decisión de no molestar a algunos. Decisión de mirar para otro lado. Decisión de que el ciudadano se arregle, que baje a la calle, que esquive autos, que pague y que no pregunte demasiado.
Porque acá el patrón se repite con una precisión admirable: se improvisa en las obras, se dilapida en los recursos, se calla en los problemas y se desaparece en las responsabilidades. Y mientras tanto, el contribuyente –ese personaje secundario que financia toda esta película– sigue cumpliendo. Pagando. Esperando. Bancando.
Hasta que deje de hacerlo.
Porque hay algo que ni la mejor estrategia de silencio puede tapar: cuando todo se hace mal, cuando nada cierra, cuando la realidad contradice el discurso… la paciencia no se estira más.
Se corta.
Y ese día, no va a haber árbol que dé sombra, ni sendero que disimule, ni discurso que alcance.
Porque el problema nunca fue el río, ni la lluvia, ni los yuyos.
El problema es mucho más simple.
Acá hace rato que dejaron de pensar.
Ing. Agrim. David Doti


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