(Por Horacio R. Brum. Rotterdam, Holanda)
Digan lo que digan Trump y Milei, el cambio climático se nota y se sufre fuertemente en la primavera europea. Cuando este corresponsal llegó a la ciudad holandesa de Rotterdam, uno de los puertos más importantes del continente y del mundo, la temperatura ambiente se acercaba mucho a la de los peores veranos sanduceros. En el centro, la sensación térmica alcanzó los 40 grados, tal vez por la falta de árboles, el exceso de superficies de cemento y adoquines y la abundancia de edificios recubiertos de vidrio. En casi toda Europa del Norte, la estación primaveral se ha convertido en el más duro de los veranos, que las urbes y los habitantes poco están preparados para soportar. Sin embargo, la severidad o el alivio de las condiciones climáticas parecen tener relación con el diseño de las ciudades, como se pudo comprobar en el viaje entre Bremen, en Alemania, y Rotterdam.
Al igual que casi todas las ciudades alemanas, durante la Segunda Guerra Mundial, Bremen fue virtualmente arrasada por los bombardeos aéreos de las fuerzas británicas y estadounidenses, pero en la recuperación de la posguerra se reconstruyeron desde los escombros todos los edificios del paisaje urbano que dan un sentido de identidad a los habitantes. La catedral, el palacio municipal, la sede de la asociación de comerciantes y otras construcciones de varios siglos de antigüedad lucen hoy como cuando Bremen era una integrante poderosa de la Liga Hanseática, la unión de ciudades comerciales que dominó el tráfico de mercancías en la Europa del Norte hasta en siglo XVII. En la plaza de la catedral continúa funcionando un mercado donde se venden desde flores hasta todo tipo de alimentos, tal como sucedió antaño, y el centro histórico sigue estando delimitado por los fosos de las antiguas murallas, cuyos márgenes son un parque rico en árboles y canteros con flores aromáticas. A un costado del Ayuntamiento, en 1953 se erigió la escultura de Los Músicos de la Ciudad, compuesta por un burro, un perro, un gato y un gallo, que recuerda el cuento infantil según el cual esos animales vinieron a Bremen para escapar de la crueldad de sus amos. No lejos de allí, detrás del edificio del parlamento regional (Bremen mantiene su condición política de ciudad hanseática, bajo la cual es un estado federal de Alemania) hay otra estatua muy colorida, que es la versión alternativa de aquel monumento. La nueva sede parlamentaria se inauguró en 1966, después de un intenso debate ciudadano sobre su estilo, que determinó que la altura no superara la de ninguno de los edificios antiguos cercanos y la fachada acristalada reflejara a éstos.
Más allá del perímetro de los fosos-parques se extiende la ciudad moderna, donde igualmente hay espacios verdes importantes, como el extenso Bürgerpark de 200 hectáreas, con varias lagunas y fuentes decorativas. Al haberse conservado en muchas áreas centrales el trazado de los siglos anteriores, las calles estrechas y sinuosas dan protección en invierno de los vientos fríos y la nieve y ahora proporcionan algún alivio de la agresión de las temperaturas inusualmente altas causadas por el cambio climático. Lo contrario sucede en Rotterdam, donde en la posguerra se decidió no recuperar lo antiguo y los arquitectos tuvieron las manos libres para implementar las ideas promovidas desde la década de 1920 por el profeta de la arquitectura moderna, el suizo-francés Charles-Édouard Jeanneret-Gris, más conocido como Le Corbusier, quien definía a las casas como “máquinas de vivir”. Brasilia, obra del arquitecto Oscar Niemeyer y el arquitecto-urbanista Lúcio Costa, es el mayor ejemplo mundial de la concreción de esas ideas, pero lo que impresiona al visitante es el divorcio entre las necesidades de la vida diaria de la gente y la monumentalidad de las construcciones.
En 1940, la aviación de Hitler destruyó el puerto y la zona central de Rotterdam; tras la ocupación alemana, la Real Fuerza Aérea británica y la Fuerza Aérea de Estados Unidos realizaron más de 120 ataques, que completaron la destrucción y, en lo que hoy se definen como “daños colaterales”, causaron más muertes civiles que el bombardeo alemán. Ese hecho permaneció al margen de la historia oficial y sólo en 1993 se inauguró cerca de los viejos muelles, hoy reconvertidos a zonas habitacionales, el monumento al Bombardeo Olvidado. Incluso bajo el dominio alemán, las autoridades municipales comenzaron a planificar la reconstrucción, que el arquitecto jefe del proyecto orientó hacia recuperar la identidad urbana destruida por la guerra. Sin embargo, este profesional renunció por diferencias de criterio respecto de lo recuperable y la falta de materiales; una vez terminado el conflicto mundial, su sucesor decidió dejar atrás el pasado y librar el centro al trabajo de los profesionales de la arquitectura moderna. Hasta la iglesia de San Lorenzo, una joya medieval y símbolo de la ciudad, cuya estructura externa había sobrevivido, estuvo a punto de caer bajo la piqueta y fue salvada por la intervención directa de la reina Guillermina, la bisabuela del monarca actual (Guillermo Alejandro, casado con la argentina Máxima Zorreguieta).
Rotterdam, “no será acogedora, pero ahora preferimos ver una fila de brillantes automóviles antes que un carruaje con damas ancianas y nos sentimos más en casa en una tienda de vidrio y espejos que en un pequeño comercio… Rotterdam será nuestra ciudad, la ciudad del hombre del siglo veinte”, escribió un crítico de arquitectura, cuando comenzaba a tomar forma la ciudad del presente. Su primera frase se aplica bien a la impresión que genera la zona céntrica al viajero, más aun si hay que soportar allí los calores de esta temporada.
En Beursplein, la calle de la Bolsa que es el eje principal del área, hay una sucesión de torres sin uniformidad de alturas, a lo largo de una peatonal que ofrece poca sombra y comienza en un bulevar donde se debe estar muy atento al tránsito incesante de autos y tranvías, además de las bicicletas. Los ciclistas han recibido en toda Europa del Norte la acolada de defensores del medio ambiente y circulan casi sin restricciones, para molestia y peligro de los peatones.
En la esquina de Beursplein con el bulevar Coolsingel se levanta un edificio que, por la escasez de aberturas, se parece a los búnkeres que servían de refugios y plataformas de artillería antiaérea durante la guerra mundial. Sólo las vidrieras de la entrada denotan que se trata de la tienda de departamentos Bijenkorf, construida en la década de 1950. Como una muestra de la subordinación del urbanismo a los caprichos de los arquitectos, al frente hay una alta escultura, que fue puesta allí para cumplir nominalmente con la norma de alineamiento de las fachadas, la cual el autor de la tienda se negaba a cumplir.
Bremen tiene su Markplatz (plaza del mercado) frente a la catedral; los grandes mercados al aire libre o bajo techo, donde se puede comprar todo tipo de alimentos o comer especialidades locales, son característicos de muchas ciudades europeas y puntos de reunión de los habitantes, además de atractivos turísticos. Tal vez, Rotterdam lo tuvo alguna vez, pero su Markthal es hoy un gigantesco arco que contiene apartamentos y en su corredor central hay varias filas de restaurantes y puestos de comida al paso, entre los que predominan los platos “étnicos”, como se suele llamar en Europa a todo lo que no integra la dieta regular, ya sean tacos mexicanos, arepas venezolanas o curry de la India. Como tantas otras edificaciones, el Markthal –diseñado por el estudio local Mvrdv–, está desconectado de su entorno y rodeado por superficies que aumentan la fuerza de las reverberaciones solares.
Fuera del área central, el Museumpark contiguo al Museo de Bellas Artes proporciona algún respiro de la canícula, aunque las áreas verdes están interrumpidas por superficies de cemento y otra creación arquitectónica, el Depósito del Museo, está compuesta por cientos de paneles espejados, que cubren su forma de olla (“la tetera”, lo llaman popularmente), de 40 metros de alto. Al extremo sur del parque se levanta la galería de exposiciones temporales Kunsthal, un conjunto de volúmenes que parecen tener entre ellos la misma desconexión de formas y estilos de que adolecen muchos edificios del centro. “Materiales y elementos constructivos han sido juntados sin ninguna intención de reconciliarlos”, dice en tono elogioso respecto de esta obra una guía de la ciudad. La Kunsthal es uno de los varios proyectos concretados en Rotterdam por el estudio OMA, que elaboró un Plan Maestro o Masterplan de desarrollo de la costa para la intendencia de Paysandú.
A 40 kilómetros del centro y directamente a orillas del mar, en Maasvlakte, se está haciendo un extenso delta artificial del río Mosa, que será el puerto más moderno de Rotterdam, apto para recibir buques de 300 metros de eslora. Así se completa un proceso que abrió las antiguas instalaciones portuarias a su reemplazo por viviendas y espacios culturales y de socialización. El problema es que, como ocurrió en Londres, Bilbao o Barcelona, el cambio provocó el desplazamiento de los antiguos habitantes, que ya no pueden pagar los alquileres, con las consiguientes alteraciones del tejido social.
“Mantengan a Rotterdam fea”, es una página digital de Instagram que refleja el orgullo de muchos habitantes por un urbanismo caótico, que la hace parecer moderna y audaz frente a las otras ciudades que se recuperaron de la guerra aferrándose a la tradición. Además, si de romper convenciones se trata, quien se tome una cerveza o coma al aire libre en la peatonal Oude Binnenweg podrá ver a un enorme Papá Noel de bronce ennegrecido, que tiene en una mano una campanilla y en la otra, un juguete sexual…



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