En este momento, en que la fábrica de Ancap está “tecleando”, me surge el recuerdo de la maestra Magdalena, mi maestra de quinto y sexto año en la Escuela número 13, de Nuevo Paysandú. En los años cincuenta, la escuela estaba en su nuevo local, construido por Ancap, y allí iban los hijos de los trabajadores de la fábrica.
En esa época, la escuela era el polo principal que convocaba a todo el pueblo, todos los vecinos formaban una hermosa comunidad, en la cual Magdalena tenía una gran influencia por su espíritu entusiasta y progresista de maestra de vocación, dedicada con alma y vida a su función educadora. Continuamente estimulaba a padres y vecinos para hacer cada día mejor la escuela y la comunidad.
Cada vez que se necesitaba algo para la escuela, ella solicitaba colaboración al jefe de Ancap, quien inmediatamente concurría a la escuela y se interesaba por el problema del momento. Enviaba a sus técnicos, por ejemplo, para la construcción de un galpón. Los padres y los integrantes de la comisión realizaban la mano de obra. Eran todos, o casi todos, trabajadores de la fábrica.
Cuando se necesitó un sillón para que la dentista de la fábrica trabajara en la escuela, Ancap lo proporcionó, pero faltaban otros implementos, entonces ella solicitó donaciones a personas pudientes, por ejemplo, un doctor. Pero la Comisión Fomento no se quedaba atrás, organizaba eventos para conseguir el dinero necesario. ¡Una comunidad realmente increíble!
Magdalena era una maestra que ponía el alma en cada cosa que hacía.
Se ocupaba del bienestar de cada uno de los alumnos, de los familiares y de todos los pobladores del lugar. Por eso todos la estimaban y por eso, quienes aún viven en el pueblo, la recuerdan con cariño.
Según consta en el Libro Diario de la Escuela, un domingo se reunió con algunos padres para formar la Comisión Fomento. A ella no le preocupaba ni el día ni la hora, estaba siempre al pie del cañón.
Tenía una vaca en la escuela, su esposo iba todos los días a ordeñar cuando la vaca tenía leche. Supongo que de allí se obtenía la leche para el comedor, del que se ocupaba Ancap.
Siempre sonriente, siempre animosa, siempre estimulante. Si lo sabré yo, que era una niña sumamente tímida y mi padre no quería enviarme al liceo. Aunque Magdalena también rezongaba con los alumnos que no hacían las cosas bien, que por suerte eran muy pocos. Nada escapaba a su ojo avizor.
En el año 1940, la directora María Esther Mussio, que se jubilaba, le pasó la dirección de la escuela, según consta en el Libro Diario. Ella tenía 23 años y firmaba Magdalena Banquero. A los pocos años se casó con Víctor Viacava, y comenzó a firmar Magdalena B de Viacava. Se nota que no era feminista. A propósito de su apellido, hace poco se suscitó una polémica. Se puso su nombre a una calle del pueblo y una maestra ya mayor, me dijo que para ella no era Banquero con q, sino con ch. Comencé a investigar con otras maestras y personas que fueron sus alumnos, averigüé en la Intendencia y había divergencia de opiniones.
Finalmente, encontré un escrito que me dedicó cuando terminaba sexto año. Decía Banquero, aunque su padre era Banchero. Problema de pronunciación y de antepasados italianos.
Era la época del Paysandú industrial y la escuela tenía todas las comodidades del momento. Agua de un pozo semisurgente, me gustó la palabra, aunque nunca supe cómo funcionaba. Se plantaban árboles frutales y forestales, había huerta y jardín. Mi padre fue uno de los que hacían el jardín. Había clases de costura, bordado, carpintería, clases de música y gimnasia. Hubo un tiempo en que los alumnos cortaban el pasto y trabajaban en la huerta. Había Comisión de Exalumnos, que se ocupaba de la biblioteca, de prestar libros. Había desarrollo social, cosa que ahora está “tambaleante”. Los caseros, el señor Sotelo, Carolina y su hijita, eran negros, y nadie, absolutamente nadie se fijaba en el color de la piel.
Todos los queríamos y los respetábamos.
Recuerdo que fue Magdalena quien nos hizo sentir el gusto por la lectura de Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Juan Ramón Jiménez. Leíamos El cántaro fresco y Platero y yo, el famoso burrito, y poemas de Gabriela. Era muy frecuente que nos pusiera como título de redacción (ahora se llama producción de texto): “El día de hoy”. Un horrible título, pero escribíamos maravillosamente. Recuerdo que yo les copiaba algunas palabras a quienes eran mucho mejores para redactar y sacaba palabras de las novelas que leía (que eran prestadas para mi madre). Pero a cambio les corregía las faltas de ortografía.
Nos dictaba los problemas y jugábamos a quién los resolvía primero.
Cuando se estrenó el equipo de parlantes y micrófono, Magdalena me pidió que hiciera un escrito al inspector Héctor Ferrari y lo leyera, para inaugurar el micrófono. Ahí estrené la palabra “mutua”, refiriéndome a la amistad.
Invitó a Abel Carlevaro para dar un concierto en la escuela, a un coro de ciegos, a los marinos mercantes chinos del barco petrolero, una exalumna habló en inglés con ellos.
Si algún niño tenía un accidente, lo llevaba personalmente al médico o al hospital en la ambulancia de Ancap.
Por desgracia, el día en que a la escuela se le puso el nombre “República Argentina”, en plena dictadura, no fue invitada. Estuvo presente, pero escondida, recuerdo que fui a saludarla. Una gran injusticia.
Para terminar este recordatorio, transcribo las palabras que me escribió al finalizar la primaria, y que conservo como un tesoro: “Dice Gabriela Mistral, en su Oración de la Maestra: ‘Señor, aligérame la mano en el castigo y suavízamela más en la caricia’. Creo que contigo siempre fui suave, siempre tuve palabras afectuosas, porque eres tú de esas niñas que están dispuestas a ser hoy, mejor que ayer, y mañana, mejor que hoy. Sigue así y triunfarás. Con cariño, tu maestra Magdalena Banquero de Viacava”.
Repito lo del título; una maestra excepcional.
La tía Nilda


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