Durante unos cuantos años de trabajo le rehuí a las ciencias “experimentales”, porque no me sentía capacitada para “investigar”. No tenía suficiente formación, eso pensaba; la fui adquiriendo a lo largo de los años, enseñando y aprendiendo. Hacía lo mínimo que pedía el programa, que no era muy explícito. (Era un programa para los estudiantes magisteriales).
Hacíamos observaciones y constatábamos algunos fenómenos físicos, como, por ejemplo, observar la imagen de la cara o de un paisaje reflejados en una superficie curva, cóncava o convexa, y divertirnos con las imágenes invertidas, agrandadas, o muy pequeñas: observar con lupa, cómo podemos quemar un papel o usar un vaso de vidrio con agua, para producir un arcoíris. Colocar el germinador dentro de una caja cerrada, con un pequeño orificio por donde entra la luz, para ver el efecto de la falta de luz.
Pero no había mucha creatividad en esas observaciones.
En un armario de la Escuela de Algorta había ácidos, sulfúrico y nítrico; nunca supe cómo utilizarlos. Solo recuerdo que el nítrico produjo un agujero en la madera del armario.
Recuerdo ahora un hecho inolvidable: todos los practicantes en un sexto año, una compa tenía que hacer un experimento para obtener hidrógeno, que es muy inflamable. La solución de ácido sulfúrico y cloruro de potasio, no recuerdo bien; el tubo de ensayo se calentaba cada vez más, parecía que iba a explotar, usamos repasadores para enfriar, pero no había caso. Hubo que suspender el experimento. ¡Qué manera de reírnos! Esto sí que fue un experimento que nadie se animó a repetir. (Para eso era el ácido sulfúrico).
Fue la maestra y amiga Alba de los Santos quien me instruyó en el “arte” de experimentar, y me apoyé en el Manual de la Unesco para la enseñanza de las ciencias, un libro muy, muy bueno. Con esos mentores, llegué a ser una especie de “enciclopedia”, según algunas compas, que recurrían siempre a mí cuando se trataba de ciencias. Un día, Ana mandó a preguntarme cuál es el fruto de la papa y respondí: sé mucha cosa, pero todavía no me recibí de enciclopedia.
“Nosotras te vamos a dar el título”, me respondió Elena, que estaba con Ana en el tema. Yo no tenía idea. Tuve que reforzar mi espíritu curioso e investigador. Probamos enterrar varios “ojos” de papa en un cajoncito, y al tiempo teníamos los tubérculos (tallos). Pero sobre la flor y el fruto, averigüé un tiempo después, leyendo: las flores son blancas y chiquitas y de ellas salen los frutos, unas bayas pequeñas de color verde amarillento (papas de semilla). No había compu ni celu en ese entonces.
Siempre hubo niños “bicheros”, como Josué y Estefanía. Josué apareció un día con un sapo. Lo observamos y, cuando terminó la clase, lo dejamos en una sapera, sin tapa. Al día siguiente había desaparecido, claro, la sapera no tenía suficiente agua. Lo volvimos a ver un tiempo después, en el pasto. ¡Pero vaya a saber si era el mismo!
Años antes alguien llevó un cururú. Quisimos meterlo en un frasco de boca ancha para observarlo, pero se infló tanto que no entró en el frasco. Lo pusimos en un balde negro y lo íbamos pasando entre las filas. De pronto dio un gran salto y escapó. Gran alboroto se armó en la clase. Y chau observación.
Otro día, Estefanía llevó un caracol muy raro, con tres tentáculos; lo pusimos en una pecera sobre una piedra. Observamos que emitía un tubo (el tercer “tentáculo”), que llegaba hasta la superficie y luego se hundía. Alba nos explicó que era un sifón para obtener aire, algo así como el periscopio de un submarino. ¡Increíble naturaleza!
Con un sexto año estudiamos la fermentación, observamos las levaduras al microscopio, vimos cómo se multiplican velozmente, elaboramos panecillos con ayuda del señor Capote, panadero y padre, controlamos la temperatura y el volumen durante la fermentación. Obtuvimos “vinetas” con cáscaras de distintos frutos, azúcar y agua, en botellas al sol. Se sintió el olor del alcohol, pero ningún padre permitió probarlo…
En la feria del Club de Ciencias, año 1999, la clase de sexto presentó un destilador casero, construido con un recipiente de lata muy antiguo, traído desde Europa por la maestra María Luisa Pons, hacía muchos años, al que un vecino le agregó pico y mango.
Le adaptamos un tubo transparente de manguera, que desembocaba en un tubo de ensayo. Calentamos vino en esa caldera cerrada herméticamente, observamos que el punto de ebullición son los 78 grados Celsius, colocábamos paños mojados rodeando el tubo, y obteníamos alcohol en un recipiente de vidrio; lo verificamos por el olor y usando un fósforo vimos la llama. Nos dieron una mención a la habilidad. Es que tenía alumnos muy creativos y habilidosos.
En el tiempo en que quien escribe nada sabía, tuvimos renacuajos y viejas del agua en una pecera hecha con una caja de batería y plantas acuáticas. Creo que las viejas se comieron los renacuajos, porque quedó solo una hermosa ranita. Resulta que en las vacaciones de invierno la dejamos en arena, ¡sin agua!, durmiendo. Cuando volvimos estaba esquelética, ¡y muerta! No sabíamos que las ranas necesitan tener la piel húmeda, aunque estén hibernando.
Un día, en otro tiempo, falté a la escuela para asistir a una clase con Elba Bertone, maestra que trabajaba en la Unesco, en ciencias. Le pregunté por qué explota el pororó cuando lo calentamos. ¡No me respondió nada concreto! Supongo, hasta el día de hoy nadie me lo confirmó, que el grano tiene aire adentro, el cual se expande con el calor, choca con las “paredes” del grano y produce la explosión, a la vez que sale a través del hilio, el agujerito por donde sale también el embrión, cuando germina. Pero eso es pura hipótesis personal.
Olvidaba el experimento del volcán. Siguiendo las instrucciones de un libro de la escuela, mezclamos bicarbonato con vinagre y agua en distintos vasos. Vimos que la temperatura aumentaba rápidamente, sin calentar; pasaba de 20 grados a 100, se producía una “lava” y se desprendía dióxido de carbono, como en un volcán. El problema fue que algunos niños usaron vasos de plástico y se derritieron por el calor, con la consiguiente furia de la directora, pues eran vasos del comedor.
Aprendimos que ese dióxido de carbono apaga una llama, y en eso se basan los extintores cuando no se puede usar agua, en la parte eléctrica.
En todo este aprendizaje siempre colaboraron padres y abuelos.
Concluyendo: nadie puede saberlo todo, aunque quiera. Siempre tenemos algo nuevo para aprender, al mismo tiempo que enseñamos. La gente anciana, aunque ni siquiera haya ido a la escuela, tiene mucha “ciencia” para enseñar y tenemos que aprovecharla, niños y maestros.
La tía Nilda


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