“No hay historia de piratas/que tenga un final feliz/ni ellos ni la censura/lo podían permitir/por la espalda en una esquina/gente a sueldo los asesina”. (“Una de piratas”, Joan Manuel Serrat, mayo de 1981).
Pero el pirata de Serrat no es de “la vida real”, es una mirada “con un punto de desfachatez y simpatía que les hacen muy del agrado… los reales carecen de escrúpulos, son egoístas y pendencieros…”
Los reales se parecen a otra categoría, más de blanco y negro, donde los piratas se caracterizaron como seres bárbaros que hicieron de los siete mares su territorio salvaje, sangriento, atemorizando para hacer de su “marketing del saqueo y de la muerte” un arma psicológica real con la que intimidaban a las demás tripulaciones y saqueaban los navíos.
Fuera de radar
En los años previos a los arrebatos que terminan con el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, y al ascenso de la vicepresidenta Delcy Rodríguez a la jefatura de gobierno tutelada, no hay especial interés en ella.
Lo más personal referido a Delcy fue una “sanción” colectiva por la que Estados Unidos les prohibió el ingreso al país a varios funcionarios. Aun así, toda comunicación se refería al “régimen de Maduro” en términos generales.
Entre los años 2021 y 2023, a Trump, más que el socialismo del siglo XXI, lo desvelaban los tribunales. En 2024, en una suerte de segunda pantalla, existía un entramado de decisiones, sanciones y discursos sobre el “régimen de Maduro” dentro del cual Delcy era una figura fuerte, pero invisibilizada en la retórica trumpista. No era blanco preferente.
Saliendo del anonimato
En 2015 y 2016, Trump es todavía candidato y apela en sus referencias a América Latina a palabras como migración, crimen y “socialismo”, que como amenaza o como descalificación eran de aplicación genérica. Delcy, ya canciller y vocera del chavismo, no es objeto de construcción discursiva negativa en la campaña de Trump. El foco está en Maduro como emblema del “fracaso socialista” y en Cuba como símbolo histórico; Venezuela funciona como caso, no como elenco de personajes.
Una vez que Trump asume la presidencia, se consolida la arquitectura de sanciones contra Venezuela. Más allá de su mención en algunos listados negativos, la comunicación política de Trump seguía insistiendo en un set reducido de recursos: “Maduro”, “dictadura”, “régimen”, “socialismo” y “crisis humanitaria”. La lógica era clara y apostaba a un desgaste lento y sostenido de Maduro, ayudado por los errores propios del régimen. Delcy no era incluida en el discurso de Trump.
En 2024, la figura de Delcy gana protagonismo, pero no se registra un giro en la retórica de Trump que la incorpore como objeto de valoración. Delcy permanece como actor relevante en la realidad, pero marginal en la construcción discursiva trumpista.
La ausencia de referencias a Delcy entre 2015 y 2024 no es un vacío casual, sino el resultado de tres decisiones estructurales: primero, la personalización del conflicto en Maduro como figura única, que concentra la carga moral y política del “régimen”; segundo, la externalización de la gestión de sanciones y listados de funcionarios al aparato burocrático, para simplificar la labor de Trump; tercero, la preponderancia de la agenda interna en la comunicación de Trump, que simplifica las narrativas complejas sobre actores extranjeros secundarios.
Cuando en 2026 aparecen, según las fuentes actuales, elogios, referencias directas y una narrativa de cooperación hacia Delcy, lo que se observa es la continuidad funcional de la obsecuencia y un doble quiebre institucional: la figura antes tratada como parte anónima del “régimen” pasa a ser revalorizada en el discurso, lo que refuerza la idea de que Delcy fue una reserva del repertorio simbólico de Trump.
Traición o “sálvese quien pueda”
La política “pirata” de Trump es un concepto que consiste en la apropiación estratégica de recursos ajenos bajo cobertura jurídica mínima, legitimación por narrativa de “interés nacional” y desplazamiento de los costos hacia terceros.
Trump ha anunciado que “acordó” “el control mayoritario” de más de 65.000 millones de barriles de reservas probadas, sin costo para los contribuyentes estadounidenses, y lo presenta como “el mayor acuerdo petrolero de la historia mundial”, fraseología muy propia de sus anuncios grandilocuentes antes de transformarlos en fracasos. Ahora se trata de una anexión económica, del control de reservas que no son suyas, en una “alianza” con el sector privado y con la “presidenta interina” Delcy Rodríguez. El lenguaje es revelador: control, mayoría, duplicación de reservas estadounidenses, reducción futura del precio de la gasolina. Es la “revolución” energética de la doctrina Trump sobre un recurso estratégico que ahora dispone a su albedrío.
El ascenso de Rodríguez es el punto de inflexión para este diseño “jurídico”. Delcy pasa de ser una figura sancionada y marginal en el discurso trumpista durante una década, a convertirse en la pieza institucional que permite a Washington justificar la apropiación de las reservas. Su reposicionamiento como “presidenta interina” constituye la llave jurídica que permite a Trump presentar el acuerdo como legítimo, negociado con una autoridad reconocida por Estados Unidos. El comunicado oficial refiere a Delcy como “la muy respetada presidenta interina”, y la ubica como contraparte soberana que valida la transferencia, el acto de piratería más grande que jamás haya sufrido Venezuela.
El acuerdo petrolero es, entonces, la convergencia de ambas dinámicas: la política pirata de Trump y la reconfiguración del poder venezolano, con un viso de legitimidad. Dicho de otro modo: el acuerdo no surge de cero, sino de un proceso de tutelaje progresivo sobre el sector petrolero venezolano. Y con su conducta, Delcy disfraza ese tutelaje de propiedad efectiva.
El acto de piratería se desarrolló en tres actos: primero, la injerencia directa del Departamento de Estado y del Departamento de Guerra; segundo, la extracción por parte de empresas privadas estadounidenses; tercero, el manejo de las exportaciones de crudo venezolano por parte de Washington.
Una de piratas
La esencia pirata del acuerdo está expuesta con claridad y contundencia en la propia información oficial. Textualmente: “la operación no tendrá costo para los contribuyentes estadounidenses”. O sea, a cuenta de Venezuela. La narrativa, a diferencia de otras veces, fue más cuidada, intentando simular la apropiación como un acto de convenio oficial.
En su nuevo rol, Delcy es instrumental: su obsecuencia da apariencia voluntaria a un acuerdo que es la materialización de un acto viciado para controlar las reservas venezolanas como si fueran propias, duplicando su stock energético y reduciendo su vulnerabilidad interna.
Tan bien le ha ido a Trump con Delcy que, en la emoción, llegó a decir: “Miren a Venezuela: qué bien está funcionando todo allí. Nos está yendo de maravilla en Venezuela con el petróleo y con la relación entre la presidenta electa y nosotros; y tal vez encontraremos a alguien así en Irán”.


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