La poca aprobación que recibe el presidente Yamandú Orsi por su errática gestión, e incluso los altos niveles de desaprobación que genera entre la población en general y los votantes frenteamplistas en particular, es algo que se ha consolidado como una tendencia que el propio partido de gobierno reconoce lejos de la prensa. “Y todavía faltan más de tres años” es una reflexión que se hacen los votantes de Orsi mientras miran el reloj intentando que el tiempo pase rápido y que sea el 1° de marzo de 2030, fecha en la cual el actual mandatario finalizará su deslucido mandato. El pasado 25 de agosto (fecha en la cual los uruguayos festejan el Día de la Declaratoria de la Independencia, pero en la cual los frenteamplistas prefieren festejar el “Día del Comité de Base”) el partido de gobierno realizó grandes esfuerzos por movilizar a una militancia desmotivada, envejecida, somnolienta y defraudada por un presidente que no da la talla.
Lo cierto es que en el gobierno nacional cada día aumentan los cuestionamientos que los propios ministros frenteamplistas que integran el Poder Ejecutivo dirigen hacia quien fue electo por votación para presidirlo. A pesar de que a ninguno de los ministros lo vota la gente y que, por lo tanto, no representan a nadie, en los últimos meses los secretarios de Estado han salido a “marcarle la cancha” a Orsi y a demostrar que le han perdido el respeto institucional mínimo que deberían tenerle. Este comportamiento es inédito en nuestro país desde el retorno de la democracia en 1985, y resulta imposible pensar que alguno de los expresidentes de ese período (pensemos, por ejemplo, en Julio María Sanguinetti, Luis Lacalle Pou o Tabaré Vázquez) se dejara atropellar por quienes deberían estar preocupados por justificar la confianza que Orsi les depositó, en lugar de operar políticamente en su contra. Lamentablemente, los ejemplos sobran.
Juan Castillo (ministro de Trabajo y Seguridad Social) e integrante de la superpoderosa e intocable “casta” sindical que dirige nuestro gobierno, se ha cansado de atacar a Orsi.
En mayo de 2026, Castillo criticó públicamente al presidente Orsi por visitar el portaaviones “USS Nimitz” de Estados Unidos. En esa ocasión dijo que “no le gustó” la visita y que contradecía “el discurso del país en contra de las guerras y a favor de la soberanía”. Al mes siguiente, Castillo opinó que la presencia de camionetas del Ejército patrullando las calles no daba una buena imagen a la sociedad. Tan grande es la debilidad política de Orsi que, para justificar a Castillo, dijo simplemente que los ministros tienen la libertad de pensar por sí mismos. Al parecer no se trata solo de libertad para opinar, sino también de libertad para faltarle el respeto al presidente.
A tal punto llegó la tensión entre Orsi y Castillo que, de acuerdo con lo informado por el periodista Andrés Danza en el semanario Búsqueda, “la posibilidad de que Orsi le pidiera la renuncia a Castillo recorrió las principales oficinas del gobierno; algunos de los jerarcas más allegados al presidente consideraban que había que ‘marcar la cancha’ y que para eso era necesario cambiar al ministro de Trabajo”.
Al final, Orsi “se fue al mazo”, y la “mojada de oreja” que Castillo le hizo al máximo jerarca del país le salió gratis. Quedó en evidencia que al menos en el Frente Amplio, ni el presidente puede con el poder de la “casta” sindical. Por algo hasta los fiscales archivan expedientes o niegan pruebas cuando alguno de los superpoderosos dirigentes sindicales es acusado de algo. Que la Fiscalía General de la Nación (FGN) está totalmente flechada en Uruguay para favorecer al Frente Amplio no es ninguna novedad, pero no hay que olvidar que esa “mano de ayuda” que dan los fiscales incluye también a los dirigentes de un aparato sindical que mueve millones de dólares al mes sin ninguna clase de transparencia ni control. Nadie se anima a meterse con la “patota sindical”. Sin embargo, en un gesto de curiosa sinceridad, el pasado 25 de agosto el ministro Castillo reconoció, refiriéndose al gobierno nacional y a su fuerza política, que “todas las encuestas marcan que venimos perdiendo popularidad, que la gente no quiere a Yamandú, que el FA viene cayendo”.
Ese mismo “Día del Comité de Base”, como le dicen los frenteamplistas al 25 de Agosto, Castillo dobló su apuesta contra el presidente Orsi y sugirió que las negociaciones que ha tenido que llevar adelante el Frente Amplio para lograr la mayoría parlamentaria para aprobar el proyecto de Ley de Rendición de Cuentas no son tan transparentes, siendo claro al expresar que “conseguir dos votos ahora te va costando embajadas y vaya a saber cuántas cosas que no se ven”. Ante esta frase (gravísima desde el punto de vista institucional), cabe preguntarse a qué embajadas se refiere Castillo. ¿Acaso a la embajadora uruguaya en Portugal, Carolina Ache, que gana 15.851 dólares por mes?
Aun así, la segunda parte de la declaración de Castillo es lo más preocupante. ¿A qué se refiere cuando dijo “y vaya a saber cuántas cosas que no se ven”? ¿Qué otros nombramientos o concesiones hizo el gobierno de Orsi para lograr los votos de Cabildo Abierto? ¿A qué legisladores o dirigentes incluye esa acusación velada de Castillo? ¿Qué partidos políticos o instituciones están involucrados en este esquema? No hay que forzar mucho la imaginación para darse cuenta de que Castillo se estaba refiriendo a la compra de votos de legisladores, una situación ética, moral y penalmente censurable. Si el Frente Amplio, el presidente Orsi o ambos incurrieron en actos de corrupción para lograr los votos mencionados, Castillo tiene la obligación legal de denunciarlos. Si no lo hace, es cómplice de todos esos “tejes y manejes”, aunque tire la piedra y esconda la mano.
Así las cosas, Uruguay tiene un presidente que, más allá de sus condiciones personales para el cargo, está siendo atacado por “fuego amigo” desde el propio partido de gobierno. Su principal rival es el ministro Castillo. Orsi tiene la banda presidencial, el auto oficial y su oficina en la Torre Ejecutiva, pero el que manda en Uruguay es Juan Castillo. Castillo es quien “corta el bacalao”. Todo lo demás son papel picado y lucecitas de colores.


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