La Gran Muralla Sanducera

Es digna de un profundo análisis, con una selección de especialistas internacionales, la relación de Paysandú con el río Uruguay: un río del que sus pobladores admiran los atardeceres, que juran son los mejores del mundo; del que se jactan cada vez que pueden por todo lo que les ofrece en recursos y esparcimiento; junto al que les encanta reunirse a celebrar y del que, a la vez, tienen una pulsión de querer alejarse, separarse, aislarse, que regresa con frecuencia bajo la forma de proyectos faraónicos.
Sí, no es la primera vez que estamos frente a estos dilemas sobre cómo intentar proteger a la ciudad del río, y la solución no es otra que volver con lo del muro.

Hace unos diez años estuvimos dando vueltas con la idea de un pólder. El grupo que impulsaba aquella propuesta planteaba que la zona comprendida entre la calle Washington y el puente Independencia sobre el Sacra fuera rodeada por una muralla que impidiera el ingreso del agua, al menos hasta la cota 11, pero que mantuviera la comunicación con la ciudad mediante portones herméticos.
Ahora la idea vuelve: la misma idea, con los mismos fundamentos y las mismas soluciones que ya se investigaron, se evaluaron, se presupuestaron y se determinaron inviables e inconvenientes. Pero nuevamente aparecen quienes quieren que Paysandú tenga su propia Gran Muralla China.

En aquel momento, el Instituto de Mecánica de Fluidos de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la República realizó un informe a solicitud de la Intendencia de Paysandú, cuyo resumen se publicó en la edición del 1.º de febrero de 2020 (ver en código QR). ¿Qué decía? Indicaba que se requería “un dique que proteja la ciudad de inundaciones superiores a la registrada en 1959, de 8 kilómetros de extensión y 4,8 metros de alto promedialmente”. El costo de esa obra “sería de 250 millones de dólares, ligeramente superior al Presupuesto Quinquenal de la Intendencia de Paysandú”.

Fue el fin de la discusión. Por más que quienes promovían la idea señalaban que se podía hacer una solución más puntual y acotada a la zona portuaria, que era en aquel momento la preocupación manifiesta. Claro, hay que tener mucho amor propio para discutirles en su terreno a los expertos del Instituto de Mecánica de Fluidos de la Facultad de Ingeniería.
Sí, tal vez pudiese hacerse un muro más corto, más bajo o más fino, que no permitiera caminar por encima, como se propone ahora, pero no sería una solución efectiva: no evitaría aquello que se pretende evitar. Es decir, para que resulte en lo que se quiere hacer, habría que cubrir 8 kilómetros y destinar el equivalente a todo el presupuesto de la Intendencia durante un período de gobierno, sin gastar un solo peso en otra cosa y, encima, conseguir más dinero, porque eso tampoco alcanzaría.

Y es que hay que entender algunos conceptos básicos. Estamos tratando con agua: va a pasar por cualquier lugar que encuentre. Entonces, una solución como la pretendida no solamente implicaría construir un muro con puertas; habría que solucionar tantos otros problemas: revertir desagües, desviar corrientes y colocar bombas para achicar el agua que va a correr desde la ciudad hacia el río y que, al encontrarse con el muro, va a represarse desde dentro, como lo ha hecho toda la vida.

Es una solución tremendamente compleja y no se puede pensar que esas cosas pueden hacerse “a la uruguaya”, como dice la publicidad de una mutualista durante la tanda de las transmisiones de los partidos del fútbol profesional.
Lo otro es: ¿a qué costo se realizaría una obra de esta magnitud? ¿Qué resignaríamos a cambio de estar protegidos de las amenazas del río Uruguay?

Lo primero es la vista al río. No hay forma de que un muro de cinco metros de altura no interrumpa la vista hacia la costa. Es una muralla y, por más que la decoremos con murales pintados “inspirados en los atardeceres de la costa”, será una pérdida irrecuperable, a no ser que eventualmente se derrumbe el muro, lo que, por supuesto, no tendría sentido alguno.
No importa. De nuevo está en curso una idea en el mismo sentido. Una consultora contratada por la CAF realizará los estudios de prefactibilidad y factibilidad, y está previsto que presente sus conclusiones en el primer trimestre del año que viene. Veremos entonces si aparece una solución diferente, más accesible y que altere menos la dinámica de la costa.

Ahora bien, en caso de que esto no prospere, o de que la solución que se proponga resulte inaceptable desde el punto de vista urbano y ambiental, o sea extremadamente onerosa, como la de la vez anterior, deberíamos pensar en una intervención de otro tipo en la zona portuaria: una adaptación que contemple un uso no permanente de las instalaciones.

Se podrían reformular las edificaciones con una lógica similar a la de la rambla de la ciudad de Mercedes, donde quienes allí habitan asumen que las crecientes ocurrirán cada cierto tiempo y, por eso, el piso inferior de esas viviendas es “sacrificable”, entregable al río, mientras la vida se desarrolla por encima del alcance de las aguas.
El resto del espacio podría ser una continuidad de la costa aguas arriba: un parque destinado a actividades recreativas, culturales y sociales.
Algo así tendría que hacerse progresivamente, pero con un rumbo trazado a largo plazo.

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