La responsabilidad sanitaria no admite atajos

Es absolutamente de recibo, y un llamado a la responsabilidad colectiva —pero sobre todo de los actores directos—, la advertencia formulada por el director de Panaftosa (Centro Panamericano de Fiebre Aftosa y Salud Pública Veterinaria), Manuel Sánchez, respecto al avance de la resistencia a los medicamentos antimicrobianos en el ganado y al papel de productores y veterinarios en el uso responsable de estos medicamentos. Prescripción veterinaria, cumplimiento de los tratamientos, registro y respeto de los tiempos de espera son algunas de las claves para preservar su eficacia y proteger la salud animal y humana, señaló, en un artículo publicado en la sección Rurales de EL TELEGRAFO.
La advertencia formulada por el director de Panaftosa merece ser recibida con la máxima atención. No se trata de una preocupación exclusiva de veterinarios o productores, ni de un problema circunscripto al ámbito de la producción animal. Estamos ante una amenaza que compromete, al mismo tiempo, la sanidad animal, la seguridad de los alimentos y la salud humana, y que remite a relaciones de causa y efecto que no solo aplican al mundo veterinario, sino que también se vienen dando desde hace tiempo en el tratamiento de enfermedades que afectan al ser humano, en lo que tiene mucho que ver, además, la automedicación.
La llamada “pandemia silenciosa” tiene precisamente esa característica: no necesariamente produce un brote visible ni una emergencia inmediata. Avanza de manera gradual, a medida que los microorganismos desarrollan resistencia frente a medicamentos que durante décadas han constituido herramientas fundamentales para combatir enfermedades. El riesgo es que, cuando finalmente se manifieste en toda su dimensión, algunas infecciones ya no encuentren un tratamiento eficaz.
Para Uruguay, la cuestión adquiere una sensibilidad particular. Buena parte de nuestra economía, de nuestras exportaciones y de nuestra propia identidad productiva está estrechamente vinculada al agro y, dentro de él, a la producción pecuaria. La sanidad animal no es, por lo tanto, un asunto sectorial: es una cuestión económica, social y estratégica para el país.
Y Uruguay conoce, además, el enorme costo que pueden tener las amenazas sanitarias. La fiebre aftosa constituye el ejemplo más evidente. La experiencia demuestra que una enfermedad animal puede provocar pérdidas productivas, comerciales y económicas de una magnitud muy superior a cualquier esfuerzo razonable de prevención, como ocurrió en 2001 y 2002, cuando nuestra economía se vio devastada por la irrupción de la epizootia, que fue la antesala de la crisis económica más grande que ha vivido nuestro país en el último siglo.
En este sentido, la situación regional merece una vigilancia permanente. Brasil, uno de nuestros principales vecinos y competidores en los mercados internacionales de carne, ha avanzado en el abandono de la vacunación contra la fiebre aftosa. Esto coloca a los países de la región, y particularmente a Uruguay por su fuerte dependencia de la actividad agropecuaria, frente a un escenario que exige todavía más rigor sanitario, coordinación y responsabilidad.
No se trata de cuestionar decisiones sanitarias adoptadas por otros países, sino de comprender que, en un mundo donde los animales, los alimentos y los microorganismos atraviesan fronteras, ningún sistema puede considerarse completamente aislado. La prevención deja de ser, entonces, una cuestión individual para convertirse en una responsabilidad colectiva.
Es precisamente allí donde adquiere todo su valor el llamado a los productores y veterinarios a utilizar responsablemente los medicamentos. Consultar al profesional, utilizar el producto adecuado, respetar las dosis, completar los tratamientos, registrar cada intervención y cumplir estrictamente con los períodos de espera no son formalidades burocráticas. Son parte esencial de una producción responsable.
Es cierto que todo esto tiene costos. También es cierto que, en determinadas circunstancias, cumplir rigurosamente con los protocolos sanitarios puede significar mayores gastos, pérdida de animales, demoras o restricciones productivas. Pero esos costos deben compararse con los que puede provocar una epizootia, la aparición de microorganismos resistentes o la pérdida de mercados por problemas sanitarios. La conclusión debería ser evidente: el costo de prevenir siempre será menor que el costo de enfrentar un desastre sanitario.
La misma lógica debe aplicarse al uso de antibióticos en la medicina humana. Durante años hemos actuado, muchas veces, como si estos medicamentos fueran un recurso prácticamente inagotable. No lo son. Cada utilización innecesaria, cada tratamiento interrumpido antes de tiempo, cada automedicación o cada prescripción inadecuada contribuye, en mayor o menor medida, a seleccionar bacterias capaces de sobrevivir a los medicamentos.
Lo que sucede en un establecimiento ganadero y lo que sucede en un hospital, una clínica o un hogar forman parte del mismo problema. Las bacterias no entienden de fronteras entre la salud humana y animal. De allí la importancia del concepto de “Una Salud”: la salud de las personas, la de los animales y la del ambiente están estrechamente vinculadas.
Por eso, la responsabilidad debe comenzar en las decisiones más pequeñas. En el campo, consultando al veterinario antes de administrar un antimicrobiano; cumpliendo el tratamiento indicado; registrando qué animal fue tratado y cuándo; respetando los tiempos de espera antes de enviar un animal a faena o utilizar su leche. En la medicina humana, evitando la automedicación y siguiendo estrictamente las indicaciones profesionales.
La advertencia de Panaftosa debería servir, entonces, como una señal de alerta y no como una preocupación pasajera. Uruguay ha construido buena parte de su prestigio internacional sobre la confianza en su producción agropecuaria y en sus estándares sanitarios. Esa confianza se sostiene todos los días, en cada establecimiento, en cada tratamiento y en cada decisión.
Frente a las amenazas sanitarias, la responsabilidad no puede quedar subordinada al ahorro inmediato ni a la comodidad. Los medicamentos son herramientas preciosas y limitadas. Cuidar su eficacia es cuidar la producción, los mercados y, en definitiva, la salud de todos.
Porque cuando una epidemia o una resistencia antimicrobiana se instala, ya no hay ahorro posible que alcance para compensar sus consecuencias. La prevención puede parecer cara. La irresponsabilidad sanitaria, en cambio, puede terminar siendo infinitamente más cara para todos.

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