Hay algo verdaderamente curioso en la política uruguaya: cuando las cosas están mal, todos parecen saber quién tiene la culpa.
El problema aparece cuando llega la hora de hacer algo.
Hace casi un año y medio que tenemos un ministro del Interior que, más allá de ser una buena persona y de su trayectoria como exfiscal, está al frente de una gestión de seguridad que deja demasiadas preguntas y muy pocas respuestas.
Homicidios, balaceras, ajustes de cuentas, atentados, rapiñas, robos, entraderas.
Y lo más grave: las balas que supuestamente buscan delincuentes muchas veces terminan alcanzando a quienes nada tienen que ver.
Niños, mayores, familias enteras.
Ciudadanos que viven con miedo.
¿Y qué hace la oposición?
Pide la renuncia del ministro. Declara. Critica. Se indigna. Y después… nada.
Porque si realmente creen que el ministro debe irse, existe una herramienta institucional: la interpelación parlamentaria. Entonces la pregunta es inevitable: ¿Por qué no lo interpelan?
¿Por qué no lo sientan en el Parlamento y le exigen respuestas?
¿Por qué no le preguntan qué está haciendo, qué resultados obtuvo y qué piensa hacer frente a esta realidad?
Porque una cosa es pedir la renuncia delante de un micrófono y otra muy distinta es llevar al ministro al Parlamento, preparar preguntas, presentar pruebas y sostener una posición hasta las últimas consecuencias.
Entonces uno termina preguntándose: ¿Quieren realmente que renuncie o solamente quieren que parezca que quieren que renuncie?
Porque si tienen los votos, úsenlos.
Y si no los tienen, también sería bueno decirlo.
Mientras tanto, los ciudadanos no pueden esperar. Los delincuentes no esperan una interpelación.
Las balaceras no esperan una conferencia de prensa.
Y las familias tampoco.
Pero hay una ironía todavía mayor.
El 9 de agosto, el Partido Nacional realizó el acto central por sus 190 años, con el cierre del expresidente Luis Lacalle Pou. La fecha de fundación que tradicionalmente reconoce el partido es el 10 de agosto de 1836.
Todo muy solemne. Pero permítanme una pequeña irreverencia: un estadista no se mide solamente por la calidad de sus discursos.
Se mide por lo que hace cuando el país tiene problemas.
Y hoy Uruguay tiene un problema enorme: la inseguridad. Por eso quizás el mejor homenaje a una tradición política de 190 años no sea solamente recordar lo que hicieron los grandes hombres del pasado.
También sería bueno que los dirigentes de hoy demostraran que aprendieron algo de ellos.
Menos declaraciones. Más Parlamento. Menos “debería renunciar”. Más: “Venga y responda.”
Porque la democracia no se defiende solamente con discursos.
Se defiende ejerciendo los controles que la Constitución pone en manos del Parlamento.
Y entonces volvemos al viejo dicho: el cascabel está ahí, el gato también.
La pregunta es sencilla: ¿Quién se anima a ponérselo?
Porque discursos tendremos muchos. Lo que estamos necesitando es algo bastante más escaso:
acción.
David Doti


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