Uruguay está clasificado para el próximo mundial, o como se llama ahora, la Copa Mundial de la FIFA, que se va a disputar oficialmente bajo la coorganización de Marruecos, España y Portugal, pero que tendrá simbólicamente tres partidos en Sudamérica: uno en Uruguay —en Montevideo, por supuesto, y casi un hecho que en el estadio Centenario—, otro en Argentina y uno más en Paraguay, al inicio, entre el 8 y el 9 de junio de 2030. Estos partidos serán conmemorativos, celebratorios del centenario de la primera Copa del Mundo, que se organizó íntegramente en la capital del país.
En el pasado mes de junio, el Gobierno oficializó, junto a la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) y la Intendencia de Montevideo, una comisión que se encargará de coordinar y supervisar los preparativos para el Mundial 2030 en Uruguay. Tras ese encuentro, el intendente de Montevideo, Mario Bergara, decía que se reunieron con el presidente Yamandú Orsi y pusieron sobre la mesa temas como obras y actividades vinculadas al estadio Centenario, mientras que quien representa al Poder Ejecutivo en esa comisión, Fernando Lorenzo, afirmó que la idea es trabajar rápidamente, ya que no sobra tiempo. Más adelante vamos a comentar la idea que planteó en esa reunión el presidente de la AUF, Ignacio Alonso —y que ya se le había presentado hace más de un año a la FIFA—, de que en Uruguay y la región haya más participación en el Mundial, es decir, más partidos, ampliando el torneo a 64 participantes para festejar los 100 años de una forma “más abarcativa”. Hay muchas cosas por definir en la órbita de la FIFA, entre otras, si el suizo Gianni Infantino va a continuar al frente, luego de que, principalmente, Europa se le pusiera en contra al conocerse la idea de que quería abrir la participación de inversores en la Copa del Mundo —así como ocurre con la Fórmula 1, que tiene una empresa dueña de la competición— y desde entonces no para de crecer el descontento con el mandamás. De cualquier forma, allá ellos. Aunque, en esta situación de inestabilidad, es posible que resulte una buena tabla de salvación contar con el apoyo del fútbol sudamericano y que la Conmebol pueda recibir algunos partidos más en la próxima Copa; ya veremos.
Ahora bien, lo que nos interesa es la otra parte: ese comentario de Lorenzo de que nos queda poco tiempo. Y no le falta razón. El Mundial está a la vuelta de la esquina, y cuando llegue va a encontrar, entre otras cosas, a un gobierno recién asumido que tendrá que estar a la altura de esas circunstancias.
Pero lo más triste es que esta designación para organizar un partido de la próxima Copa del Mundo no se sorteó en un bolillero entre todos los países del globo; no: a la organización de ese certamen nos postulamos voluntariamente. Hace diez años, el entonces presidente de la República, Tabaré Vázquez, anunció al presidente de la FIFA, Gianni Infantino —sí, el mismo que está ahora—, que Uruguay y Argentina se presentarían como postulantes a organizar el torneo. Eso ocurrió a fines de marzo de 2016. En ese momento quedaban más de 14 años. Es más, un año antes, en 2015, el gobierno había declarado “de interés” la postulación.
Es cierto, es justo reconocer que en el medio nos agarró la pandemia y el mundo se detuvo; nadie sabía qué iba a pasar mañana, y difícilmente fuésemos a tener un grupo de personas abocadas a organizar un mundial. En el medio se sumaron Chile y Paraguay a la eventual organización. En octubre de 2023 se oficializó la sede de 2030 en Europa y África, pero con los tres partidos en Sudamérica. Hace casi tres años.
Cuando Infantino se reunió con Vázquez, le transmitió que, entre los requisitos, figuraba contar “como mínimo con 12 estadios internacionales, infraestructura aeroportuaria, de transporte y hotelera”.
El estadio del Mundial 2022 en Catar que demoró menos en construirse llevó tres años. El que más tiempo llevó, siete años. Eso, en Catar, sin problemas de billetera, sin conflictos sindicales, sin días de lluvia —aunque con otros problemas climáticos, como el calor, por supuesto—, y con un costo en vidas de trabajadores que en estas latitudes es inaceptable. En este caso es solo un estadio, y que ya está construido: se trata de modernizar el Centenario, a costo de meter mano en una verdadera maravilla arquitectónica y monumento al fútbol mundial.
Pero en lo otro, cómo estamos. En el aeropuerto todavía no terminamos de contar con la tecnología que permite efectuar vuelos con visibilidad reducida —estamos en eso—, y si pasa algo, la alternativa es un aeropuerto con una capacidad operativa mucho más reducida, en Maldonado. En hotelería no estamos mal si el desafío es organizar solo un partido: hay lugar donde alojar a dos delegaciones grandes y a los jueces, que cada vez son más, también.
Ahora viene lo delicado. Porque los planes de infraestructura contemplan una gran obra que conecte la capital del país con Canelones, en dos ejes: uno hacia Pando, el otro hacia la Costa de Oro. Pero lo más complejo del proyecto que se estudia está en cercanías del estadio, en Tres Cruces, donde se maneja un intercambiador con varios niveles de subsuelo bajo la plaza de la Bandera, en avenida Italia y 18 de Julio, con la intención de que quede terminado a fines de 2029. Si se cumple esta previsión, llegaría con el cemento aún fresco, como el Centenario a la Copa de 1930: qué mejor homenaje. Pero eso sería en el mejor de los casos. Y no es que falten ejemplos de obras que se atrasan, todo lo contrario. Por suerte, el acuerdo salarial en la industria de la construcción se firmó hasta 2031: un escollo menos.

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