Los partidos políticos empezaron a analizar la ingeniería electoral que desplegarán en 2029. Restan aún tres años para las elecciones nacionales, pero todos están atentos a las reacciones sociales, con algunos resultados ya a la vista.
Por un lado, mejora mínimamente la aprobación de Orsi entre los votantes del Frente Amplio, pasando del 52% al 56%, mientras que la desaprobación cayó del 23% al 19% y las opiniones intermedias pasaron del 25% al 24%. Los votantes de la coalición republicana, en tanto, profundizaron su descontento con la actual administración, elevándolo del 86% al 87%. Es decir, al menos nueve de cada diez tienen una opinión negativa.
Por su lado, tampoco la oposición tiene una buena imagen entre el electorado, con un 46% de desaprobación. La diferencia es que no gobierna actualmente y, aunque pueda molestar la pregunta formulada por las encuestadoras, el resultado refleja el hartazgo de la gente con la política.
En las últimas semanas, la opinión pública se mantuvo crispada por la camioneta del presidente Orsi, los cuestionamientos de la Jutep y las acciones de algunos ministros que no logran llenar una sensación de vacío que resulta mucho más potente que el impacto de los anuncios oficiales.
La población mantiene la tendencia a evaluar negativamente a los políticos al poco tiempo de que asumen, porque reclama soluciones inmediatas a problemas estructurales. Se produce así un rápido desgaste de las expectativas y aparecen controversias tempranas que contradicen el discurso de campaña.
Al menos en economía, seguridad y empleo, las presiones buscan cambios rápidos, frente a los tiempos propios del Estado. El optimismo que generalmente acompaña los períodos de transición cede paso al descontento cuando la realidad económica y social, el empleo o la presencia efectiva del gobierno en el territorio no muestran mejoras perceptibles en los hogares.
Los anuncios oficiales que no se concretan generan frustración y una percepción de desorden en la gestión. Los continuos cuestionamientos a las figuras del gobierno también desgastan los activos políticos vinculados con la austeridad y la cercanía.
Incluso, la caída del apoyo también se origina en el propio electorado que otorgó el voto de confianza inicial y que, con el paso del tiempo, adopta una postura crítica o neutral.
En medio de este panorama, siempre es válido preguntarse: ¿a qué electorado le hablan los políticos?
Mientras se suceden los cruces de declaraciones y las arduas discusiones en la red X, allí se encuentran las nuevas generaciones, que muchas veces ni siquiera registran ese intercambio, pero que demandan soluciones políticas rápidas. Este fenómeno global está atravesado por la pérdida de confianza en la política y en sus representantes, producto de una lista de factores que, cuando se combinan, conforman un escenario de difícil retorno.
La falta de transparencia en acciones que, miradas a la distancia, pueden parecer mínimas, así como la naturalización de determinadas conductas, alimentan la percepción de que la ley no se aplica de la misma manera a las élites.
Por eso, impacta con fuerza que los candidatos presenten durante las campañas electorales soluciones inviables para ganar votos, como esa entelequia tan utilizada que asegura que no habrá aumentos de impuestos. El mundo se ha vuelto aún más volátil y las expectativas generadas, cuando luego no se cumplen, terminan transformándose en opiniones negativas.
La persistencia de la pobreza, el desempleo o la inseguridad hace que la ciudadanía perciba a las instituciones como ineficaces. A esto se suma la sensación de que los políticos viven en una “burbuja” de privilegios, ajenos a las dificultades económicas cotidianas de buena parte de la población.
La población observa una polarización y una confrontación constantes, junto con la percepción de que los partidos priorizan sus disputas internas y la lucha por el control del poder por encima de las necesidades nacionales.
Además de Orsi, el intendente de Montevideo, Mario Bergara, registra una de las peores evaluaciones desde 2006, con un 44%, en un departamento donde el Frente Amplio gana la intendencia de manera consecutiva desde 1990. En 36 años, las preocupaciones siguen siendo similares.
Es allí donde la confianza de la población comienza a decaer: cuando siente que la política no resuelve sus problemas más urgentes, como la inseguridad ciudadana, el costo de vida y el empleo. La ciudadanía valora los acuerdos multipartidarios de largo plazo en asuntos concretos, como la educación, la pobreza infantil y la salud mental, por encima de la confrontación electoral permanente.
Uruguay es considerado un ejemplo de democracia plena a nivel mundial, pero su población mantiene una visión crítica. La confianza en el sistema no se traduce automáticamente en simpatía por los políticos de turno. Sin embargo, en los últimos años, el debate político en Uruguay se ha vuelto más polarizado y centrado en la confrontación partidaria.
Aunque el sistema funcione bien, la percepción del día a día está teñida por el escepticismo. Gran parte de la población percibe estancamiento, salarios que no alcanzan y dificultades para llegar a fin de mes.
En el interior se multiplican los reclamos por una mayor atención a las economías regionales, principalmente al comercio de frontera, a la generación de fuentes de empleo y al rechazo de las diferencias logísticas que alejan las inversiones.
Todo ello ocurre frente a una agenda política que muchas veces se diseña bajo una lógica de pensamiento metropolitano.
Es por eso que, a pesar de haber transcurrido 18 meses de gestión, las marchas y contramarchas en anuncios o medidas económicas generan la impresión de que existe poca claridad sobre el rumbo oficial.
Algunas figuras del Frente Amplio han señalado como un hecho novedoso —y también preocupante— que votantes propios muestren distancia o desaprobación ante el ritmo de las medidas, reflejando un cambio en las expectativas.
A todo esto, el gobierno destaca logros económicos como la baja de la inflación y los altos niveles de ingresos de los hogares.
El propio Orsi calificó los números adversos como una “luz anaranjada” para mejorar la coordinación interna y la comunicación.
Si una parte importante de la ciudadanía no recibe ese mensaje y no está conforme con los resultados, es porque algo no salió bien. Y es lógico preguntarse si esa falta de resultados surgió realmente de manera espontánea o si, por el contrario, es consecuencia de decisiones, expectativas y señales que fueron construyendo este escenario.


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