A comienzos de este mes el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, declaró, de la nada, que la postura de su gobierno sobre las Islas Malvinas/Falklands es “una de muchas” que están siendo revisadas, en un mensaje en el que además instó a Reino Unido a aumentar su gasto militar. Justamente expresó esas palabras después que el diario británico The Daily Telegraph informara que autoridades de defensa de EE.UU. preparaban propuestas para incentivar a los aliados de la OTAN a cumplir sus compromisos de gasto, según publicó en ese momento BBC.com.
Este “aprete”, que aparentemente tenía por objetivo conseguir de los gobiernos mayor disposición a invertir en defensa, provocó una sacudida en nuestra región al reavivar un fuego que nunca terminó de apagarse, y sirva para demostración la exhibición de la bandera de los hinchas argentinos en el partido contra la selección de Inglaterra en el Mundial de fútbol.
Argentina ganó ese partido de manera épica dando vuelta el resultado en los descuentos. En medio de la locura de los festejos apareció el mensaje pintado en letras negras en una sábana de hotel. Pero el sentimiento de que las Malvinas son argentinas no se apagó nunca en la población del vecino país, aun apagados los sonidos de los últimos disparos de una guerra brutal en la que muchos jóvenes aprendices de soldados dejaron la vida.
Para los que volvieron y para los argentinos en general, la herida nunca sanó, y las expresiones de Trump fueron una luz de esperanza de que hay una forma de rehacerse y retomar el control de ese territorio. Pero también fueron una inyección de oxígeno sobre esas brasas aun ardientes bajo la ceniza de los años.
El presidente argentino, Javier Milei, tomó la posta y asumió como propia la causa de Malvinas, pese a que anteriormente había dado muestras de que no era su guerra y hasta llegó a pronunciar elogios hacia la figura de Margaret Thatcher. El gobierno argentino anunció duras sanciones a todas las empresas extranjeras que mantengan actividades económicas con las islas.
La historia corta dice que el mismo Trump el 22 de setiembre se reunió con el primer ministro británico, Andy Burnham, y encontraron varios puntos de acuerdo en diferentes temas. Entre ellos el apoyo estadounidense en cuanto a las Malvinas. Posiblemente haya alcanzado su propósito inicial. Sin embargo las secuelas en la región no se han de apagar así nomás, especialmente en momentos en que hay proyectos de exploración petrolera promovidos por el Reino Unido en aguas el disputa territorial que no ayudan a traer calma. En medio de todo esto en Chile esta semana “40 empresas de las Malvinas y Chile se reúnen en Punta Arenas para hacer negocios e incrementar una ruta marítima”, en la llamada Punta Arenas Business Showroom según publicó Clarín, de Buenos Aires.
Es llamativo en el contexto político de un gobierno liderado por José Antonio Kast, quien ha manifestado su afinidad ideológica con Milei, con lo que lo esperable era que se entablasen relaciones de proximidad ente países vecinos pero que también supieron tener su conflicto, que fue desactivado por el papa Juan Pablo II, quien ofició de mediador y detuvo una guerra inminente entre Argentina y Chile en 1978 por el control del Canal de Beagle. El papa envió al cardenal Antonio Samoré, cuyos buenos oficios condujeron a la firma del Tratado de Paz y Amistad en 1984.
Poco antes de este encuentro empresarial, relata Clarín, el ministro de Defensa trasandino, Fernando Barros, dio a entender que la “soberanía británica de las islas” lleva 200 años y defendió el derecho de Chile a comerciar libremente con las Malvinas. Algo en lo que Argentina siempre ha puesto reparos. Barros anunció la intención de incrementar la defensa de su país y de instalar bases alrededor en la zona más austral, Punta Arenas, donde las tensiones inesperadas llevaron a hacer descomunales ejercicios militares en la región. Mientras, Argentina planea una base naval integrada en Tierra del Fuego más un polo logístico y los chilenos piensan competir con un megapuerto.
El alcalde Radonich prometió a los isleños hacer de Punta Arenas un lugar más barato que la oferta que hoy tienen en Uruguay, en Montevideo concretamente, y convocó a empresas de varios rubros a hacer negocios con las Malvinas.
En medio de todo este lío, no faltó quien reprochara a Uruguay por esos servicios que se prestan al transporte hacia las islas, la atención que se está prestando a la población y hasta por el stand de las Falklands en el pabellón que todos los años Gran Bretaña tiene en la Rural del Prado. Eso pese a que Uruguay ha sido consistente en acompañar la postura argentina respecto a ese y los demás archipiélagos en disputa en el Atlántico Sur.
Para mayor contexto, recientemente dos empresas petroleras, una de Israel (Navitas) y otra del Reino Unido (Rockhopper), anunciaron que explotarán petróleo extraído de aguas disputadas de Malvinas a partir de 2028 y una empresa naviera chilena comenzará una ruta comercial entre Punta Arenas y las Islas a partir de noviembre.
En el último mes, Cancillería argentina envió cerca de 200 notas de advertencia a empresas e inversores de 30 países, ha iniciado unos 60 procedimientos administrativos y ha realizado en tribunales argentinos al menos tres denuncias penales contra diez compañías petroleras —de capitales británicos, israelíes y canadienses— y sus directivos.
En su mensaje en la sede de ONU la semana pasada, Milei instó al Reino Unido a “reanudar las negociaciones para encontrar una solución pacífica a la disputa de soberanía” de las islas y advirtió que habrá consecuencias para las empresas que explotan recursos naturales en esa zona del Atlántico Sur sin la autorización de su Gobierno.
Todo esto ocurre en un escenario global de carrera armamentista y de alianzas montadas sobre afinidades ideológicas de las que Argentina no duda en hacer alarde cada vez que puede —pero que especialmente en Uruguay no debe sorprendernos, porque fue una carta que en sus días jugó el expresidente Tabaré Vázquez, en lo más álgido del conflicto por la pasteras—. Son momentos de moverse con prudencia y actitud conciliadora, buscando hacer prevalecer la estabilidad, la seguridad y la paz.

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