Nos ha tocado en suerte vivir en una época brillante de la humanidad en cuanto a avance tecnológico y de sofisticación del conocimiento, pero miserable desde el punto de vista de los valores humanos, la solidaridad e incluso de las más básicas pautas de convivencia urbana.
También “este mundo está cambiando tan aceleradamente, de manera tan extraordinaria, la gente más joven son testigos de un cambio que no se había producido en más de 500 años”, manifestó Atilio Borón e identificó ese cambio como bueno, ya que según el intelectual “es simplemente el prolongado ocaso de la dominación de occidente sobre el sistema internacional”.
La decadencia
La sensación de que Estados Unidos, desde hace ya algún tiempo —más o menos extenso según las diferentes opiniones—, se encuentra en un proceso de decadencia al que no ha podido evitar y ha logrado por períodos breves revertir esta tendencia, que ya lleva un largo proceso.
Para buena parte de la comunidad de inteligencia y de la intelectualidad estadounidense se hizo inocultable a partir de la crisis financiera mundial de 2007-2008. El presidente Donald Trump, dentro de las variadas y contradictorias promesas electorales que realizó para ganar su primera presidencia, anunció que revertiría la situación y devolvería a EE. UU. su posición de única gran potencia mundial. En línea con esos anuncios típicos del marketing político, es decir, titulares mágicos sin fundamentación ni explicación de cómo se alcanzará la meta, el comité de campaña de Trump lanzó el lema América primero, con un ánimo autoritario y un nacionalismo “emocional”, “un proteccionismo económico, la reducción de la inmigración y de lo foráneo, así como el retorno a los valores tradicionales conservadores americanos”.
A inicios de la década presente, Yuval Noah Harari sentenció con una afirmación breve y contundente el dilema que marcaría los años siguientes y que aún tiene vigencia: se trata de la batalla por el acceso a la información, pilar de una democracia sana y más transparencia. Su análisis “consolidado” deja en claro cuál es el problema principal de esta hora: “llevar información científica precisa a la mayor audiencia posible”. Y tomando como ejemplo la experiencia por la que acaba de vivir la humanidad, la pandemia del Covid-19, “si no hacemos un esfuerzo para llevar la ciencia a todos, dejas el terreno libre para campañas de desinformación y teorías de conspiración”.
La crisis del Covid-19 dejó al desnudo la altísima concentración de la riqueza y del poder, el debilitamiento de la democracia y de sus soportes institucionales. Si bien Harari destaca que la batalla contra el Covid-19 ha sido un triunfo de la ciencia, a pesar del oportunismo económico, la opacidad de la comercialización y la debilidad de los estados para cumplir con su rol y ordenar este asunto de prioridad global. También el triunfo de la ciencia debió de amortiguar la debilidad política nacional e internacional, así como del jaqueo de sectores de la industria farmacéutica.
Es generalizada la idea de que la incompetencia política dejó al desnudo improvisación y falta de respuestas elaboradas, marcadas por reflejos burocratizados, dejando una sensación de impotencia. También la erosión a la que fueron sometidas la mayoría, o todas las instancias multilaterales, quedaron al desnudo. Todas ellas debilitaron la gestión política de la crisis.
Para muchos, la lucha contra la pandemia debió haberse asumido como un proyecto político directo y más austero. De este modo, el caos que se instaló para la validación científica y comercial abrió paso a una opacidad inconcebible, que allanó el camino para la especulación y el abuso de posición dominante. La opacidad no solo desde el poder público. También opacidad desde el poder económico privado.
Esta experiencia incómoda instaló otros temores. ¿Qué pasará cuando nos enfrentemos a amenazas más complejas como un colapso ecológico o el auge de la inteligencia artificial?
Frenar la guerra
Trump había dado su palabra de que no volvería a inmiscuir a Estados Unidos en otra guerra, pero en apenas un año de este segundo período ha emprendido más acciones militares que en toda su primera presidencia.
El autoproclamado “presidente de la paz” la emprendió contra siete países y amenazó a otros seis en el corto lapso de 14 meses. A pesar de sus anuncios antibélicos, en concreto, inició una dura guerra contra Irán y las consecuencias económicas han sido que los indicadores principales se han disparado. Su autopromocionado discurso se ha agotado y no solventó aquello de que era un garante de la paz con experiencia y conocimientos probados, con sabiduría en el manejo de la economía.
Se enorgullecía al decir que su guerra con Irán sería breve y contundente, que acabaría rápido, que acabaría en apenas seis meses. Sin haber alcanzado ninguna de aquellas metas, ahora afirma que no hay apuro, aunque la guerra no ha finalizado ni tiene argumentos para anunciar algo así. Ahora Trump cambió por enésima vez sus vaticinios y argumenta, ya casi sin crédito, que mediante las bombas y el bloqueo han puesto las cosas en su lugar, y su victoria en la guerra contra el poder iraní “está a la vista”. Sin embargo, a la vista lo que hay es una incapacidad de mando de las fuerzas estadounidenses.
En opinión de Eswar Prasad, exjefe de la división de China del Fondo Monetario Internacional, “los factores geopolíticos y la instrumentalización del dólar por parte de Estados Unidos mediante sanciones financieras están llevando a los bancos centrales y otros inversores oficiales a intentar diversificarse alejándose de los activos en dólares”.
De todos modos, Estados Unidos conducido de manera errática e incapaz de reconducir la economía y su poderosa fuerza militar, no ha logrado revertir su senda de debilitamiento estratégico, pero tampoco hay que asumir catástrofes en el corto plazo.
En este sentido, en su última comparecencia ante el Congreso, Scott Bessent, secretario del Tesoro, fue muy contundente al afirmar que confiaba firmemente en la credibilidad del sistema financiero estadounidense. Para ello explicó que las subastas de bonos continúan firmes, sólidas, funcionando con previsibilidad y que el dólar sigue prosperando según su cuota de transacciones globales.
Aunque en general se ve el panorama con preocupación, pero sin alarmas, se reconocen dudas y grietas en la zona EE. UU.
Pero no todos hacen una lectura tan optimista. Una abrumadora mayoría, algo así como el 90% de las transacciones de divisas globales, se realizan en dólares. La cuestión es que la cuota de dólares que se mantienen en reservas de bancos centrales ha ido contrayéndose desde el 64% en 2015 hasta el 56% en años recientes.
Tan así, que Bessent cambió de estrategia. Sus amenazas iban en su contra. Así las cosas, la demanda de oro es tan alta que algunos países cambian el lugar de reserva. Y ello obedece al aumento de la inestabilidad geopolítica y las amenazas arancelarias de Trump contra aliados europeos, que con sus medidas estresantes y cortoplacistas han agregado inestabilidad en un momento de incertidumbre política.


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