Hay situaciones que no necesitan demasiadas explicaciones para mostrar qué tan profunda puede ser la falta de empatía de una sociedad.
El Mides decidió destinar el antiguo Sanatorio Pasteur para atender a personas en situación de calle. Y entonces aparecieron las voces de vecinos, comerciantes y dirigentes políticos diciendo que ese no sería el lugar adecuado.
¿La razón? Que podrían generar problemas.
Es decir, el problema no parece ser que haya personas durmiendo en la calle, pasando frío, hambre, abandono o atravesando situaciones dramáticas. El problema parece ser que ahora esas personas estarán demasiado cerca.
¡Qué curioso concepto de solidaridad!
Mientras están en una plaza, en una esquina o debajo de un techo cualquiera, el problema parece invisible. Pero si se las lleva a un lugar céntrico, entonces aparecen las preocupaciones por los vecinos, los comercios, la tranquilidad y hasta por el “ambiente”.
Y allí surge una pregunta inevitable: ¿Qué hacemos con la pobreza? ¿La atendemos o simplemente la alejamos?
El propio intendente ha dicho que no hablará con el Mides de Paysandú porque considera que no corresponde, que irá “hacia arriba”, hablará con el ministro y, si es necesario, hasta con el presidente.
Todo un despliegue institucional para evitar que personas en situación de calle estén cerca del centro.
¡Qué diferencia de energía cuando se trata de reclamar por quienes no tienen techo!
Porque, seamos claros: nadie está diciendo que no haya que garantizar seguridad, convivencia, higiene, asistencia profesional y reglas de funcionamiento. Por supuesto que debe existir todo eso.
Pero una cosa es exigir condiciones adecuadas y otra muy distinta es decir, en esencia: “A mí no me molesten con esta gente”.
Ahí aparece algo mucho más profundo. El clasismo.
Ese clasismo silencioso que no siempre se presenta con insultos. A veces aparece vestido de preocupación por el barrio, por el comercio, por la tranquilidad o por la imagen de la ciudad.
Pero detrás de tanta preocupación puede esconderse una idea bastante sencilla: que determinadas personas son aceptables siempre y cuando permanezcan lejos de nosotros.
Y eso debería preocuparnos mucho más que el lugar elegido por el Mides.
Porque una ciudad no se mide solamente por sus veredas lindas, sus plazas, sus comercios o sus edificios. También se mide por la manera en que trata a quienes tuvieron menos oportunidades, a quienes quedaron al margen y, especialmente, a quienes no tienen siquiera un techo donde dormir.
Quizás el verdadero problema no sea el antiguo Sanatorio Pasteur.
Quizás el verdadero problema sea otro.
Que algunos quieren una ciudad sin personas en situación de calle, pero no necesariamente una ciudad que se ocupe de ellas.
Y entre ambas cosas hay una diferencia enorme. Una ciudad puede esconder la pobreza. O puede enfrentarla.
La primera opción tranquiliza la conciencia. La segunda demuestra humanidad.
David Doti


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