Tiempos modernos

Joaquín Salvador Lavado, Quino, el autor de la popular historieta Mafalda, aclaró en una entrevista que su personaje jamás habría dicho la frase que tal vez es la que más se le atribuye. “Yo jamás hubiera puesto en boca de Mafalda esa frase, porque Mafalda no quiere que el mundo pare y ella bajarse, ella quiere que el mundo mejore. Entonces jamás se le pudiera haber ocurrido eso”. Y de verdad que sí: quien haya leído con algo de interés las tiras podrá deducir que esa frase no habría sido coherente con el pensamiento del personaje, que era más de ir y poner el cuerpo en busca de soluciones. Mafalda se publicó entre 1964 y 1973. Un mundo que dejaba atrás las heridas de las guerras mundiales, pero que empezaba a configurarse en una pelea que luego conoceríamos como la Guerra Fría: una batalla a la distancia entre elefantes que tenían el mundo por escenario, con el potencial y la amenaza de que, de un instante a otro, alguien pudiera apretar un botón rojo y dejar en cenizas la civilización. En nuestra región fue una etapa particularmente dolorosa, de libertades restringidas y sangre derramada. Cualquiera que no hubiese sido Mafalda podría haber pedido que el mundo parara para poder apearse, si hubiese tenido la posibilidad.

Pero la cosa mejoró. Como cantaba Sabina, el sol fue secando la ropa de la vieja Europa, y sobre fines del siglo pasado vivimos los años más cercanos al concepto de paz mundial, por el que tantas candidatas a Miss Universo habían abogado.
Luego el mundo volvió a cambiar en 2001. Hace pocos días recordábamos el atentado contra las Torres Gemelas en Nueva York. De ahí en adelante nada volvió a ser igual. Y hoy el escenario hace pensar que las novelas y las películas postapocalípticas eran en realidad proféticas. El mundo se ha vuelto muy loco, muy impredecible, particularmente violento. Las personas han perdido capacidad de concentración, de comprensión lectora, de debate. Todo es rispidez: la estrategia es proponer división y enfrentamiento para sacar rédito. Todo ocurre a un ritmo vertiginoso: una potencia mundial invade un país latinoamericano y se lleva al presidente en menos de tres minutos, y luego alcanza un acuerdo con el gobierno que quedó a cargo, por el que accede a sus reservas petrolíferas en condiciones sumamente ventajosas; y del otro lado del mundo hay guerras con drones asesinos piloteados a distancia por chiquilines que los manejan como si de un videojuego se tratase, mientras los soldados mueren como moscas perseguidos por esas armas. Y a la vez, las empresas que desarrollan inteligencia artificial aparecen asustadas por el peligro que suponen esas herramientas que se supone están para facilitar las cosas a la humanidad, al punto de advertir que, para el final de esta década, hay un 10% de posibilidades de que nos puedan matar a todos.

No son tiempos sencillos. Es un cambio de era. Una transición de un mundo con unas determinadas reglas de juego y una fuente básica de energía, como el petróleo, que sigue teniendo peso pero que ha dejado de ser la gran respuesta a futuro, hacia otro con alternativas que todavía no terminan de consolidarse como las soluciones que el mundo necesita. Y por ello la vieja Europa seca su ropa de nuevo con centrales nucleares en vez de con gas natural, o con el viento y el sol, como era su pretensión. Un cambio de era que se refleja en una modificación de las reglas de juego en el comercio internacional, que sigue sosteniéndose básicamente en el dólar, pero con fuertes presiones para habilitar alternativas. Algo similar ocurre con las reservas de los Estados, que se desprenden de títulos de deuda para respaldarse en el oro, un activo seguro y confiable, después de todo.

Los bancos centrales superaron las 1.000 toneladas de compras netas de oro por tercer año consecutivo en 2024. Para entender la magnitud de ese dato, entre 2010 y 2021 la demanda anual media de los bancos centrales era de 470 toneladas. En 2022, esa cifra se disparó hasta las 1.082 toneladas. Es decir, prácticamente se duplicó de un año para otro y no ha vuelto a bajar.

En 2024, los bancos centrales del mundo compraron 1.045 toneladas métricas de oro, valoradas en aproximadamente 96.000 millones de dólares. Polonia, India y Turquía fueron los mayores compradores, en lo que el World Gold Council describió como un ritmo vertiginoso de acumulación. En 2025, la tendencia continuó. Solo en el tercer trimestre, los bancos centrales adquirieron 220 toneladas de oro, un 28% más que en el trimestre anterior y un 10% más que en el mismo período de 2024. Son varias las razones por las que se toma esta decisión, entre ellas reducir la dependencia del dólar, esquivar sanciones internacionales y protegerse de la inflación y de la volatilidad que están teniendo referencias como el precio del petróleo y el de los alimentos. Síntomas de un cambio estructural.

Hoy, cuando tenemos más tecnología y más posibilidades que nunca para entendernos —para sostener incluso conversaciones con traducción simultánea entre un extremo y el otro del mundo, entre cientos de idiomas y dialectos— y estamos hiperconectados, estamos a la vez más distanciados que nunca, y el futuro parece más preocupante y lejano de aquello que parecíamos tener tan a mano en determinada etapa de la historia. Y, para colmo de males, en la región, después de décadas de paz, aparecen quienes andan queriendo volver a agitar banderas de guerra.

Es posible que, si Quino viviese y siguiera escribiendo las aventuras de su personaje infantil, ella se hubiese mantenido firme en sus convicciones, sin pretender bajarse del mundo, aunque también es factible que, a esta altura, por lo menos ya hubiera averiguado cómo se activa el freno de mano.

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