Alfredo Santana es coordinador académico del Diploma en Gestión Inteligente del Transporte del Tecnológico de Monterrey y estuvo en Uruguay para participar en un evento organizado por UTEC Canelones. La página de la Universidad Tecnológica publicó una entrevista con el experto, quien analizó los desafíos que afronta el país para poder consolidarse como un hub logístico regional, un propósito que se ha planteado desde hace largo tiempo.
El norteamericano señaló que Uruguay cuenta con varios aspectos a favor para avanzar hacia ese objetivo en Sudamérica: una escala manejable, estabilidad institucional, buena infraestructura, talento calificado y una fuerte orientación hacia la innovación y la sostenibilidad. A ello sumó una ubicación privilegiada, entre Argentina y Brasil y con acceso al Río de la Plata, que históricamente ha vinculado al país con los principales circuitos del comercio exterior.
“Uruguay no necesita competir por tamaño, sino por inteligencia logística”, planteó Santana como idea general. La escala del país es, a sus ojos, una ventaja, en la medida en que permite probar e implementar nuevas tecnologías con mayor rapidez y facilita la coordinación entre empresas, gobierno, academia y operadores logísticos.
Así, señaló que la incorporación de tecnología es un factor clave para aumentar la competitividad en el sector y, en ese sentido, indicó que la inteligencia artificial ya ofrece aplicaciones concretas para la optimización de rutas, la predicción de la demanda, la automatización portuaria, la trazabilidad y la toma de decisiones en tiempo real. A la vez, la transición energética abre nuevas oportunidades vinculadas con la electromovilidad, los combustibles alternativos y el desarrollo de una logística de bajas emisiones, que podrían suponer un diferencial para incorporar valor agregado al proceso.
Pero para Santana el desafío no pasa únicamente por incorporar tecnología, sino también por desarrollar el talento necesario para utilizarla, integrar datos entre empresas e instituciones y lograr que estas soluciones puedan alcanzar a las pequeñas y medianas empresas. A su modo de ver, Uruguay debería incorporar tecnología, pero también desarrollar las capacidades necesarias para aprovecharla. El talento está llamado a desempeñar un papel central, en la medida en que la transformación tecnológica del transporte requiere profesionales capaces de comprender nuevas herramientas, analizar información y tomar decisiones en entornos cada vez más dinámicos.
Hasta allí, todo muy bien. Se trata de una entrevista que no analiza a fondo la situación del país en términos logísticos, sino que alude a lo que esta formación que está impartiendo UTEC puede aportar al sistema. Pero hay mucho más para poner sobre la mesa en ese análisis.
En marzo de este año, tras comparecer en el Parlamento como parte de una delegación de la Cámara de Zonas Francas del Uruguay (CZFUy), EL TELEGRAFO entrevistó a Juan Opertti, ingeniero y encargado de Relaciones Institucionales de la organización. Opertti hizo entonces un repaso de los planteos que transmitió esa delegación a la comisión legislativa que, en ese momento, recababa opiniones de diferentes sectores de la economía sobre el acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea, que el Parlamento debía ratificar.
Es bueno traer, para alimentar el debate sobre las posibilidades reales del país, y del departamento en particular, en esta área, algunos de los elementos planteados en aquella entrevista.
De entrada, cabe ratificar que Uruguay tiene posibilidades de desarrollarse en el sector logístico. De hecho, aquella delegación transmitió una visión sumamente optimista sobre las oportunidades que se abren para el país con ese acuerdo —y con otros en los que se está avanzando—, que contiene una serie de artículos referidos al rol de las zonas francas, “pero no solo a zonas francas, los enclaves aduaneros que el Uruguay cuenta, entre ellos también los depósitos aduaneros particulares, el puerto libre, también el denominado aeropuerto libre”.
Opertti planteaba que veía al país como una “plataforma logística de distribución regional de productos europeos hacia el Mercosur”, pero también valoraba “la oportunidad de realizar comercio electrónico de productos europeos, ya sea bajo la modalidad de negocio a negocio, B2B (business to business), o B2C (business to consumer), directamente de las empresas al consumidor final”.
Eso, decía, permitiría generar “un ecosistema muy interesante porque derrama hacia pymes, hacia proveedores, como manifestábamos en el Parlamento, de material de empaque y desarrollo de software”, justamente uno de los sectores que atraviesa dificultades, mediante un reperfilamiento hacia las cadenas de suministro.
Sin embargo, para llevar adelante estos proyectos es necesario contar con un sistema multimodal en el que las mercancías puedan circular con fluidez.
Y allí aparece justamente la espina en el talón que nos viene quitando el sueño desde hace ya más de un año: una terminal de contenedores del Puerto de Montevideo que ha atravesado una seguidilla de protestas sindicales, situación que ha afectado la confiabilidad de la terminal ante el mundo del transporte marítimo, pese a tratarse del principal punto de entrada y salida de las importaciones y exportaciones, respectivamente.
También están los puertos del interior, como el de Paysandú, donde se han realizado inversiones millonarias en busca de restablecer su actividad, pero que no termina de encontrar el punto de inflexión necesario para cobrar impulso, pese a la breve primavera que vivió con los portacontenedores que operaron desde la terminal.
Del mismo modo, es notorio que el prometido despegue de la actividad ferroviaria viene más lento de lo pretendido y que el tan anunciado puente sobre el río Negro, un cuello de botella para conectar las vías del norte y del sur del país, sigue siendo un pendiente. La obra formaba parte del proyecto original del Ferrocarril Central y, cuando finalmente se concrete, habrá que realizar un pormenorizado estudio de las condiciones en que se encuentran las vías que atraviesan el departamento de Paysandú, por las que, desde que fueron colocadas —en otro proyecto que quedó trunco—, no han tenido que soportar el peso de los vagones.
Entonces sí: se necesita inteligencia. Pero también se necesita que las cosas se decidan y se ejecuten de otra manera, al ritmo que demanda el mundo y no al que históricamente nos caracteriza.
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