Ernesto Kreimerman: La violencia de la palabra radicaliza las sociedades

Son tiempos de involución de la convivencia. Se ha perdido buena parte de aquellos valores que hacen posible la cohabitación. El insulto ha desplazado al argumento. La burla también ha hecho su ingreso degradante, al igual que las armas de guerra, con las que se maravilla a personas que no pueden, no saben e incluso no quieren defenderse.
No es un acto de decencia urbana aborrecer como respuesta a quienes nos aborrecen. Esta violencia se malentona a través de la palabra. Por ello, es esencialmente efímera y brutalmente detestable. Su vocación es instalar una tempestad de angustiantes estados de ánimo. Incansables ejércitos de tecnología inmoral van desgastando las buenas intenciones. Hemos agotado principios saludables de la convivencia democrática y, en nombre de una resistencia sustentada en principios, hemos perdido capacidad de convivencia y de elaboración crítica para superar y superarnos.
“La humanidad entera es un océano de historias y todas nos conciernen, porque existe una moral que nace del simple hecho de habitar un mismo planeta”. Con esta sinceridad, la checa Radka Denemarková se acerca al debate, aunque la frase tiene más de conclusión que de desafío. Quizás una conclusión estimule una alerta para conducirnos, alarmados, hacia un camino que tiene mucho de back to basics.
Denemarková, autora de una de las novelas de mayor impacto en Europa, El dinero de Hitler, desnuda el papel del dinero durante el Tercer Reich y su utilización como herramienta para controlar y manejar arbitrariamente a la población alemana. El ascenso al poder del partido nazi supuso la victoria de una visión estrictamente deshumanizante, y esa mirada arrogante y sectaria lo inundó todo. Incluso la economía alemana fue sometida a una reorganización autoritaria para cumplir con los intereses del régimen nazi, fomentando la lealtad y la sumisión de la población bajo un régimen de delación y temor. Todo ello daba sustento a un régimen despótico, pautado por el miedo y una feroz represión.
Se instaló un férreo control estatal sobre las transacciones financieras que permitió al régimen supervisar y regular el comportamiento económico de los ciudadanos, reforzando así su control sobre la sociedad.
Pero el control del dinero tenía otro propósito: se constituyó en una herramienta para promocionar la ideología “triunfante” del partido nazi. En la práctica cotidiana, las personas que apoyaban activamente las políticas del régimen eran recompensadas con beneficios económicos y sociales, premios en metálico o acceso a determinados círculos de privilegio. Por el contrario, aquellos que no colaboraban, que eran resistentes o que, sin llegar a serlo, simplemente permanecían indiferentes, eran castigados económicamente.
Estos manejos, presentados como estímulos ideológicos, procuraban la creación de una sociedad uniforme y obediente, de adhesión incentivada mediante estímulos económicos y bienes materiales. El dinero se convertiría así en el motor de un mecanismo de presión social y política, así como de un implacable sistema de control.
El dominio del dinero por parte del Tercer Reich operó como una herramienta eficaz del poder y, fundamentalmente, como un mecanismo disciplinador, cuya incidencia fue más allá de los objetivos iniciales, incluso más allá de la propia economía alemana. Tuvo consecuencias socioeconómicas profundas en la estructura y dinámica de la sociedad, reformateando las relaciones de poder y las oportunidades económicas de la población.
Este diseño de las relaciones de producción, de las relaciones de poder y de las adhesiones tuvo una matriz que, en buena medida, se remonta a las condiciones que los vencedores de la Primera Guerra Mundial impusieron a la derrotada Alemania a través del Tratado de Versalles. Más que un acuerdo, fue asimilado como un atropello, un catálogo de condiciones económicas abusivas que obligaban a Alemania a aceptar la responsabilidad moral y material por haber causado la guerra. Bajo los términos establecidos en los artículos 231 a 248, Alemania debió desarmarse, realizar importantes concesiones territoriales y asumir fuertes obligaciones económicas. Entre las disposiciones territoriales se encontraba la cuestión del Ruhr, una región carbonífera de enorme importancia para el desarrollo industrial alemán, cuya ocupación por Francia se produjo posteriormente. Adicionalmente, Alemania debió hacerse cargo de indemnizaciones económicas a los vencedores, que fueron entendidas como imposiciones abusivas.
Solamente a los efectos de dimensionar el momento histórico, existe consenso en señalar que estos hechos son consecuencia de la caída del káiser alemán y de la derrota de la revolución obrera de 1918, en un contexto en el que tuvo un papel decisivo la socialdemocracia alemana. El ánimo social estaba deteriorado debido a los efectos de la crisis hiperinflacionaria de 1922, que agudizó la crisis política, y también por la caída de aproximadamente un 40 % de los ingresos de divisas luego del crack financiero de 1930. A ello se sumó la caída de los precios de bienes y servicios, que deterioró la industria, así como la resistencia de los sectores asalariados, que organizaron importantes paros obreros en 1932.
Pero comenzaría otro momento histórico con el triunfo en los comicios de 1933 y la llegada de Hitler a la Cancillería. El empresariado de ese país entraría en una puja interna con el gobierno, ya que Hitler propugnaba la nacionalización como método de control absoluto sobre la economía.
El radicalismo
La ideología que se presenta como radical dentro de ese espectro de negación de los valores democráticos es bastante más que un juego violento de palabras pronunciadas con tono despreocupado.
Muy por el contrario, la violencia de la palabra radicaliza a las sociedades e impone un retroceso moral en la convivencia armónica entre sectores con diferentes intereses políticos, religiosos y económicos. En fin, entre aquellos colectivos que, más allá de sus diferencias, deben procurar que su convivencia tenga como objetivo el interés general.
Sin embargo, la falta de soluciones erosiona las expectativas, vuelve difusas las fronteras de la convivencia y lleva a los ciudadanos, en medio de la frustración y el ahondamiento de sus problemas, a buscar otros caminos y nuevas afinidades que conducen hacia la intolerancia. Se coquetea con la intolerancia, con el odio social y con la atomización a partir de las diferencias. Conscientes o no, se acercan al camino de soluciones inexistentes, despreciando los matices y, fundamentalmente, la sofisticación que exige el análisis de realidades complejas.
Luego, los insultos y la intolerancia ocupan las calles, desafían al poder y, en este contexto, la confrontación desata reacciones en cadena que acentúan aún más el radicalismo. Es el ascenso invisible de un nuevo fascismo, el del siglo XXI.
El radicalismo no es solo un problema político; es también un problema social. Preferimos verlo como una manifestación de la política llevada al extremo, pero su raíz es social. Son las sociedades las que se radicalizan, las que se vuelven intransigentes y revolucionarias, sobre todo cuando la distancia entre los privilegiados y los desafortunados es tan grande que se rompe el equilibrio y el consenso en torno a las normas comunes, empezando por las más básicas de todas: las que hacen posible la convivencia.
La violencia se expresa arrasando con quien piensa con cabeza propia, con quien desafía el pensamiento único o con el portavoz de las sentencias implacables de los ignorantes que, a través de la palabra fulminante e intempestiva, cancelan al diferente. El arma es la palabra que amenaza y atemoriza, buscando afectar la estabilidad emocional y cargándola de agresividad contra personas que no pueden defenderse. Las proclamas que deshumanizan al diferente normalizan situaciones inaceptables, vuelven difusas las fronteras de la intolerancia y llevan a la resignación al ciudadano que opta por la indiferencia.
Es el triunfo de un nuevo fascismo: el fascismo invisible, un virus letal.

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