Hoy una ponchada de brasileños va a elegir autoridades: desde el presidente a legisladores estaduales —ediles, digamos—, pasando por senadores, diputados, gobernadores.
Los habilitados para votar suman 158,7 millones, y están obligados a hacerlo los mayores de 18 y los de hasta 69 años. Pueden no hacerlo los de 16 y 17 años —que tienen derecho a votar—, los mayores de 70 y los analfabetos. No hay una categoría para invitados de afuera, por ejemplo los frenteamplistas de acá que están ansiosos por votar al PT. Se ve que el poder de Lula, que logró impedir el debate final entre candidatos presidenciales que lo tenía asustado, no alcanzó para abrir esa puerta a nuevos votantes progresista-transeúntes.
Son doce los candidatos a la presidencia con sus respectivos compañeros de fórmula. La curiosidad es que 11 de esas parejas están conformadas por integrantes de un mismo partido, o de una misma tendencia, salvo la oficial, que incluye un hombre de izquierda —Lula— y un vice de derecha (Geraldinho). Cosas del neoprogresismo.
Otra curiosidad es que lo que decidan este domingo los brasileños difícilmente despeje la duda de por dónde rumbeará Brasil: porque no es lo mismo Lula que Flavio, el hijo de Bolsonaro. Salvo que se dé un batacazo y uno de ellos obtenga más del 50% de los votos válidos, lo que parece muy difícil
Tras el balotaje del domingo 25, entonces, cuando los brasileños decidan quién será su próximo presidente, recién sabremos por dónde transitará Brasil. Los frentistas tendrán que estar ¡atenti! Si gana el hijo de Bolsonaro, quedan totalmente desnorteados; y en el caso de que Lula siga, también tendrán que hacer fuerza para que no le pase nada. Y no necesariamente tiene que ser un problema de salud: recordar lo que le pasó a Dilma, que estaba bien sanita, pero le dio por meter el dedo en el ventilador (torturas en dictadura), cosa que Lula siempre se cuidó de no hacer.
Así de sencillo. En Brasil lo que vale es quién será el presidente, y las elecciones de este domingo 4 sirven, por sobre todo, como una gran encuesta previa. Le es útil para la campaña de los dos en pugna por la presidencia, pero expertos del norte aseguran que le será tan o más útil a fuerzas que también “operan” —por calificarlo así—, como lo son Itamaratí, conductora de la política externa de Brasil —cualquiera sea el gobierno, con matices, pero no más—; el sector económico —São Paulo para sintetizar—, que decide mucho, y las Fuerzas Armadas, los militares, sobre cuyo papel no es preciso abundar.
Seguramente en estas tres semanas a Lula puede hacérsele más difícil llevar adelante sus triquiñuelas con la ayuda de jueces y “supremos tribunales”, o continuar con el “asistencialismo”, tipo “planes” copiados del kirchnerismo (cosas de los progresistas).
Decir que el Parlamento no importa es arriesgado; es una pregunta y yo se la hice a un colega del norte: “Cuando Lula asumió por primera vez compró con dineros públicos los votos que necesitaba en el legislativo —el famoso ‘mensalao’—. Lo que significó un leve castigo para un íntimo suyo. Lula, por supuesto, dijo no saber nada de lo sucedido, como igualmente tampoco sabía sobre el triplex en que habitaba y por lo que fue preso hasta que un ‘juez amigo’ vio algún problemita de trámite y lo dejó en libertad. Como dijo una vez Lula, cuando era joven: ‘en Brasil solo van presos los ladrones de gallinas’”.
Esa fue la respuesta.

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