Cuando hablamos de distopía (o también de antiutopías o cacotopías) nos referimos a una visión ficticia de la sociedad humana en la que, dicho de un modo simple, las cosas salen muy mal.
Se trata de un término de uso bastante frecuente en el cine, la literatura y la filosofía, conformado por las voces griegas dys (“mal” o “difícil”) y topos (“lugar”). Se utiliza como antónimo de utopía y fue empleado por primera vez en 1868 por el filósofo británico John Stuart Mill.
Distopía o cacotopía son términos antónimos de eutopía, significando una “utopía negativa”, donde la realidad transcurre en términos antitéticos a los de una sociedad ideal, representando una sociedad hipotética indeseable.
Como utópico designamos algo que es ideal, quimérico, fantástico, maravilloso o fabuloso. De allí que utópico, por ejemplo, pueda considerarse algo muy positivo, aunque difícil de poner en práctica.
En sentido estricto, refiere a un “proyecto deseable, pero irrealizable”. Procede del nombre de un país imaginario descrito por Tomás Moro en el siglo XVI, más precisamente en 1516, una de sus obras más importantes. Tomás Moro fue beatificado por la Iglesia Católica en 1886 y en el siglo XX, en 1935, fue canonizado por el Papa Pío XI.
Tomás Moro fue el humanista, hombre de Estado y mártir católico inglés cuya Utopía dio a la filosofía política el género de la república imaginaria. Recordemos su ejecución en 1535, con 57 años, por negarse a jurar el Acta de Supremacía que lo convirtió en uno de los símbolos de la resistencia de la conciencia frente al poder. Canciller de Inglaterra, amigo íntimo de Erasmo de Róterdam, helenista y figura cuya vida y muerte han marcado durante cinco siglos las lecturas católicas y protestantes de la crisis de la Reforma.
El 1º de julio de 1535 fue condenado y el 6 de julio fue decapitado en Tower Hill. Según la tradición, declaró al subir al patíbulo que moría “siendo buen servidor del rey, pero primero de Dios”.
Distópico
La pasión de Moro por la utopía, por algo mejor, superior, es para ponernos en dimensión moral de los cambios de esta época. De la filosofía política el género de la república imaginaria. En estos días, con la misma preocupación y poniendo en perspectiva los debates de nuestras circunstancias Thomas Piketty nos advierte que “el futuro que nos están preparando los multimillonarios es distópico”.
El último informe del World Inequality Lab revela una disparidad creciente, agravada por el cambio climático y con una “desigualdad de género persistente”. Surge de sus conclusiones una de las vergüenzas más angustiantes de este tiempo, la que cada tanto se la menciona para poner la humillación sobre la mesa o, “fingiendo demencia”, simplemente mencionarla al pasar para no tener que excusar un olvido voluntario.
Es éticamente imposible convivir serenamente con una realidad que empobrece el ánimo: el 10% de la población mundial concentra el 75% del patrimonio mundial y capta el 53% de los ingresos totales. No son números antojadizos sino una de las conclusiones del informe sobre las desigualdades mundiales realizado por el World Inequality Lab, que alerta sobre una brecha cada vez mayor en la distribución de la riqueza en el mundo.
Estos datos surgen de la tercera edición del informe (cierre del 2025, y las anteriores de 2022 y 2018) del World Inequality Lab, del que participaron doscientos investigadores. Destacan los economistas Ricardo Gómez Carrera, Thomas Piketty, Lucas Chancel y Rowaida Moshrif, quienes realizaron una radiografía de las desigualdades en el planeta, estudiando no solo las diferencias de ingresos o el patrimonio, sino también otros aspectos que influyen como clima o el género.
El mexicano Ricardo Gómez Carrera, al momento de presentar un resumen del estudio, lo expresó así: “las desigualdades afectan a todos los ámbitos de la vida económica y social. Los datos revelan una extrema concentración de la riqueza en una parte pequeña de la población”.
Dicho en otras palabras, más directas y contundentes, sin necesidad de calificaciones: los ricos cada vez son más ricos y los pobres son cada vez más pobres. Hoy, el 0,001% de la población mundial más adinerada, menos de 60.000 multimillonarios, poseen tres veces más de riqueza que la mitad de la humanidad. El patrimonio de esta minoría ha crecido un 8% de media anual desde los años 90. Esta tendencia “no ha cesado de aumentar, poniendo en evidencia la persistencia de las desigualdades”, según concluye la investigación.
Concentración de plata y emisiones
El documento estudia acerca del impacto del cambio climático, con datos que revelan una dimensión dramática para la humanidad. Se dimensiona que las contribuciones para luchar contra los efectos son muy desiguales, aún más cuando se tiene presente que el 10% de las personas más ricas del mundo son responsables del 77% de las emisiones mundiales.
La investigación advierte que son precisamente estos núcleos “los que se pueden proteger mejor de los desastres naturales”. Apenas el 3% de las emisiones corresponden a la población pobre, “justo los que están más expuestos a las catástrofes climáticas” y los que menos preparados están para hacerles frente.
De ahí que Thomas Piketty concluya que “la desigualdad social a escala mundial y la cuestión climática no pueden desvincularse. Hay que integrar estos niveles de reflexión para encontrar soluciones”.
Mujeres vs. hombres
Antes de leer el capítulo que refiere a la desigualdad salarial entre hombres y mujeres hay que despojarse de la idea preconcebida de que es una realidad jodida pero que va mejorando lentamente. Bien, eso no es así según esta investigación: las mujeres reciben un cuarto de los ingresos totales producidos por el trabajo, “una cifra que no ha evolucionado desde 1990”.
Los autores ponen énfasis en que estos datos “revelan no solamente una discriminación persistente, sino también ineficacias en la manera en la que las sociedades ponen en valor y reparten el trabajo”.
Piketty reivindica que “las inversiones más inclusivas en educación y salud” pueden reducir esta brecha de manera eficaz y digna.
Pocos y concluyentes…
Finalmente, los economistas e investigadores se plantan frente al problema yendo al fondo de la cuestión: estos extremos, estas desigualdades persistentes “han alcanzado niveles que requieren una atención urgente… de las ventajas de la mundialización y del crecimiento económico solo se beneficia una parte minoritaria, mientras que la otra tiene dificultades para acceder a medios de subsistencia”.
Los autores convocan a una cooperación a nivel mundial para lograr una fiscalidad progresiva. Persuadidos que los gobiernos pueden hacer mucho, están a favor de “propuestas como la de un impuesto mínimo sobre la fortuna a los multimillonarios, que muestra la cantidad de ingresos que pueden ser movilizados para financiar la educación o el cambio climático”.
Para Lucas Chancel, “es un tema de elecciones políticas”. Piketty recordó “que es cierto” que la propuesta de impuesto global no prosperó, pero “en Europa y hasta en EE. UU., la reacción no fue un rechazo frontal… cuando resurja el tema, porque en unos años va a resurgir”, los reclamos serán más enérgicos y urgentes.
Y Piketty concluyó así: “si los multimillonarios estuvieran acometiendo todas las inversiones que hacen falta para las energías limpias, para la educación y la salud, y el mundo se estuviera volviendo fantástico gracias a su liderazgo, incluso yo estaría encantado de dejar que siguieran siendo los que deciden sobre inversiones, medios y políticas. Pero no es lo que está ocurriendo. El futuro que nos están preparando es distópico”.

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