Hilos invisibles

El hallazgo reciente de un ejemplar de “tesorito” (Phibaluraflavirostris) en la Reserva Natural Salus, en las sierras de Lavalleja, sacude con elegancia la modorra ambiental uruguaya. Este pájaro, propio de la densa Mata Atlántica brasileña, apareció a 700 kilómetros de su hogar habitual gracias a un desplazamiento natural catalogado por los ornitólogos como un registro de ave errante.El caso es que la presencia del “tesorito”, como antes fue la del zorzal azulado, funciona como un recordatorio biológico algo incómodo y demuestra que la naturaleza no entiende de fronteras ni alambrados y que el territorio conversa e interactúa consigo mismo a través de hilos invisibles a los que les hemos dado el nombre de corredores biológicos.
Durante décadas la conservación de la biodiversidad se pensó bajo una lógica de islas, encerrando fragmentos de naturaleza en parques nacionales o áreas protegidas aisladas. La ecología contemporánea, respaldada por estudios y diagnósticos técnicos fundamentales para la planificación territorial del país, ha ido demostrando lo equivocado de ese encierro. Si las poblaciones silvestres quedan atrapadas en parches desconectados, la erosión genética y el cambio climático las empujan hoy casi inexorablemente a la extinción local. En un Uruguay donde el bioma pampa casi carece de pastizales bajo protección estricta, el mantenimiento de matrices naturales conectadas no representa un capricho académico sino que se perfila como una condición de supervivencia ecosistémica.
El mapa de conectores biológicos nacionales y regionales dibuja una red que abarca aproximadamente el 40% del territorio uruguayo. Esta malla vital se sostiene sobre cuatro grandes ejes biofísicos que son el valle del río Uruguay, el valle del río Negro, el corredor costero platense-atlántico, y las formaciones de las sierras del Este. A ellos se suman montes ribereños, humedales de importancia internacional y vastas comunidades de pastizales naturales de la zona basáltica en el norte y litoral oeste del país, y el denominado Escudo Cristalino en el Este, centro y sueste del país. Si las miramos en un mapa no son líneas angostas trazadas sobre un plano, sino superficies amplias que permiten la migración de la flora y la fauna hoy sacudidas por el clima global.
El valle del río Uruguay es una de las arterias naturales más potentes del país, una verdadera autopista verde por donde viajan plantas, aves y animales. Sus islas y riberas boscosas están pobladas de especies subtropicales y sirven de refugio y descanso para una enorme variedad de aves migratorias que cruzan el continente buscando el calor y alimento en estos parajes.
Aunque parte de esta riqueza cuenta ya con el paraguas del Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP) a través del área protegida de los Esteros de Farrapos e islas del Río Uruguay, el equilibrio de toda la región es sumamente frágil.
La presión de la agricultura intensiva amenaza con cambiar radicalmente el entorno, el turismo desordenado, la pesca y la caza furtiva que castigan la fauna y la falta de una red más amplia de protección que conecte los parches de monte nativo que aún resisten en la costa, son realidades a tener en cuenta.
A su vez, informes sobre corredores biológicos de Uruguay, como el realizado por Gutiérrez, Panario, Achkar y Brazeiro (2012) ya preveían hace más de una década la tensión que hoy vivimos entre la matriz productiva y la persistencia de estos flujos. El avance agrícola sobre los pastizales profundos de la cuenca del río Uruguay y la zona del escudo critstalino resulta ser una amenaza capaz de fragmentar los últimos refugios de biodiversidad genuina del país.
A esto se le suma el impacto acumulativo de la forestación capaz de bloquear puntos críticos de paso para las especies en los valles y sierras. De alguna manera, la infraestructura y el desarrollo avanzan acompañados de una inercia económica que rara vez contempla el costo biológico del aislamiento.
A menudo se asume con cierta ligereza que proteger la naturaleza implica frenar el progreso o atarle las manos al sector productivo. La ciencia y la realidad económica vienen demostrando lo contrario ya que la pérdida de conectividad ecosistémica es un pésimo negocio a mediano plazo.
Cuando fragmentamos el paisaje y eliminamos sus refugios naturales, destruimos polinizadores que sostienen los rendimientos agrícolas, degradamos la calidad de las cuencas de agua que alimentan nuestras ciudades y exponemos los suelos a una erosión irreversible. Los corredores biológicos actúan como amortiguadores gratuitos frente a sequías y a las inundaciones cada vez más severas que nos afectan; son en definitiva, la infraestructura verde que protege la productividad del país rural sin costar un solo dólar de inversión pública.
Por otro lado, el desafío de cuidar esas vías no puede recaer en forma exclusiva en la firma de decretos y resoluciones de organismos oficiales sino que son necesarias alianzas con el productor rural y las comunidades locales. Hay que tener en cuenta que la gran mayoría de los corredores biológicos atraviesan campos privados donde la ganadería tradicional sobre campo natural ha sido históricamente una aliada involuntaria de la biodiversidad. Promover incentivos fiscales, pago por servicios ambientales o certificar las buenas prácticas de quienes mantienen los montes en pie y los tajamares limpios puede ser una vía más inteligente y duradera que la amenaza punitiva.
Desde el ámbito académico y científico se han identificado las áreas prioritarias de atención de los corredores biológicos que aún no han sido totalmente contempladas, mientras parte importante de la ciudadanía tampoco escapa a la displicencia.
Subsiste una desconexión profunda entre gran parte de la sociedad urbana y los ciclos ecológicos que sostienen la vida material del país. Muchas veces, la banalización del entorno rural, la naturalización de la pérdida del monte indígena o la indiferencia a la contaminación de los cursos de agua son síntomas de una miopía colectiva que aplaude el arribo casual de un ave exótica como el “tesorito” en una reserva privada pero tolera silenciosamente la degradación sistémica de los corredores ribereños que hacen posible ese milagro migratorio.
No obstante, existen algunas experiencias recientes como la movilización de observadores de aves y ciudadanos comunes que documentan especies en plataformas digitales demostrando un incipiente y genuino interés en conectar con el entorno.
La ciencia ciudadana es hoy una herramienta poderosa que fiscaliza, descubre y pone en valor patrimonios naturales que antes pasaban desapercibidos. Convertir esa sensibilidad en exigencia pública hacia los gobiernos departamentales y el gobierno nacional para que integren los corredores en sus planes de ordenamiento, es una tarea que no debería dilatarse.
Ocuparse de los corredores biológicos del país no es un ejercicio de romanticismo bucólico ni un obstáculo para la producción. Es nada más ni nada menos que la garantía de los servicios ecosistémicos esenciales como la polinización, la purificación del agua que bebemos, la regulación climática y la fertilidad de los suelos.
El avistamiento de esta pequeña ave en la Reserva Natural de Salus demostró que los hilos invisibles de la naturaleza aún resisten. La pregunta crucial es cuánto tiempo más tolerará el paisaje uruguayo nuestra soberbia de seguir rompiéndolos.

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