La educación uruguaya como parte de la crisis

Los resultados de Aristas Media 2025 vuelven a poner sobre la mesa una realidad preocupante: la educación uruguaya no consigue consolidar los aprendizajes de sus estudiantes y muestra señales de retroceso que comprometen el presente y el futuro del país. La caída en lectura y matemática, el incumplimiento de las metas oficiales y la profundización de las brechas socioeconómicas confirman que estamos ante un problema persistente, que no puede atribuirse a una sola causa ni resolverse con anuncios, cambios de nombres o reformas que no logren modificar lo que realmente sucede dentro de las aulas.
Los datos presentados por el Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEEd) son significativos: en noveno grado (entes 2° de liceo), solo el 72% de los estudiantes alcanzó el nivel esperado en lectura, cuando la meta establecida por la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) era del 77%. En matemática, el panorama es todavía más inquietante: solo el 30,6% llegó al nivel previsto, frente a un objetivo modesto del 36%. En ambos casos, los resultados quedaron aproximadamente cinco puntos porcentuales por debajo de las metas fijadas para 2025, al tiempo que aumentó la proporción de adolescentes ubicados en los niveles más bajos de desempeño.
No estamos hablando de una diferencia estadística sin mayor trascendencia, sino de jóvenes que atraviesan años de escolarización sin adquirir, en muchos casos, las herramientas básicas para comprender un texto, interpretar información, resolver problemas o continuar aprendiendo con autonomía. La educación debería proporcionarles esas capacidades para desenvolverse en una sociedad cada vez más exigente, y cuando no lo consigue, las consecuencias exceden largamente el ámbito escolar y se proyectan sobre el mercado laboral, la convivencia, la participación ciudadana y las posibilidades de desarrollo nacional.
Lo más alarmante es que el retroceso aparece acompañado por una desigualdad educativa que continúa condicionando las oportunidades de miles de adolescentes. El origen social sigue apareciendo como un peso determinante en los resultados, y quienes provienen de hogares con menores recursos y entornos socioculturales desfavorables enfrentan obstáculos considerablemente mayores para alcanzar los aprendizajes esperados.
Las cifras no dejan demasiado margen para la interpretación. En lectura, el 90,4% de los estudiantes de centros de contexto muy favorable alcanza el nivel 3 o superior, mientras que entre quienes concurren a centros de contexto muy desfavorable la proporción desciende al 55,8%. En matemática, la distancia es todavía más pronunciada: el 60,6% de los primeros supera el nivel 2 (más de un niño de cada dos), frente a apenas el 12,5% de los segundos (casi 1 de cada 10).
Detrás de estos porcentajes hay una realidad: el lugar donde nace un niño, los recursos de su familia y las condiciones de su entorno continúan influyendo de manera decisiva en sus posibilidades educativas. El punto es que esa distancia, lejos de reducirse, se ha ampliado en lectura respecto a las mediciones anteriores y, en suma, la educación, mal que pese, ha dejado de ser una herramienta para quebrar el círculo de la pobreza y favorecer la movilidad social para convertirse en un mecanismo que reproduce y hasta amplía las desigualdades existentes en la sociedad.
Sin duda, una proporción demasiado elevada de estudiantes termina su formación sin alcanzar competencias fundamentales, y cuando este déficit golpea con mayor fuerza a los adolescentes de menores recursos, el fracaso deja de ser exclusivamente educativo y se convierte también en un problema de dimensión social, que reproduce inequidades y favorece, además, la fractura de la comunidad, la decadencia de valores y el empobrecimiento por falta de oportunidades para mejorar la calidad de vida, entre otras consecuencias.
A esta situación se suman dificultades que afectan directamente el funcionamiento de los centros. El INEEd registra un aumento de las direcciones que declaran no contar con suficientes docentes para cubrir grupos y asignaturas al comienzo del año lectivo. También creció la proporción de grupos que permanecen un mes o más sin profesor a cargo y, en matemática, además, descendieron la antigüedad promedio de los docentes, la proporción de profesores con cargos efectivos y la de quienes tienen formación terciaria completa.
La problemática docente no es un tema menor. Desde ese sector de la enseñanza se insiste en la falta de docentes, la inestabilidad de los equipos, las dificultades para cubrir determinadas asignaturas y la necesidad de fortalecer la formación y el desarrollo profesional, factores que inciden sobre la continuidad de los procesos educativos. A eso se suma que los profesores de hoy fueron formados cuando la educación ya estaba en crisis, son hijos de una formación deficiente que cada vez más se ha ido degradando y aceptado como suficientes niveles de preparación que antes se hubiesen considerado completamente insuficientes.
Y si todo ello fuera poco, también se agrega el factor sindical, ya que los gremios que agrupan a los docentes, por regla general, en apoyo de sus reivindicaciones, no vacilan en someter a los estudiantes a paro tras paro por el tema que sea, muchas veces por motivaciones ideológicas y no precisamente en defensa de los estudiantes.
Por cierto, hay que tener en cuenta que las escuelas y los liceos no funcionan aislados del mundo que los rodea, sino que reciben a niños y adolescentes que llegan con situaciones complejas, determinadas costumbres, expectativas, dificultades y valores cuestionables en su comportamiento.
El deterioro del clima educativo señalado por Aristas constituye una advertencia. Empeoraron el comportamiento de los estudiantes, los vínculos entre compañeros y las relaciones entre alumnos y docentes. Y la autoridad del docente, el respeto por las normas, la responsabilidad individual y el reconocimiento del esfuerzo no son elementos accesorios de la educación, sino condiciones indispensables para que esta pueda cumplir su cometido.
Existen jóvenes para quienes el esfuerzo sostenido, la disciplina y la preparación parecen haber perdido atractivo frente a la satisfacción inmediata, el entretenimiento permanente y la necesidad de vivir el presente sin demasiada consideración por sus consecuencias.
El uso de la tecnología agrega otro desafío: según el relevamiento, el 83,3% de los estudiantes señaló que sus compañeros utilizan teléfonos celulares en clase pese a las prohibiciones, mientras que el 60% de los docentes los identifica como la principal distracción. A su vez, el 86,7% de los alumnos reconoció utilizar herramientas de inteligencia artificial. No se trata de demonizar los avances tecnológicos, que pueden convertirse en instrumentos valiosos para enseñar y aprender, sino de evitar que su uso indiscriminado sustituya la atención, la lectura profunda, el razonamiento propio y la capacidad de resolver problemas sin asistencia permanente.
En términos más amplios, estos problemas se relacionan con una crisis de valores que no es exclusiva de las aulas. El esfuerzo, la responsabilidad, el respeto, la perseverancia y el compromiso con los demás parecen haber perdido terreno en amplios sectores de la sociedad frente al individualismo, la inmediatez y la tolerancia a conductas que antes despertaban un mayor rechazo. Y el punto esencial es que ningún sistema ni reforma educativa podrá resultar plenamente satisfactorio si no existe un entorno social que valore el conocimiento, respete la tarea de enseñar y comprenda la importancia de cumplir las obligaciones y de respetar los valores, algo que se aprende desde la niñez temprana en cada hogar y que necesita una cultura que lo respalde. Por ahí pasa el gran déficit que por ahora no puede resolver ningún sistema educativo por sí solo.

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