El 14 de octubre de 1962 un avión espía de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos fotografió en territorio cubano una serie de estructuras que se identificaron como rampas de lanzamiento para misiles nucleares. El entonces presidente estadounidense John F. Kennedy fue informado el 16 de octubre y convocó de inmediato a un comité de emergencia. Seis días más tarde Kennedy se dirigió a la población anunciando un bloqueo alrededor de la isla con el propósito de impedir la llegada de más armamento. El 25 de octubre Estados Unidos subió al máximo su nivel de alerta. El sábado 27 de octubre de 1962, también recordado como “Sábado Negro”, un avión U-2, similar al que había fotografiado las rampas, fue derribado sobre Cuba y su piloto falleció. Ese mismo día otro avión espía estadounidense se desvió e ingresó en el espacio aéreo de la Unión Soviética sobre el océano Ártico, lo que motivó el despliegue de cazas soviéticos y la consiguiente movilización de interceptores estadounidenses armados con misiles nucleares. Fue el día más caliente de la guerra fría, el conflicto que dividió al mundo en dos bloques, cada uno liderado por una de las potencias aludidas. Fue el día en que el mundo estuvo más cerca de conocer la destrucción que es capaz de ocasionar un conflicto entre dos potencias nucleares. Al día siguiente la diplomacia primó y Nikita Jrushchov aceptó desmantelar los silos y retirar los misiles de territorio cubano.
El mundo cambió, la Unión Soviética desapareció del mapa, pero la guerra sigue existiendo, y tal vez en estos momentos se estén viviendo los episodios más intensos desde las guerras de Corea y de Vietnam. Solo que, con la modernidad, la guerra ha encontrado múltiples formatos en los que expresarse, porque hace rato que no se pelea más desde trincheras cavadas en medio del campo. En el conflicto que protagonizan Rusia y Ucrania hemos visto el poder de los drones, aeronaves no tripuladas, controladas a distancia, capaces de ocasionar daños considerables a vehículos y estructuras. Y a personas, por supuesto.
Pero la guerra no tiene límites. Y en estos tiempos en los que cada vez más cosas se controlan a través de internet, la exposición a nuevos riesgos es permanente. Hace muy pocos días asistíamos a un golpe propinado contra Binance, la mayor plataforma de intercambio de criptomonedas, como bitcoin. La incursión afectó la operativa en criptomonedas por unos 6.300 millones de dólares. No es que los atacantes hayan obtenido este botín, porque tanto la empresa como otras que le prestan servicios lograron congelar parte de los fondos (lo que tampoco quiere decir que los hayan recuperado) y minimizar daños, aunque sí se hicieron de unos cuantos millones de dólares, según diferentes versiones. La empresa garantizó desde el primer momento a los clientes la disponibilidad de la totalidad de los fondos y a comienzos de esta semana retomó la operativa. El origen de este hackeo no ha sido confirmado, pero hay quienes lo atribuyen a Corea del Norte.
Pero una modalidad más llamativa de ataque es la que vienen sufriendo locales gastronómicos y supermercados europeos.
La modalidad consiste en operar de forma remota los controles de los refrigeradores y provocar la pérdida de alimentos. Esto se ha repetido ya en siete países del viejo continente, sin que hasta el momento ninguna organización se haya responsabilizado de esta acción.
Supermercados de Suecia, Bélgica, Luxemburgo, Estonia, Países Bajos, Finlandia e Irlanda sufrieron problemas en congeladores y refrigeradores el lunes, y los inconvenientes habrían sido causados por ciberataques. Esos problemas se produjeron después de que, el mes pasado, atacantes tomaran el control a distancia de sistemas de refrigeración en cientos de supermercados y tiendas independientes en toda Francia, lo que hizo que las temperaturas de operación se elevaran y que se echaran a perder los alimentos que debían conservar. La subida de temperatura también ocasionó daños en la maquinaria, al punto de que en algunos casos ocurrieron pequeños incendios.
Una de las cadenas escribió en su página de Facebook que sus refrigeradores y congeladores habían sido hackeados y ajustados a 50 grados Celsius (122 grados Fahrenheit). Indicó que estaba trabajando para desechar los artículos afectados.
Otra cadena, con expendios en Bélgica y Luxemburgo, calificó como un “incidente informático” el episodio que afectó sus sistemas de refrigeración en varias decenas de sus tiendas.
Otra firma en Bélgica, de origen francés, aseguró que fue un ciberataque “dirigido únicamente a las instalaciones de refrigeración” y manifestó que tuvo un impacto “extremadamente limitado”, que alcanzó a apenas 15 de sus más de 700 dependencias.
En Irlanda otra empresa refirió que el problema afectó a un modelo específico de equipos de refrigeración instalado en 13 de sus supermercados. La firma aseguró que los sistemas de vigilancia detectaron la incidencia y se adoptaron medidas inmediatas que minimizaron el daño.
Y así siguen los relatos país por país. Algunas de las empresas ya habían sufrido algún tipo de alteración de su operativa en esta área anteriormente y por ello se había recomendado elevar los estándares de seguridad de las redes informáticas y, en algunos casos, directamente desconectar los equipos de internet, medidas que habrían bastado para evitar estos problemas.
Pero además de estas afectaciones a establecimientos comerciales, El País de Madrid publicó, sobre la base de un reporte de Reuters, que la semana pasada el Pentágono anunció que se investigan como posible fruto de ciberataques los fallos experimentados este verano en las cámaras frigoríficas de varias bases militares estadounidenses. El modus operandi es el mismo: el aparato sube espontáneamente la temperatura de operación.
Nadie debería desconocer que, en este mundo cada vez más interconectado, más conflictivo y con tecnologías en constante desarrollo, no será la última vez que tengamos noticias de situaciones de este tipo. Por ahora son cámaras de frío o freezers, pero en tiempos de la “internet de las cosas”, donde hasta el control de la lámpara del living de una casa particular o la calefacción central de un edificio está conectada y controlada a través de la red global, el alcance potencial de una guerra electrónica es imposible de imaginar.
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