El problema del hambre en el mundo se ha agravado. La combinación de factores entre la pandemia y la guerra ha provocado un escenario de incertidumbre a escala global y la meta de la erradicación, planteada entre los Objetivos de Desarrollo Sostenible con horizonte a 2030, aparece cada vez más lejana.
Este escenario, que parece salido de una película de ficción, fue planteado por el director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), QU Dongyu, durante una conferencia ofrecida en la Universidad Federico II, en Nápoles, Italia, titulada “Perspectivas de la seguridad alimentaria mundial. Retos y oportunidades”, en la que además realizó un llamado a la acción.
El director planteó que la humanidad se enfrenta a “un extraordinario llamado de atención” sobre la fragilidad de nuestros sistemas agroalimentarios, y que se han exacerbado las tendencias que han disparado las tasas de hambre en el mundo durante siete años consecutivos. “Nos encontramos en un momento decisivo. Observamos una convergencia de factores (COVID-19, más guerra en Ucrania) que, si se ignoran, amenazan con impedirnos acabar con el hambre y la malnutrición mundiales en todas sus formas”, dijo.
Según el último informe de la FAO “El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo”, fueron 735 millones de personas las que padecieron hambre en el mundo durante 2022 –122 millones más que en 2019–. Esto muestra que la nueva normalidad a la que nos enfrentamos es peligrosa y se caracteriza por múltiples crisis, “que podrían sumir en el hambre a 600 millones de personas para 2030, año en que esta debería erradicarse de conformidad con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) acordados en 2015”.
El funcionario remarcó allí que hay un rol importante de la ciencia, las políticas inclusivas y de enfoques holísticos que comprendan preocupaciones agroalimentarias y medioambientales, con miras a medir “los avances registrados hasta ahora y los que quedan por lograr para 2030”. Agregó que “nuestros sistemas agroalimentarios no solo no aportan suficientes alimentos nutritivos y accesibles, sino que también generan repercusiones medioambientales considerables”, lo que contribuye a “aumentar los niveles de pérdida y desperdicio de alimentos, contaminación del aire, emisiones de gases de efecto invernadero, pérdida de biodiversidad y desigualdad, lo cual supone un costo que asciende a varios billones de dólares”.
En su conferencia el secretario indicó una serie de “megatendencias” que están incidiendo en los sistemas agroalimentarios mundiales. La lista la integran: “la demografía y urbanización, con un fuerte crecimiento en regiones como África y una estabilización e incluso disminuciones en otras zonas; la industrialización, que aumenta los ingresos pero puede incrementar la desigualdad; el cambio climático, la escasez de recursos y la necesidad de alcanzar la neutralidad con respecto a las emisiones de carbono; las preferencias de consumo cambiantes en relación con la salud y la nutrición; las rápidas transformaciones e innovaciones tecnológicas; la digitalización y la generación, el control, el uso y la titularidad de los macrodatos; la inestabilidad geopolítica y las repercusiones crecientes de los conflictos; las incertidumbres, acentuadas por la pandemia de la COVID-19 y los fenómenos climáticos extremos”.
Es importante, planteó QU, es primordial entender los retos a los que nos enfrentamos y señaló que “hay vías que abordan simultáneamente el hambre y el cambio climático y en que es posible formular políticas y mecanismos para ayudar a los más pobres, muchos de los cuales son productores rurales de alimentos”, paradójicamente. Descartó que exista un modelo único para todo y mencionó que, por ejemplo, “es posible que algunos países de ingresos más bajos necesiten aumentar su huella de carbono para satisfacer las necesidades alimentarias de sus poblaciones”, para evitar la malnutrición. Y por más que las soluciones deban tener en cuenta las particularidades y ser específicas para cada contexto, es necesario hallarlas y que esto ocurra “a gran escala”.
Para Uruguay, como país productor de alimentos, la alimentación mundial y esta búsqueda de soluciones que se plantea debe ser un asunto a seguir de cerca. No solamente porque se trata de nuestro principal metier como nación y porque deberíamos siempre tener algo para aportar a la discusión y a la misma búsqueda de soluciones, sino porque además es sabido que ya se pueden fabricar alimentos sintéticos, “carne” sintética, incluso, y es un tema que ya desde hace un tiempo está en el debate parlamentario. De hecho hay un proyecto que busca prohibir la producción y la importación de estos productos. Sin embargo, en este contexto, podemos estar frente a escenario en el que productos de este tipo se vuelvan un game changer, en la medida que aporten —al menos parcialmente— esas soluciones de las que habla QU, dos condiciones para ello son que se vuelvan baratos y sostenibles, dos adjetivos que tanto gustan hoy en día a los mercados.
La carne bovina uruguaya, cuya calidad es indiscutible, se ha vuelto un producto oneroso para los uruguayos. Por primera vez, el año pasado el consumo combinado de carne aviar (24,5%) y porcina (20%) prácticamente igualó al de carne vacuna (54,1%), según cifras de INAC. Y no estamos hablando de ninguna cosa extraña, si ya en el siglo XX vimos como la lana “sucumbía” frente a fibras artificiales para volverse un producto de nichos muy específicos de mercado, muy redituables, sí, pero también sumamente exigentes.
