Crecimiento débil de la economía, en contexto global poco alentador

La proyección de crecimiento de la economía de nuestro país para 2023 que ha efectuado recientemente el Ministerio de Economía y Finanzas se ha revisado a la baja, al punto que del 2 por ciento que se manejaba en febrero de este año, se ha pasado a un 1,3, habida cuenta de la evolución de los parámetros, en tanto que desde el gobierno se espera un crecimiento del 3,7 por ciento para 2024, con la expectativa de que se sigan diluyendo los efectos de la sequía de los últimos dos años y que se acentuara sustancialmente en el primer semestre del presente año.
El impacto de la sequía, por supuesto, no es un tema menor, si se tiene en cuenta que el Uruguay es un país agrodependiente, fundamentalmente de las exportaciones de sus productos primarios sin procesar, y por tanto en directa relación con la evolución de sus principales rubros productivos y los precios internacionales.
Sin embargo, muchos analistas consideran que estas previsiones gubernamentales son demasiado optimistas, y prefieren situar las perspectivas de crecimiento en un uno por ciento para todo este año, y un 3 y 2,5 para 2024 y 2025 respectivamente.
Pero lo cierto es que de acuerdo a las cifras conocidas hasta el presente, en el primer trimestre del año la caída de las actividades primarias en el Uruguay se estima en un 27,4 por ciento, como consecuencia de la sequía, en tanto en el mismo período la reducción verificada en las exportaciones de bienes y servicios para el período abril – junio alcanza al 6,3 por ciento, debido sobre todo a la baja en las exportaciones de soja y carne.
Estos datos confirman la magnitud de los recursos que han dejado de reciclarse internamente debido al acentuado y persistente déficit hídrico en esta región del cono sur latinoamericano, lo que naturalmente no ha sido solo un problema de Uruguay, sino que ha golpeado también a la Argentina (solo en Entre Ríos se estima que las pérdidas por este concepto han sido de unos 600 millones de dólares), Brasil y Paraguay, en distinto grado pero en todos los casos detrayendo significativamente el reciclaje de riqueza como consecuencia de una menor producción, suba de costos y proyección negativa hacia las respectivas economías, con secuelas que se extenderán durante bastante tiempo.
Y claro, no es lo mismo una sequía en Uruguay y otros países de la región que en naciones desarrolladas, donde la primarización es un componente menor de la economía, y en los que el Producto Bruto Interno se apoya en los sectores manufacturero, servicios, turismo, mano de obra especializada, servicios de alta tecnología, por citar solo algunas áreas.
La desaceleración observada en el segundo trimestre en el Uruguay se extiende a la mayoría de los sectores económicos, debido a la contracción del sector primario, y ello ha ocurrido debido a factores internos permanentes y situaciones coyunturales.
Uno de los aspectos a tener en cuenta es el factor tercera planta de UPM, la que luego del gran aporte a la actividad interna durante la construcción, pasa a ser un componente permanente en cuanto a la producción de celulosa para la exportación, al punto que la celulosa pasaría a convertirse en el principal producto de exportación.
Otro elemento que acentuó el panorama negativo respecto a la actividad refiere a la caída en el sector turismo, debido a la ausencia de los argentinos, y este es además un factor coyuntural que ya aparece como semipermanente mientras se mantenga la relación cambiaria negativa para los potenciales visitantes desde el vecino país, que se encuentran en esta orilla con un país muy caro y por lo tanto se reducen sustancialmente las posibilidades de captar visitantes en el verano.
Pero sin dudas el gran impacto adverso que ha sufrido el PBI tiene que ver con la sequía, cuyo golpe fue superior al previsto inicialmente (habría alcanzado unos 3.000 millones de dólares) y por supuesto, las actividades agropecuarias fueron las más afectadas, con un 27,4 por ciento de reducción en comparación con el mismo período de 2022, por menores rendimientos de los cultivos de verano, y la actividad pecuaria asimismo reflejó una baja, con una menor producción de carne.
A ello se agregaron los costos de generación eléctrica, debido a los bajos niveles de agua en los embalses hidroeléctricos, y porque se debió importar energía desde Brasil. Otros sectores afectados en el período han sido las industrias manufactureras, con una disminución interanual del 1,5 por ciento debido a una reducción en la producción de alimentos.
En el área de la construcción, la afectación negativa fue del 6,6 por ciento, lo que es un dato para nada despreciable, porque como es sabido, además del impacto en el sector en sí, ello se traduce en una menor demanda de industrias y servicios conexos para abastecimiento de materiales y mano de obra.
Hubo algunas áreas, muy pocas, que escaparon a esta baja generalizada, como la demanda interna, mientras que se notó una significativa merma en las inversiones. En lo que refiere a las exportaciones, hubo una caída del 5,3 por ciento en las colocaciones externas de bienes y servicios, sobre todo por la baja en la soja y la carne, aunque hubo una contrapartida de aumentos en las exportaciones de servicios de tecnología de la información y otros servicios profesionales, técnicos y empresariales.
De acuerdo a lo señalado al suplemento Economía y Mercado, del diario El País, en base al análisis de Sofía Harguindeguy, gerente del Área de Consultoría Económica de Grant Thornton Uruguay y Paraguay, como consecuencia además del atraso cambiario, hubo un incremento en las importaciones del orden del 7,5 por ciento. Paralelamente, a la reducción del turismo, sobre todo desde la vecina orilla, se agregó el éxodo de turistas uruguayos hacia el exterior, favorecido todo ello por la diferencia cambiaria.
Quiere decir que en este segundo semestre el país arrastra la proyección negativa de un menor reciclaje de recursos en la economía, que ha repercutido por ejemplo en un aumento del desempleo verificado en agosto, con la contrapartida de una estabilización en el IPC que resulta beneficiosa para el ciudadano común y también para la macroeconomía, aunque por ejemplo en el litoral del país sigue siendo omnipresente el factor de la diferencia cambiaria con la Argentina y el consecuente atractivo para compras masivas de productos y servicios en las ciudades de la otra orilla.
Esta vista a vuelo de pájaro del escenario nacional desde el punto de vista socioeconómico no deja mucho margen para el optimismo, en realidad, por cuanto no se observan correctivos internos que permitan alentar una vuelta de tuerca significativa, dentro del escaso margen de maniobra existente, y a lo sumo, la expectativa radica en que mejoren los precios para nuestros principales rubros de exportación, para aspirar a que se mantenga un punto de equilibrio desde el punto de vista fiscal y poder aprovechar alguna coyuntura favorable.
Lo que sí es cierto, es que siempre se puede estar peor –basta ver cómo se encuentra actualmente nuestro vecino más cercano, Argentina–, y ya sería una gran cosa que no nos toquen nuevamente, por lo menos en un futuro cercano, eventos tan negativos como la pandemia, mientras de todas formas sigue pesando a nivel global la espada de Damocles de las consecuencias de la invasión rusa a Ucrania, todavía con desenlace imprevisible tanto desde el punto de vista del conflicto bélico como de sus repercusiones sobre la economía mundial.