Jake Sullivan, asesor de Seguridad Nacional de Estados Unidos, sugirió que el gobierno estaba dejando atrás una agenda de integración global y liberalización del comercio. “Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos lideró un mundo fragmentado para construir un nuevo orden económico internacional”, reconoció Sullivan, quien concluyó que ha dejado atrás que “las últimas décadas revelaron grietas en esos cimientos”. Para enfrentar a China, remarcó Sullivan, Washington ya no rehuiría aumentar los aranceles, imponer restricciones a las exportaciones y la inversión extranjera y participar en la política industrial interna. Fue un discurso importante por varias razones, una de las cuales fue que fue pronunciado por el asesor de seguridad nacional, no por el secretario del Tesoro, el secretario de Comercio o el representante comercial de Estados Unidos.
El consenso de Washington, que en síntesis era un paquete de políticas de libre mercado promovidas por Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial, parecía reanimarse aún antes que Sullivan diera su discurso. El expresidente Donald Trump optó por excluir a los Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, ATPP en inglés. Lo hizo poco después de encargarse de la presidencia. Aprobó aranceles amplios a China y otros más específicos a aliados y socios.
Contra todo prejuicio, el presidente demócrata Joe Biden mantuvo la mayoría de esos aranceles. No fue lo único: también promovió y aprobó traslados en la inversión pública llevando capacidad manufacturera nacional en sectores de alta prioridad dosificando territorialmente mejor. Asimismo, mientras redujo el acceso de China a la tecnología y a áreas de inversión críticas para Estados Unidos.
Sullivan, repaso
De acuerdo con el análisis de Sullivan, la administración Biden apostó por una variedad de herramientas económicas. Por ejemplo; controles de exportación, restricciones a la inversión extranjera entrante y saliente, aranceles, política industrial y aplicación de la ley antimonopolio. No todas generan resistencias entre los republicanos más liberales. Por el contrario, estas herramientas son bien ponderadas entre un amplio apoyo bipartidista. Sin embargo, es incierto como se verán después, si serán las herramientas a las que apelará el próximo gobierno para articular una base de instrumentos acorde a la experiencia que fue haciendo duradero el consenso de Washington. Vaya dicho lo anterior asumiendo que el próximo presidente, sea Trump o Kamala Harris, tendrá que dotarse de una mirada que dé previsibilidad, también sistematicidad a la hora de decidirse a utilizarlos.
Dicho de otra manera, se puede traducir como que requiere comprender las limitaciones, desarrollar principios sustentables para guiar su uso y revisar completamente con las compensaciones que implican. Adoptar estas herramientas de gobierno económico dotan a la gestión de una base ad hoc y capacidad para dar respuesta a alegatos especiales. Ello abre el riesgo a una expansión sin fin con una eficacia limitada, subestimando sus costos.
Hay que atender otro hecho: Estados Unidos está dejando atrás una agenda de integración global y liberalización del comercio. Sullivan manifestó que “después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos lideró un mundo fragmentado para construir un nuevo orden económico internacional”. Ha sido en “las últimas décadas que surgieron problemas de grietas en esos cimientos”.
Por ello, para proteger a los estadounidenses y enfrentarse a China, alega Sullivan, Washington cambiaría de actitud frente a opciones que en el pasado se evitaba apelar. O sea, ya no rehuiría elevar aranceles, ni imponer restricciones a las exportaciones, a la inversión extranjera y a participar en la política industrial interna.
Visto así, éste de Sullivan ha sido un discurso importante. La razón principal se explica por quién era el expositor: el propio asesor de seguridad nacional, no por el secretario del Tesoro, el secretario de Comercio o el representante comercial de Estados Unidos.
No ha respondido
Hoy Estados Unidos tiene una urgencia: la necesidad de ubicar el punto o zona de equilibrio razonable entre sus diversos objetivos, porque perseguir cada uno de ellos tiene un costo que una labor de armonización reducirá severamente. Para alcanzar este equilibrio, los decisores de políticas públicas deberán abordar directamente las compensaciones de modo de asegurar una base sólida, estable y duradera de apoyo al nuevo enfoque.
Durante la administración Obama, la liberalización no se redujo a reducciones arancelarias. Por el contrario, fueron apenas un medio para fines más amplios, como por ejemplo, protecciones laborales y ambientales sólidas y estables, reglas sostenidas en estándares técnicos y alimentarios, mayor protección de los derechos de propiedad intelectual y fortalecimiento de las relaciones países críticos acerca de la seguridad y la competitividad de los EE. UU.
China
Las autoridades estadounidenses han cambiado su comprensión y mirada crítica y por ello han dado prioridad a valores distintos de la competitividad, el crecimiento y la eficiencia. Prestan atención a las cadenas de suministro, para fortalecerlas, para que sean más resistentes y redundantes para acercarse a una meta de largo plazo: reducir la dependencia de China para la fabricación en general o de Taiwán para los chips semiconductores en particular.
El foco de las últimas administraciones demócratas atiende a otra proyección: impulsar una renovada capacidad nacional para producir bienes considerados estratégicos y así crear empleos asociados con esa producción.
Por ello, en este contexto, están abocados a mitigar las repercusiones para la seguridad nacional del comercio en sectores sensibles.
Los costos
Una lección parece aprendida: el viejo consenso de Washington, como acción de política económica internacional, es costosa y la experiencia es que no puede sostenerse por sí sola. Es decir, que necesita ser acompañada de una estrategia para auxiliar a los trabajadores a lograr éxitos, para tener un impacto rápidamente.
Ahora, la perspectiva del despliegue generalizado de la inteligencia artificial ha alimentado nuevas ansiedades sobre el futuro del trabajo y la viabilidad del sueño americano.
En síntesis, cada dólar gastado en subsidiar una industria será un dólar que ya no se gasta en otro programa local o doméstico, en el área de defensa o en el sector privado. Además, cada dólar incremental eleva la deuda nacional. Pero muchos economistas ya entienden que está en una tendencia insostenible.
El cambio en Washington puede estar aterrizando con tres categorías riesgos, en este caso, costos: 1. los directos a partir de implementar medidas proteccionistas; 2. los impuestos de otros países cuando represalian esas políticas; 3. y los costos que se producen toda vez que otros imitan el ejemplo inspirador de la nueva política y adhieren selectivamente a las reglas.
Es difícil estimar cuánto daño pueden causar estas acciones al sistema basado en reglas, pero lo cierto es que la mayoría de los países, incluido Estados Unidos, se han beneficiado enormemente de ese sistema. Se tardó casi un siglo en crearlo. Washington debería asegurarse de evaluar el costo de los enfoques alternativos de la política económica internacional frente al daño potencial de volver al entorno de empobrecimiento del vecino que el país experimentó antes de la Segunda Guerra Mundial.
Ninguna política comercial es gratis. Tampoco la ausencia de ésta es gratuita. Siempre hay una o varias facturas. Así, las compensaciones son inevitables.

